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Aire a puñados, puertas al campo
Ángel Ruiz Cediel
Los hay que como las moscas allá donde se posan dejan su huevito, tal que el PSOE, y, en un arrebato más de su escaso trato con la realidad, lanzan ahora, de la mano de la infausta señá Pajín, lo que si Dios no lo remedia –y para ellos dios es Zapatero- será la Lay de Igualdad de Trato y No Discriminación, por ahora nada más que un despropósito en forma de anteproyecto. Discutible, por supuesto, aunque no por quienes tienen su cabeza como ornamento y sus cualidades intelectuales severamente indispuestas.
Para abrir boca, en el Artículo 2, apartado 1, del Título Preliminar, establece la excelsa Ley que nadie puede ser discriminado por tal y cual, es decir, que por nada, incluyendo las cualidades intelectuales y hasta la lengua, cosa muy curiosa porque no deja claro si no se podrá discriminar a quien opte a funcionario del Estado y sólo hable suajili, pongo por caso, o si una persona nacida con sus capacidades intelectuales disminuidas no podrá ser discriminada al concurrir a los exámenes escolares, verbigracia, con ventajas acordes a su disminución, o si por el contrario incurren en discriminación quienes no tengan disminuidas esas mismas capacidades intelectuales. O, quien sabe, a lo mejor en este último caso es nada más que un artificio legal para proporcionar cobertura anticrítica a quienes acceden “por propio derecho” a un Ministerio sin tener formación ni para hacer la O con el culo de un vaso.
Dispone este mismo Artículo y apartado de un cajón de sastre, que es esa jaculatoria legalista de incierto perturbado origen, que añade y difumina que “o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”; es decir, que una persona no puede ser discriminada por ser hombre o mujer, fea o guapa, por haber terminado sus estudios o ser un zote, por ser alto o bajo, por ser delgado o gordo, por ser inteligente o no, por estar enfermo o sano, o, siquiera sea, por ser un terrorista confeso o un perturbado mental o tener una conducta intachable. Dicho de otra forma: se carga de un plumazo que un puesto de donante de semen, por ejemplo, sea necesariamente un hombre (o que una donante de óvulos sea obligatoriamente mujer), que los policías tengan una talla mínima, que una azafata quepa en el pasillo de la aeronave, que pueda ser director del CSIC un asno sin la Primaria acabada, que pueda participar en las finales de atletismo un tuberculoso terminal (y no gane), que pueda ser catedrático de Historia un imberbe de dieciocho años adicto al botellón o que ostente un puesto de Director de Seguridad del Estado un terrorista penado o no. Excluir a estas personas en un porque no se adaptan al puesto, según reza el Artículo 5, sería discriminación directa, y favorecer a los idóneos para ese puesto, quitándoles puntos a los susodichos, sería discriminación indirecta, pudiendo ser, en según qué casos, incluso una discriminación múltiple. Así que ya lo saben: fuera las oposiciones, que discriminan a los capacitados de los que no; fuera los exámenes, que discriminan a los que saben de los que no; y fuera las clasificatorias de cualquier clase, incluso las atléticas, que discriminan a los más cualificados de los que no.
Así, podríamos delirar de artículo en artículo de esta inefable Ley, viajando desde un simple alquiler a la publicación de una columna de opinión, la escritura de una novela o la edición pública de los resultados de un estudio científico. No es extraño, en consecuencia, que se prohíba Blancanieves y la mayor parte de la Literatura y el cine universal, que sea imprescindible reescribir la Historia para mayor gloria sociata y que la Gramática misma sea enderezada por Ley, incluyendo, por el artículo 33 sempiternamente implícito, términos ya aceptados de facto como hombre y hombra, mujer y mujero, mimebra y miembro, socialisto y socialista, y cuantos más sean necesarios, se use o no gorro de papel, imponiéndose una revisión de las normas de la RAE de tal modo que no haya sustantivo, adjetivo, pronombre o artículo que no sea reversible o ambidiestro, y utilizables, en consecuencia, por ambos géneros. ¿Para qué seguir?, en fin.
Una Ley, en fin, que trata de poner puertas al campo y agarrar aire a puñados, acotando lo imposible y desbarrancándose por el delirio más irrecuperable. En vano es tratar de informar a estas personas que divaga por universos para-lelos/lelas, que la vida funciona de otro modo a quien no tiene capacidad de comprenderlo, que lo que tenemos es el resultado de millones y millones de años de evolución, mal que les pese, y que es la propia naturaleza es la que ha impuesto cosas tales como las jerarquías; que es más guapo el que contiene en su morfología mayor número de veces la proporción divina (no sé si será derogada por decreto o así), y que quien la tiene menos es sencillamente feo o fea; que debe enseñar el más cualificado; que debe promocionarse el más capaz; y/o que sólo se puede evolucionar en libertad, algo que estos leguleyos ni entienden qué es ni falta que les hace. ¡Faltaría más! Como es natural, ante esta tácita implantación de la censura, se arrogan el derecho de clausurar cualquier cosa que les dé la gana, desde una web a prohibir a un autor, quien sabe si creando un Índice.
Además de ciscarse en todo lo instituido por la evolución y la naturaleza, además esta Ley invierte el valor de la prueba, de modo que quien sea señalado por practica de la discriminación en cualesquiera de su enfermizas formas, así sea por su suegra, deberá demostrar inocencia… o que se atenga a las consecuencias con sus bienes y su patrimonio, además, claro está, de con su libertad. El Estado de Derecho, así, se va de cañas a las Chimbambas y nos deja al alimón con los desheredados de la razón en los páramos del desquicio, no sabiendo si echarle un piropo o proponerla relaciones sentimentales a Maripuri es acoso, si ver de color negro a un señor de Senegal es discriminatorio o si ganar a un parapléjico en una competición de atletismo es delito.
Como amante de la libertad, inculpo todo este desvarío como propio de quien padece tics de dictadorzuelos; como intelectual, propio de alguien que no tiene sus facultades muy allá; y como ciudadano, algo derivado de las consecuencias de que los idiotas voten, que luego sale elegido quien sale. Hay a quienes esto último es lo que precisamente más les mola, claro.
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