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Tags: Opinión · Momento de reflexión · Octavi Pereña
Violencia deportiva


Octavi Pereña i Cortina


Octavi Pereña Octavi Pereña
viernes, 11 de marzo de 2011, 08:40
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Después de la goleada del Barça al Madrid por 5 a 0, se hizo la tradicional celebración en la fuente de Canaletas de Barcelona con el resultado de que uno de los brazos del monumento cayó, parece ser por el peso de los culés que se colgaron en él.

A un acontecimiento deportivo ‘trascendental’ le siguen alborotos, contenedores quemados, vidrios de escaparates rotos…y el alcohol que no puede faltar en tales efemérides. Estos espectáculos de muy mal gusto se repiten sin cesar a pesar de las advertencias. Tienen su razón de ser.

El problema se gesta en el deporte escolar en donde los padres proyectan sus ambiciones en sus hijos, fomentando de esta manera rivalidades nada recomendables. Alguien ha dicho: de Messi sólo hay uno en el mundo, pero de padres de Messi los hay en todas partes. Cierto. Todos los padres quieren que sus hijos destaquen en el deporte. Este grado de exigencia hace que los lugares destinados a la práctica deportiva se conviertan en focos de conflictos, insultos, peleas…

De vez en cuando se publican noticias de incidentes violentos sucedidos en competiciones deportivas infantiles. Estos hechos inquietan porque son el semillero de nuevas generaciones de grupos violentos asociados al deporte profesional. Josep M. García en su escrito “Los nuevos hooligans”, dice: “Los incidentes de gamberrismo juvenil alrededor del fútbol inglés, casi se han multiplicado por tres en los últimos tres años”. La intensificación de la violencia relacionada con el deporte debería ser un motivo de reflexión para todos.

Si no se tiene cuidado, el dicho “mente sana en un cuerpo sano” se convertirá en una falacia, por dos motivos. Si los padres que llevan a sus hijos a practicar deporte no les enseñan que no todos los medios son válidos para ganar, que se debe jugar limpio y que no vale ir a segar la pierna del jugador del equipo contrario que tiene la pelota, si no enseñan que deben respetar las decisiones arbítrales aunque en ciertas ocasiones son erróneas, si no les enseñan a aceptar la derrota con ‘deportividad’ porque no siempre se gana, se les está creando una mente enfermiza que en la carrera de la vida les creará muchos problemas. Si los padres no enseñan a sus hijos a saber perder con honorabilidad en el terreno de juego, no sabrán perder en el estadio de la vida y aplicarán la mala educación recibida en la infancia en el campo profesional, en la familia, en las relaciones sociales, lo cual los perjudicará físicamente y las tensiones constantes para evitar los fracasos, no olvidemos que de acuerdo a la mala educación recibida siempre tienen que ganar, les llevará al consumo de alcohol, tabaco y drogas, lo cual perjudicará a su salud y les acortará la vida.

El egoísmo se encuentra en el centro de esta mala educación deportiva. Debido a la naturaleza humana manchada por el pecado el YO es omnipresente. El YO es insaciable de protagonismo. Quiere sobresalir en todo. Siempre anhela ser el número 1.Es una mala educación la que lo engorda.

El egoísmo que llevas a hacer sobresalir el YO sólo tiene un antídoto: el amor. A diferencia del egoísmo que es connatural en el hombre pecador, el amor auténtico es sobrenatural, es un regalo que Dios otorga por la fe en el nombre de Jesús, su Hijo. Se puede enseñar a jugar deportivamente, es conveniente hacerlo. Pero no se obtienen los resultados previstos porque no se pueden pedir peras al olmo. Únicamente la conversión a Cristo puede hacer bajar de la parte alta del podio el egoísmo que tanta fealdad aporta al deporte y substituirlo por el amor que la da belleza.

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