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Opinión
· Artículo de opinión
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| La IX Cruzada |
| Ángel Ruiz Cediel |
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San Luís, o Luís IX de Francia, después de caer prisionero en Mansura, Egipto, en el curso de la VII Cruzada, apenas regresó a su país después de ser liberado montó la VIII Cruzada, se fue contra Túnez y allí murió junto a gran parte de sus tropas debido a la peste. Esto, que parece ser un apunte de historia recreativa, vuelve a ser actualidad por distintas razones, a pesar que desde aquel 1270, en se concluyeron las Cruzadas de las cristiandad contra los musulmanes, hasta ahora, haya llovido lo suyo. Nuevamente, de uno u otro modo, da la impresión de que Occidente está levantando el pabellón de la IX Cruzada y convocando a Occidente a las armas, y ha comenzado a hacerlo, precisamente, en los mismos países en los que fue derrotado en la VII y VIII.
A uno, que le gusta presenciar los acontecimientos que suceden en el mundo desde una cierta distancia que le permita valorarlos sin pasión partidista, todo esto le anonada un poco, sorprendiéndose porque las razones cambian en el tiempo mientras los hechos siguen siendo una sucesión los unos de los otros. Si en aquellas Cruzadas que desangraron a la humanidad, abriendo profundas simas entre cristianos y musulmanes que siete siglos y medio después siguen separándonos, se invocaron las bondades incuestionables de los valores cristianos y la verdadera religión, hoy, los cruzados descendientes de aquellos antiguos cruzados, invocan las bondades incuestionables de los valores democráticos y la verdadera sociedad basada en su concepto particular de los Derechos Humanos. Dios se ha movido, por lo que se ve, desde el rigor religioso de Roma al rigor político-religioso de la democracia de los tiburones económicos, pero en el fondo del asunto la cuestión sigue siendo exactamente la misma: el control del mundo, convertir a la mayor parte de la población mundial posible en contribuyentes o tributarios de ciertos poderes.
La IX Cruzada ha comenzado, pues, y, si no es Roma o París quienes reclaman la participación activa de todos los reinos cristianos contra el musulmán, es la ONU o Washington la que atiza el caldero de los ánimos en todos los países de Occidente, tildando como sangrientos tiranos a quienes precisamente ellos crearon, sostuvieron y armaron. Ante todo esto, como es natural, uno se pregunta qué diferencias existen entre aquellos hechos de los siglos del XI al XIII (números mágicos) y entre éstos del XXI, y no puedo sino concluir que sólo de forma, de escenario y de método, pero siendo idénticos en su fondo. La divinidad, por lo que se ve, siempre está del lado de Occidente, y Occidente se siente legitimado para imponer su sistema de creencias religiosas o políticas a cualquier otra cultura o país del mundo. Nada ha cambiado, y la Historia, para Occidente, ha sido mala maestra porque no ha sabido enseñarle ni una sola lección, o bien Occidente ha sido tan poco aplicado que todas las enseñanzas de la Historia han caído en saco roto, ha suspendido y está obligado a repetir curso.
¿Qué soberbia es la que le fuerza a Occidente a creer que está en posesión de la verdad absoluta, que su sistema es bueno sobre cualquier otro y que tiene derecho a irrumpir a un precio de sangre en otras culturas o países?... En estos días en que el mundo musulmán se agita contra una forma de vida que siempre ha sido la misma para ellos, no faltan opinadores que sostienen que la causa profunda está en el hartazgo espontáneo de aquellos pueblos sometidos a sus señores como si estuvieran en la Edad Media, como no faltan voces que se extrañan de lo sospechoso de esta situación “espontánea” que parece tan bien orquestada, y, como es natural, se asusta cuando presencia cómo los más exaltados, invocando el sagrado nombre de los Derechos Humanos, piden a gritos la intervención de los Ejércitos Cruzados para liberar a estos pueblos de sus tiranías. Asusta, y asusta mucho.
