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Socorro

F.L. Chivite
Redacción
lunes, 31 de enero de 2005, 00:51 h (CET)
Una y otra vez nos dicen que tengamos cuidado. Que hay peligro. Con lo que sea. Con todo. El humo del tabaco es muy peligroso. Pero también los rayos del sol pueden serlo. Y el agua del mar. Salir de casa es peligroso. Pero también es peligroso quedarse en ella y respirar su aire cargado, ya que al parecer hasta el polvo que se acumula en las estanterías y sobre nuestras alfombras puede contener miles de componentes altamente tóxicos e incluso cancerígenos. Socorro. Nos abruman con el exceso de alarmas. Y yo sospecho que lo hacen intencionadamente. De hecho, ya sospecho de todo. Desde que dejé de creer, me dedico a sospechar. Y sospecho hasta de mí mismo. Porque en ocasiones he llegado a darme cuenta de que las opiniones que estaba defendiendo no eran, en realidad, las mías. Sino las de otros. Que habían conseguido metérmelas no sé por dónde.

Como también a veces me he dado cuenta de que mis prevenciones y mis temores eran igualmente inducidos. Por eso ya desconfío hasta de lo que pienso. Es un síntoma preocupante y no creo que mejore con la edad. De modo que tendré que ser cauteloso. Desconfiado y cauteloso. Pero, como iba diciendo, mi última sospecha es que nos alarman intencionadamente. Que quieren asustarnos. Que por el motivo que sea han llegado a la conclusión de que es conveniente tenernos atemorizados. Quizá hayan descubierto que una sociedad pueril y acobardada resulta más fácil de gobernar. No lo sé. El caso es que llega el invierno y parece que fuera un acontecimiento insólito. Hace frío y nieva, que es lo propio del invierno, y de repente es como si no supiéramos lo que ocurre o fuéramos a sufrir las invasiones bárbaras. En verano nos dicen que bebamos agua. Y que no practiquemos deportes bruscos a más de treinta y cinco grados. Vale, vale. En invierno nos dicen que no olvidemos abrigarnos bien. Y que si salimos de casa caminemos con cuidado. Porque las aceras pueden estar heladas y nos podemos caer. De acuerdo. Debemos de ser cada vez más indefensos, ignorantes y pusilánimes. Admitámoslo. Lo malo de fomentar el infantilismo de la sociedad es que se favorece la propagación de una perniciosa epidemia denominada irresponsabilidad. Y al final todo el mundo aprende el modo de encontrar a quién echarle la culpa de su ineptitud. E incluso pedir indemnizaciones. El culpable de que yo sea incapaz de cuidarme y alimentarme saludablemente será el médico. El culpable de que no haya manera de que yo lea un libro ni por casualidad será el profesor. El culpable de que me resbale en la acera helada y me rompa el tobillo será el alcalde. O el lehendakari. O el sistema, por no haberme informado del tipo de calzado que debía llevar. ¿Exagero un poquito?

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