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Opinión
· Artículo de opinión
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| Almas en venta |
| Ángel Ruiz Cediel |
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No hay nada extraño en que los sindicatos sesteen ricachonamente satisfechos mientras millones de trabajadores se hacinan en la miseria, la desesperación y el desempleo, y se enmascaran como “orientándose” a otro millón largo de parados a quienes obligan a realizar inútiles cursos de formación, como no lo hay en que el Secretario de Estado de Economía, señor Campa, asegure que las familias españolas son ricas en un país en que casi diez millones de almas están establecidas en las riberas del hambre y los comedores de Cáritas no dan abasto.
Si los sindicatos protestaran, tendrían que hacerlo contra quienes les regalan cientos de millones de euros cada año, y contra un sistema que les premia por los despidos arbitrarios y tramposos que perpetran, ya sea en forma de ERE o por las bravas, las empresas que están aprovechando la crisis para multiplicar sus beneficios. Demasiado bien les va y demasiados enjundiosos son sus beneficios como volverse contra la mano que los alimenta, contentándose con liarla en plan despiste en aquellas comunidades contra las que el poder sociata los atiza, que son aquéllas en las que no gobiernan quienes les proporcionan tan inmorales dineros. La indecencia y la bajeza moral de estos sindicatos al servicio del poder y la especulación política y económica de los grandes tiburones, sólo es comparable a la estulticia de los afiliados que no están en el ajo del reparto, quienes a pesar de las evidencias les dan cobertura con su pertenencia a ese deplorable club de trapicheos inconfesables. Los sindicatos –los nombrados como mayoritarios-, son cómplices directos del desempleo en España no sólo por inacción contra la truculenta depredación económica existente, sino de multiplicar el desempleo como miembros activos porque se enriquecen con cada nuevo parado. En cuanto a lo de los cursos de formación, en fin, nada se puede decir que no haga supurar al alma de dolor.
Que el gobierno y sus miembros, por otra parte, sean tan locuaces para justificar este desvarío de ruina y latrocinio generalizados, no deja de ser coherente con su propia historia, como es privativamente suyo el mirar hacia otro sitio cuando la corrupción se instala en sus filas, tal y como sucede en Andalucía, o que se dedique a poner en práctica maniobras de diversión (por la risa que producen) cuando la cosa se les pone demasiado fea, llegando a incluso a ofensivas e insultantes manifestaciones como las del Secretario de Estado de Economía mencionadas antes, o a implantar ridículas leyes o normas que consuman la rabia ciudadana, alejando del foco de la ira la frustración social generalizada. Es un insulto que las televisiones estén atiborradas de programas de alta cocina cuando la mitad de los españoles no puede llenar el plato de sus hijos, es una ofensa que hable de riquezas de las familias cuando medio millón de personas ha perdido su propia casa aunque no la deuda que sostiene con la podrida banca, y es un ultraje que hablen de ahorrar unas decenas de millones de euros limitando la velocidad de circulación cuando están comprando almas sindicales o del propio partido con cientos o miles de millones de euros con Fondos para Reptiles, con jubilaciones tramposas, con EREs fraudulentos y con donaciones inconfesables a lo más pútrido de la sociedad para mantenerse en el poder, si es que no para enriquecerse sin que nadie les denuncie porque han comprado sus almas. Y no vale eso de echar balones fuera acusando a sus rivales de prácticas semejantes.
Lo que se está verificando en esta España sociata, ni más ni menos, es una vergonzosa compra-venta de almas y voluntades. Todo vale por el dinero y el poder. La mentira se ha convertido en el lenguaje habitual de las autoridades, sindicatos y empresarios, y la cena del latrocinio que están celebrando los poderes y los representantes sindicales, este infame banquete de devorar el Erario con trampas y arteras maniobras, no debiera quedar impune. Pero en un río revuelto bien se pescan peces, y bueno es para sus miserables intereses que no haya claridad alguna. Ellos, los beneficiarios de este atraco generalizado, son los que se encargan de revolver los lodos del fondo para que la población no vea. Si quisieran solucionar el problema, sólo con aplicar honestamente en créditos o la formación de empresas los cientos o miles de millones que se han sisado, en buena medida estaría resuelto el problema; si quisieran ahorrar costos en la dependencia petrolífera o energética que tenemos del exterior, bastaría no con reducir la velocidad, sino con obligar o primar que cada trabajador lo haga en su propio municipio y no en el del otro extremo de la provincia –tal y como desde estas mismas columnas he dicho y reiterado desde hace muchos años-, y bastaría con que se redujeran los actualmente desproporcionados vatios de potencia de las bombillas de alumbrado público, cosa que también he reiterado desde hace muchos años.
La solución a todos nuestros problemas es perfectamente posible, pero no es rentable para los tiburones y los desalmados. Si hubiera honestidad en dirigentes políticos o sindicales, la eliminación del desempleo y la escasa o nula dependencia del exterior sería no sólo factible, sino con toda seguridad alcanzable con la aplicación de simples medidas de sentido común que están en la mente de casi todos y que algunos hemos apuntado con reiteración abusiva. Sin embargo, los sindicalistas tendrían que ser aquello que deben ser y no esto que son, los políticos no podrían beneficiar a sus lobbies o beneficiarse a sí mismos o a sus partidos, y los empresarios y los banqueros tendrían que lamerse solos sus heridas (y si no, que cierren como las demás pymes en problemas) en vez de aprovechar las circunstancias y la corrupción generalizada para sacar también su tajada.
Miles y miles de millones de euros se han derrochado en este maremagno de crisis artificiales y soluciones falsas, de políticos corruptos con poderes excesivos y ausencia de control, de sindicatos vendidos al poder y al capital, y de empresas sin escrúpulos. Miles y miles de millones que sólo han servido para llenar unos cuantos bolsillos –pocos- y comprar muchas, muchas almas. Las almas que no se venden, lampiñas se sostienen en los márgenes del sistema, en algunas columnas de opinión de algunos independientes o en los comedores de Cáritas. ¡Qué asquito de país! Pero, en fin, es lo que hay. Confiemos en que un día todo estos delitos y esta corrupción galopante, sea perseguida delito a delito, persona a persona, y que todos ellos paguen por el daño que nos han infligido. Bastará conque tengan que justificar sus propiedades, haberes y tren de vida. Medios para lograrlo, sobran.
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