Puestos a intervenir con las armas, con cobertura o no de la ONU, ¿hasta dónde está dispuesta a llegar Occidente?... ¿Tal vez hasta el enfrentamiento nuclear?... ¿Estarían dispuestos estos nuevos cruzados a que Irán, China, Paquistán o vaya usted a saber quién que se haga con algunos artefactos nucleares, acorralados por las circunstancias, los lancen contra sus ciudades y contra sus familias y paisanos?... Las potencias que he mencionado son nucleares, alguna de ellas con un régimen teocrático y otras con unas dictaduras que cuentan con una potencia destructiva como para pensárselo dos veces el meterles los dedos en los ojos, y todo pudiera ser que, viéndose en peligro, elijan a cualquiera de estos países que están siendo revolucionados, como Libia, Omán, Qatar o Yemen, para montar lejos de casa sus teatros de operaciones y evitar así que los cruzados lleguen a la Gran Muralla, al estrecho de Ormuz o la ensangrentada Cachemira.
En lo que a mí respecta no creo que Occidente tenga el privilegio de la verdad, ni siquiera que el llamado sistema democrático sea un paraíso para otros que para los desalmados tiburones que han ninguneado al hombre, desvistiéndolo de todos sus valores para convertirlo en una especie de esclavo contemporáneo, como exactamente así sucedió en aquellos infaustos siglos de las Cruzadas I a VIII. Una forma distinta, en fin, de obtener exactamente lo mismo. Por el contrario, creo y sostengo que todo pueblo y todo hombre tiene el derecho de evolucionar conforme a su cultura y circunstancias, que esto es precisamente la esencia de la vida, y que no debe recibir de los demás sino respeto. Lo que hoy nos puede parecer una costumbre bárbara, no es sino un punto de vista limitado por el modo de entender el mundo de quien lo enjuicia. Pero hay más modos de entender el mundo y la vida, tantas como formas de vida. Después de todo, la evolución de nuestra vida no es sino un teatro para la evolución de nuestra alma.
Occidente no tiene la posesión de la Verdad y no está legitimado para intervenir militarmente o no, y tanto más cuando ha sido precisamente Occidente quien ha sostenido, si no impuesto, a todos esos dictadores o tiranos contra los que ahora, debido a una increíble crisis de conciencia, se opone. Bien mirado, incluso, en Occidente la cosa no es mejor que en esas dictaduras: se cercena la vida antes de que nazca, negándosela la posibilidad de ser; se desprecia la esencia humana, convirtiendo a las personas en bienes prescindibles, y la miseria moral de los dirigentes Occidentales ha convertido a las masas humanas en esclavos laborales y sexuales, a la vez que indulta cristianamente o premia a los criminales mientras las víctimas siguen bien muertas. Visto con cierta distancia, y valorando los logros de unos y otros, entre los musulmanes, aun dentro de esas dictaduras, los pueblos creen en la eternidad, en la divinidad, en la honestidad en su día a día y en que forman parte de un pueblo elegido con un propósito más encomiable que el animalesco disfrute a costa de lo que sea y de quien sea, entretanto en Occidente cada cual va a lo suyo y todo mal se puede perpetrar por vivir bien, sin importar a quién se dañe. En vano es hablar de los haberes del tirano musulmán, porque podemos contraponerlos a los de nuestras multinacionales, que se arguya que allá tratan al pueblo con desprecio cuando acá tenemos casos de envenenamientos masivos lo mismo por la gran industria que por ganarse unos eurillos más, que allá se critique la ablación cuando acá han convertido a la misma infancia en objeto sexual de pedófilos, o que allá se critique su religiosidad antigua y exacerbada mientras acá se ha convertido al hombre a una especie de dios de barro que no tiene más horizonte que una vida con los días contados en los que todo es lícito por darse gusto al cuerpo, ya que de alma lo han vaciado.
La IX Cruzada, pese a todo esto, ha comenzado, y puede ser que sea la última no porque venza Occidente, sino porque está empujando a quienes tienen otro modo de entender la vida y la sociedad, a que la convivencia con Occidente es imposible y que no les queda otra que morir matando.
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