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Símbolo y Sonido: Tarot y Fievre (II)

Borja Costa
Borja Costa
@costaborjablank
lunes, 28 de febrero de 2011, 08:18 h (CET)
En innegable que el ser humano necesita del símbolo para alcanzar a aprehender en el centro mismo de sus vísceras todo aquello que es incomprensible para su mente. Quizás, viviendo como vivimos en una época de cultos más racionalistas, haya caído en desuso a un nivel llamémoslo “particular”, “individual” o “doméstico”, aunque su existencia continúa garantizada en ámbitos tan aparentemente dispares como la publicidad o la política: es natural que todas las disciplinas que buscan la más eficaz manipulación de su público traten de conseguirlo de esta manera oblicua; el espectador confía ciegamente en su razón mientras no advierte que el emisor lo está llevando hacia un terreno oculto que su mente no percibirá, porque, casi con toda seguridad, no alcanzará a comprenderlo de una manera consciente. Así, con este uso particular, los símbolos continúan respirando entre nosotros, formando parte de ese concepto tan parcialmente explicado como son los mensajes subliminales.

De estos se ha escrito en un sinnúmero de ocasiones, aunque la realidad es que, de mil casos analizados, pocas veces se llega al verdadero meollo del asunto. Cierto es que los hay que, por obvios, no necesitan de mayor explicación - relacionar la sexualidad con una pieza de fruta es un recurso harto utilizado que a estas alturas pocos espectadores desconocen (y por lo tanto, recurso poco eficaz ya, aunque sigue siendo sorprendente que incluso todos aquellos a los que no nos gusta la fruta podamos compartir la fuerte carga erótica de la imagen), pero de otros muchos, a pesar de llegar a entender el porqué son eficaces en la transmisión de su idea, no sepamos realmente qué se mueve en nuestro interior para convertirnos en partícipes del juego propuesto. Si bien es cierto, como les decía, que nadie deja de ver una nueva felación en cada mujer ingiriendo un plátano, no lo es menos que no alcanzamos a comprender claramente el porqué del poder erotizante de una fresa (quizás mi duda me esté dejando en evidencia de una forma muy seria… Quizás haya algo de las fresas que yo deba saber: me arriesgo y dejo constancia, y si alguien puede aportar algo de luz al respecto, mi sexualidad – sin duda – se lo agradecerá).
Sea lo que sea, hay símbolos que de una manera mucho más seria y profunda nos llevan sin darnos cuenta a ciertos significados y conceptos que asociamos a ellos, y lo hacen de manera casi universal, común a prácticamente todas las épocas y culturas. Desde las cruces a los números, pasando por colores, arcanos, formas geométricas diversas, sencillas letras, el hombre se comunica de forma continuada con su Yo más profundo, dotando a signos ancestrales de un contenido que su mente desconoce, pero que él sí comprende. Para ello, todos los elementos que conforman el símbolo deben situarse de la manera correcta en un momento preciso; de lo contrario, su efectividad resultará absolutamente dañada. No hay que engañarse con esto: necesitamos de la creación de momentos muy específicos, de escenas muy concretas, para que determinados elementos puedan tener realmente efecto sobre nosotros. De todos los ejemplos que podría utilizar para ilustrar este hecho, no se me ocurre ninguno mejor que el que atañe a la señora Madame Fievre.

Hace un par de semanas, tuve la ocasión de hablarles de ella. En la columna “Tarot y Fievre” les describí al personaje en cuestión como “un ser oscuro de nombre maligno”, a pesar de que quién me habló de la existencia de tal personaje lo describe como “lo más parecido al paraíso en Haití. Es la panadera y vive en un vergel de arboles y silencios mientras todo huele a pan y a serenidad”. Lo dicho en el escrito fue una enorme mentira por mi parte, pero la verdad sea dicha, no hay panadera en este mundo que justifique el uso de tamaño nombre, máxime cuando a nuestros ojos hace uso de una incorrección ortográfica del tamaño de todo un respetable diccionario: si les hubiera hablado de este ser como una panadera ninguno de ustedes le hubiera dado al hallazgo demasiado importancia, y todo les resultaría tan extraño (fiebre, pan caliente y “v”) que nadie se hubiera parado sobre esta idea más de tres segundos. ¿Fue la violencia de la incorrección gramatical, la reminiscencia de la “v” como consonante fricativa antaño más agresiva que la “b”, lo que se suma a la idea subyugante de la actividad febril?

Sobre el uso de los símbolos, he de reconocer que de todas las posibilidades que el abanico despliega, a mi, naturalmente como músico que soy, me llaman poderosamente la atención los más descuidados de todo el catálogo: los símbolos sonoros. Estos, quizás por poco estudiados, y porque todo apunta a que son si cabe más antiguos que muchos de otras categorías, son todavía uno de los grandes misterios a resolver dentro de nuestra percepción. Los apuntes al respecto son bastante intrigantes y absolutamente reveladores, desde un Peter Jost que afirma que asociamos arpas a ideas sosegadas por analogías derivadas de la mitología clásica (cuando el arpa en realidad es un instrumento capaz de la violencia más absoluta) hasta un José Nieto que defiende que un uso de instrumentos de percusión de tipo sonajas, cascabeles o similares nos producirá un nerviosismo inmediato por una reminiscencia atávica del peligro de muerte que encierra una serpiente.

Frente a la imagen gráfica, todos nos sentimos bastante auto-protegidos, aunque no sea cierto, y esa convicción ya ayuda bastante, pero con el olvido sistemático al que sometemos a nuestros oídos…, ¿no le da a usted verdadero pánico saber que alguien podría provocarle un ataque de nervios solo con el uso del sonido? No hablo de ser desagradable, ni de darle un poco de miedo; no hablo de anticipar la entrada del asesino en escena ni hablo de imitar una tormenta con una orquesta de cuerda. Hablo de que en el interior de su mente y de su corazón, usted teme a los mismos sonidos que teme el otro, los mismos a los que todos tememos.

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