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El PP y el espíritu segoviano de las lindes
Mario López
El PP está más apegado al caso Faisán que un segoviano a sus lindes. Al parecer, tras la Reconquista, se repuso la diezmada población musulmana de la meseta ibérica con personal segoviano. Sin ir más lejos, todos los madrileños de soca-rel somos descendientes de segovianos.
De aquellos a los que Ramiro II de León, tras tomar la alcazaba omeya de Magerit allá por el año 932, comisionó para que se hicieran cargo de las correspondientes lindes. Debió ser épica la resistencia que ofreció el pobre Alí desde su jaima, ubicada en lo que hoy conocemos como el Campo del Moro, porque cuando un segoviano blande la garrocha es como para echarse a temblar, y el bueno de Alí aguantó más de un envite.
El caso es que, a partir de entonces y para siempre, quedó ferozmente arraigado en el alma de todos los castellanos el espíritu segoviano de las lindes, el más contumaz sentido de la propiedad que haya conocido jamás pueblo alguno del universo orbe y que, indefectiblemente, siempre se acaba solventando a perdigón limpio o cachiporra. Pues, nada, que con el caso Faisán el PP ha pretendido definir sus particulares lindes éticas, con las cuales espera arruinar la carrera política de su más temido adversario, Alfredo Pérez Rubalcaba.
Pero, la verdad, no veo yo que estos mamporreros de Génova 13 tengan las lindes muy firmes y esa garrocha que blanden no vale ni para un mala capea. Al final, todo lo que van a conseguir, si es que consiguen algo, es aburrir al personal; más de lo que ya está, que ya es decir. Y luego dirá Aznar, en inglés balbuciente por esas aulas de ultramar, que los moros le deben una explicación por esos ocho largos siglos que le han invadido a él, al héroe de Perjil, al Matusalén de las lindes. Si es que las lindes van a acabar con todos nosotros.
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