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Etiquetas:   Ser o no ser   -   Sección:   Opinión

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Manuel Alcántara
Redacción
sábado, 29 de enero de 2005, 22:46 h (CET)
Han aterrorizado al ministro señor Bono durante una manifestación antiterrorista. Alguien quiso golpearlo con una barra de hierro en su vulgar y bienintencionada cabeza. Ya se sabe que una muchedumbre exaltada no tiene nada que ver con eso que llamamos pueblo: la masa descontenta se convierte primero en plebe y después en turba. ¿Por qué desear abrirle la cabeza al señor Bono? Su contenido ya sabemos cuál es y no hay la menor intriga. Sus combativas neuronas están organizadas para llevarse bien con todo el mundo: con la Iglesia y con los disidentes feligreses, con el proletariado y con los señores del dinero, con Dios y con Bush. ¿Por qué han querido agredirle? Tuvo el valor de ir a esa manifestación y ya se sabe que la gente que acude a las manifestaciones no trata de mostrar la buena educación que ha recibido, sino los motivos de su descontento. No hace demasiado tiempo que alguien le arreó un palo al líder de Comisiones, señor Fidalgo.

El ministro de Defensa se encontró tan indefenso que tuvo que abandonar la manifestación. Aparece demudado en las fotografías. No es para menos. Algunos encolerizados compatriotas le llamaron «asesino» y otros se conformaron con pegarle puñetazos en las costillas. «¿Recuerda que eres mortal!», creyó que decían a su lado, pero él no tenía prisa en comprobarlo.

Los convocantes de la manifestación y el PP han condenado la agresión. No iban a alabarla. Su aportación a la ciencia sociológica ha sido inconmensurable: se han registrado momentos de verdadero terror en una manifestación contra el terrorismo. Eso de que «voz del pueblo es voz de Dios», que dicen las coplas, es bastante cuestionable. ¿Que venga Dios y la oiga! Cuando apareció la pancarta en la que se leía «Comprometidos con las víctimas del terrorismo», arreciaron los insultos. «Peces Barba, dimisión», «SinvergÌenzas», eran los gritos más coreados. Al final de aquel rosario de la aurora, Bono se tapaba la cara con su mano derecha y Rosa Díez lloraba en un hombro amigo.

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