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Tags: Opinión · The Washington Post Writers Group · E. J. Dionne
Por qué importa el conflicto de Wisconsin


E.J Dionne


E. J. Dionne E. J. Dionne
martes, 1 de marzo de 2011, 08:49
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WASHINGTON - Esta no es la primera vez que Nueva York se encuentra en la picota de la agitación nacional en torno al papel de los sindicatos.

El enfrentamiento anterior se escenificó en la localidad de Sheboygan en Kohler, el legendario fabricante de cocinas, baños y mobiliario. Los trabajadores de Kohler habían aprobado unirse al sindicato del automóvil, y una huelga que comenzó en abril de 1954 no se zanjó hasta principios de los 60.

Al enfrentarse a los sindicatos -- como recuerda la historiadora Kim Phillips Fein en "La mano invisible: la cruzada de los empresarios contra el New Deal" - Herbert Kohler, el presidente del negocio familiar, se convirtió en un héroe para el pequeño fabricante de todo el país.

"¿Quién dirige este país?" preguntaba Kohler a su receptiva audiencia antisindical. "Esa es la cuestión básica en Kohler. Esa es la pregunta potencial al sector ENTERO. Debemos responder a esta cuestión luchando".

Hay un estribillo interesante que se repite en esta historia. Este pasado diciembre, como informa The Green Bay Press-Gazette, los afiliados de la delegación local del sindicato del automóvil votaron 1.152 a 717 a favor de aprobar un contrato en Kohler que incluye una congelación salarial a cinco años, primas de seguro más elevadas y la creación de un sistema de salario y prestaciones equiparables.

Los secretarios del sindicato se opusieron al acuerdo, pero no se sorprendieron del resultado. "La gente lo está pasando mal", declaraba Dave Bergene, el secretario de la delegación del sindicato del automóvil, al Press-Gazette. "La economía va muy mal, y estoy seguro que ello tiene parte de culpa de esto".

Ese es el trasfondo de la confrontación que se desarrolla hoy entre el Gobernador Republicano de Wisconsin Scott Walker y los sindicatos de funcionarios del estado. Los empleados del sector privado aguantan con resignación, y los conservadores ven ahora oportunidad de paralizar a los sindicatos de golpe tumbando a los del sector público, la parte más vibrante del movimiento. El argumento de fondo es en realidad insidioso: Si los trabajadores del sector privado van de culo, ¿no deberían ir de culo también los del sector público?

"El juego es el siguiente," en palabras de un consultor político sindical con el que hablé. "Se destruyen los sindicatos del sector privado, se afecta a la salud del sector privado y las pensiones, y luego se dice ¡oiga, ¿cómo es que los empleados públicos tienen pensiones tan (relativamente) buenas? Eso no es justo'". Él se burlaba de los que ahora insisten en que los sindicatos del sector público les gustan: "Los sindicatos del sector privado sólo 'valen' una vez están completamente indefensos".

De hecho, el nuevo ataque se produce tras años de esfuerzos por debilitar a los sindicatos en el sector privado impulsando planes de "afiliación" (impedir a los sindicatos recaudar la retención de las nóminas de los afiliados) y bloqueando la reforma laboral que mejoraría la capacidad de organizarse del trabajador.

Nadie niega que la recesión haya mandado al traste la recaudación pública. Ese es el motivo de que hasta los gobernadores progresistas defiendan los recortes -- y de que los sindicatos de Wisconsin accedieran a las exigencias de edades de jubilación más elevadas y una mayor cotización al seguro. A lo que se resisten los sindicatos con razón es al cambio en el equilibrio de poder político a largo plazo que representa limitar el poder de negociación colectiva.

¿Cómo sabemos que se trata del poder y no de los presupuestos? Al mismo tiempo que van a por los sindicatos, Walker y sus aliados Republicanos legislativos también intentan alterar la composición del futuro electorado de Wisconsin a su favor. Presionan para acabar con el sistema que permite registrarse en las votaciones (que actualmente favorece a los votantes más jóvenes, que son más de izquierdas que sus padres y se movilizan más) y aprobar las pesadas leyes de identificación que lastrarán sobre todo a los votantes de renta modesta.

Y la semana pasada, Walker también aprobaba una ley que exige una mayoría de dos tercios en la Legislatura, o referendo estatal, para subir los impuestos sobre la renta, la venta y las operaciones en el estado. ¿Se imagina la que se habría montado si el Presidente Obama hubiera insistido en que fuera necesaria una mayoría de dos tercios para derogar su reforma sanitaria? Es una iniciativa antidemocrática encaminada a asegurar políticas capaces de conducir a una mayoría conservadora temporal.

Se dice que este enfrentamiento tiene sobre todo que ver con partidismo -- y es cierto que la propuesta de Walker es más dura con la mayoría de los sindicatos de funcionarios de alineamiento Demócrata que con los que son más receptivos a los Republicanos.

Pero esto va más allá de partidismos. El fallo del Supremo en el caso Citizens United, que se llevó por delante décadas de límites al gasto privado para influenciar elecciones, ya ha decantado el terreno político de juego en favor de los intereses privados más formidables del país. Eviscerar el poder proletario de los sindicatos hará a Republicanos y Demócratas más dependientes por igual que nunca de los ricos y de los poderosos intereses y minará la fuerza de compensación de los obreros que, como saben esos peones de Kohler, tienen problemas de sobra.

Hasta los críticos de los sindicatos de funcionarios deberían poder reconocer una extralimitación de competencias cuando la ven.

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