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Tags: Opinión · Contar por no callar · Rafa Esteve-Casanova
Los espárragos de la ira


Rafa Esteve-Casanova


Rafa Esteve-Casanova Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
domingo, 13 de marzo de 2011, 02:47
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Valencia ya está inmersa en plenas fallas, las calles de la ciudad ya son un caos para el tráfico rodado, huele a pólvora y buñuelos, en Russafa se amontonan los ciudadanos para admirar la extraordinaria iluminación de sus calles y cada mediodía a las dos en punto la plaza mayor de la ciudad es un hervidero de gente arremolinada para presenciar y escuchar el terrible estruendo de la diaria mascletà. Tendría que escribir acerca de las Fallas, es lo que demanda el tiempo y el tópico anual, ese artículo fallero que no debe fallar ningún año. Pero la actualidad manda y son muchos los temas que se agolpan en mi escritorio para dedicar estas líneas dominicales a un tema tan manido, sobado y ensalzado como el del mundo fallero.

La ciudad arde en fiestas pero no para todos son iguales estos días. Unos, a pesar de la crisis, disfrutarán de ellas marchando por las calles al ritmo del pasodoble “Valencia”, las falleras llorarán de emoción cuando enfilen la calle del Micalet y divisen la plaza de la Virgen donde depositarán sus ramos de flores a los pies de la “Xeperudeta”, la patrona de todas las “amparitos” hoy convertidas en Vanessas o Jennifers por mor de la modernidad reinante, el alcohol y la pólvora correrán por las calles entre el griterío ensordecedor de las carpas verbeneras que no dejarán dormir al vecindario y, tal vez, si nadie lo remedia los valencianos disfrutarán de una huelga de transporte público durante los días de sus fiestas mayores. Otros no probarán los buñuelos, cada año más caros, ni tendrán ánimo para patearse las calles recorriendo los monumentos falleros, se quedarán en casa con su crisis económica y su tristeza a cuestas mientras desde las escasas cuatro paredes de la misma escuchan el jolgorio que llega desde la calle.

Entre los que no disfrutarán de las fiestas josefinas se encuentra Juan Rodergo, un parado de 66 años, a quien la policía local que comanda Rita Barberá ha multado con 1.500 euros por vender espárragos en la vía pública durante estos días falleros. Rodergo trabajaba en la construcción y cuando estalló la burbuja del ladrillo se quedó compuesto y sin trabajo, en estos momentos sus únicos ingresos provienen de los 425 euros que cobra como subsidio y de los pocos euros que puede ganar algunos días vendiendo por los bares los espárragos salvajes que recoge y, si llueve, algunos caracoles. Juan pensó que con las calles llenas de gente en busca de diversión y fiesta le sería más fácil vender su mercancía por las calles, 3 euros el manojo de espárragos y 4 euros el kilo de caracoles, y ni corto ni perezoso se lanzó al asfalto para ver si conseguía algunos pocos euros para poder pagar el agua que tenía cortada por falta de pago.

Pero en Valencia, como en todas las capitales, existe una ordenanza ciudadana que prohíbe la venta ambulante sin la correspondiente autorización cosa que este parado ignoraba y tal como dice el Código Penal “la ignorancia de la Ley no exime de su cumplimiento”. En aplicación de esa ordenanza a Juan Rodergo le fue confiscada la mercancía y se le impuso una multa de 1.500 euros, la policía local valenciana aplicó de manera implacable la legislación vigente. Al amigo manga ancha y al contrario la legislación vigente parece ser el lema de estos “guindillas” a las órdenes de la “dama de rojo” valenciana.

Las leyes se hacen para cumplirlas aunque desde el Partido Popular parecen tener otra opinión cuando éstas emanan de un cuerpo legislativo que no se ampara bajo las alas de la gaviota. Pero se dictan para que las cumplan todos los ciudadanos y no para sojuzgar a los más desfavorecidos por la diosa fortuna. Mientras a un humilde ciudadano que intenta buscarse la vida vendiendo espárragos y caracoles se le sanciona con casi cuatro veces su sueldo mensual las calles valencianas están invadidas por multitud de pedigüeños, algunas veces incluso bordeando la delincuencia, sin que la policía local haga nada por impedirlo. Mientras se multa a un honrado ciudadano se hace la vista gorda ante diversas órdenes de cierre de un local de alterne que tan sólo se precinta cuando estalla el escándalo de que tal vez algún miembro del Partido Popular puede estar incurso en un delito de chantaje a la dueña del mismo. Y mientras todo esto sucede en esta ciudad y país al que sus dirigentes están convirtiendo en una ciudad y un país de tahúres, trileros y mercachifles de toda talla y condición la autoridad competente, o más bien incompetente, se ceba en los más débiles mirando hacia otro lado cuando la infracción, generalmente urbanística, llega de la mano de los poderosos o de los “amiguitos del alma”.

En Túnez la revuelta para pedir democracia comenzó con la confiscación de la mercancía a un vendedor ambulante, hace algunas semanas González Pons, oráculo de la muchachada de la gaviota, pidió que aquí también saliera la gente a las calles para descabalgar a los socialistas del poder central. Este oráculo y portacoz del PP debió sufrir un rapto de locura cuando vomitó esta arenga cuartelaria, se le fue la pinza y pidió que los valencianos olvidarán que en un país democrático tan sólo las urnas pueden cambiar los gobiernos.

Tal vez estos espárragos de la ira abran los ojos a una ciudadanía, la valenciana, adormecida por los cantos de sirena de Camps y sus palmeros y cuando llegue la hora de votar tenga en cuenta la prepotencia de un poder que no tiene en cuenta para nada el mejorar la vida de los valencianos, hoy más súbditos y menos ciudadanos. Si existieran y funcionaran los Servicios Sociales el ciudadano Rodergo no habría tenido que salir a la calle cargado con sus espárragos y sus caracoles. La sociedad del bienestar cada día se aleja un paso más de aquellos que más la necesitan. Por cierto, los espárragos al ser un bien perecedero han ido a parar a la Casa Cuna, una entidad dirigida por monjas, que estos días anda en el candelero por sus posible implicaciones en toda una serie de adopciones irregulares. Dios los cría y ellos se juntan.

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