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Duendes tipógrafos
Luís del Palacio
Mi buena amiga Ana Cristina Tolivar Alas, catedrática de lengua y literatura francesa, profesora de canto y biznieta de Clarín, me decía hace muchos años que existían ciertos trucos para que los alumnos de bachillerato no cometieran faltas de ortografía; por ejemplo, decirles que, con el verbo “echar” lo primero que se echaba era la “h”. Quedaba así grabada la cosa en la memoria como un estribillo o una letanía y era improbable -sólo improbable- que se les colara en una redacción o un examen.
Releyendo mi última columna, “Chirigotas”, vi con horror que el truco mnemotécnico de mi amiga asturiana había fallado. Sudores fríos empaparon mi frente y miré subrepticiamente a ambos lados, como quien ha ventoseado en una reunión, o peor, en un ascensor, y trata de que no le localicen como autor de un regalito que los anglosajones llaman SBD (Silent but deadly: silencioso pero mortífero). El problema es que aquí no era posible pretender que había sido el de al lado. Fui yo quien escribió “Uno se hecha a temblar”, refiriéndome a las numerosas ocasiones en que nuestro inefable Presidente del Gobierno tiene una ocurrencia. Y lo peor de todo era que dos párrafos más abajo me refería al Giner de los Ríos y a la Institución Libre de Enseñanza, como referentes ideológicos con los que Zapatero falsamente trata de que lo identifiquemos.
Para un lector superficial de mi columna (y no es que tuviera esta grandes profundidades) la falta de ortografía restaba empaque al sarcasmo y casi lo situaba a la altura del grupo de semianalfabetos que se considera apto para emprender la “regeneración moral de España” (sic)
Me miré como Edward G. Robinson miraba y se miraba en el escaparate donde vio el rostro de la mujer que lo llevaría a la perdición, y decidí no hablar del terrible terremoto del Japón, ni referirme a las dudas que me han vuelto a asaltar, tras el escape radiactivo que produjo, sobre la conveniencia de que el mundo se abastezca de energía por medio de un sistema que ni es limpio (como algunos interesados nos quieren hacer creer) ni inocuo.
Que nadie me eche (ahora, sí) la culpa de emplear esta columna en conjurar a los “duendes tipográficos”, que ya no deambulan por las linotipias, sino por los chips (patatas fritas) de nuestros ordenadores. Tres párrafos comenzaban de la misma forma: “Uno se echa a temblar”. Dos de tres sin “h”, y la tercera (la de “la vencida”) con ella. Que el lector me juzgue con benevolencia por no haber repasado suficientemente el escrito y que no crea, como algún miembro del Gobierno, que Lope de Vega habría suspendido un examen de la ESO por haber escrito “Sin secreto no ai amor” (manuscrito que se conserva en la British National Library) Faltaban casi ciento cincuenta años para la fundación de la RAE y algo más para la normalización ortográfica.
Uno se echa a temblar... Y la tierra tembló; vaya si tembló.
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