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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El oscuro y misterioso pozo de las subvenciones

Miguel Massanet
Miguel Massanet
lunes, 28 de febrero de 2011, 07:48 h (CET)
El admirado y prolijo escritor inglés William Shakespeare, en su obra Pericles, recogió este sabio pensamiento: “Cuando el tirano parece querer dar un beso, hay que echarse a temblar”. No hay duda alguna que esta costumbre de dilapidar el dinero es algo bien conocido en España, como también lo es el pagar, con dinero, favores recibidos cualquiera que fuese su origen o calidad. Por ejemplo, en España, hemos tenido ocasión de ver como nuestro Presidente del gobierno no ha parado en barras a la hora de gastarse el dinero de los españoles en proyectos tan absurdos, carentes de sentido y, evidentemente, inútiles como ha sido el caso de la famosa Alianza de Civilizaciones. Estos días, casualmente, estamos teniendo la prueba de lo que está ocurriendo en los países islámicos del Norte de África y del escaso, para no decir nulo, impacto que la buena disposición del señor Zapatero y de su pandilla de ilusos –que se creyeron poder transformar a los musulmanes en colaboradores de Occidente – están viendo como se desmoronan todos sus proyectos de conseguir amansara a la fiera islamista. Es posible que aquellos a los que pretendió convencer vuelvan ahora sus ojos hacia España, para ponerla en la lista de sus próximas conquistas. Sería muy interesante que se informara al pueblo españolo la cantidad de millones de euros que el Estado lleva invirtiendo en semejante insensatez y los frutos que ha logrado con esta inversión.

El sistema de dar subvenciones, ayudas, concesiones, financiaciones o regalías, a cargo del Erario público forma parte de determinadas ideologías de izquierdas para quienes, como apuntó una conocida ministra socialista, “ el dinero público no es de nadie” a lo que podríamos añadir, si fuéramos maliciosos, “ y sólo pertenece a quien dispone de él” porque, lo que si es verdad es que, los pobres contribuyentes que tuvieron que renunciar a él al tributar por sus obligaciones fiscales, es evidente que dejaron de seguirle la pista desde que lo pagaron. Veamos si dejamos claras algunas cosas que son de manual: los ciudadanos confiaron a los gobernantes la misión de ocuparse de aquellas funciones que quedan fuera de su alcance, debido a que su primera obligación es la de trabajar para ganarse el sustento y el de sus familias. Precisado este punto, el ciudadano se desprende de parte de lo que ha conseguido obtener por su trabajo para que, quienes fueron elegidos para ocuparse de las cosa pública: la sanidad, las pensiones de vejez, el orden, las infraestructuras, la enseñanza, el ejército, las relaciones con los países vecinos, la Justicia y las normas de convivencia que se dictan para evitar los abusos físicos, las coacciones, los chantajes o el resto de delitos que pudieran perturbar la pacífica convivencia entre la ciudadanía; sean eficaces, se apliquen con justicia y se vele para que, los ciudadanos honrados, se sientan seguros y amparados dentro de las fronteras de la nación y sean respetados en su independencia y en su intimidad, como personas libres. En esta relación entre poder¬–ciudadano, o, si lo prefieren, en ese clásico “do ut des”, garantizado por el control mutuo que, los tres poderes del Estado: Ejecutivo, Legislativo y Judicial, deben llevar a cabo; se basa el funcionamiento de toda nación que se considere una democracia.

Sin embargo, cuesta entender que, el Tesoro público, todo aquel dinero que se prevé en los Presupuestos Generales del Estado para atender a las necesidades comunes de los ciudadanos, proporcionarles aquellos servicios que ellos, por sí mismos, no pueden obtener y a los que han contribuido con sus impuestos; en muchas ocasiones quedan descuidados, se retrasan o incluso dejan de prestarse, debido a que, el complicado entramado de la Administración del Estado, se ha convertido en algo tan desmesurado, tan difícil de controlar, tan multitudinario y con tantas derivaciones que, salvo que uno fuera un especialista en resolver laberintos administrativos, se le permitiera escudriñar en todos sus rincones de los innumerables departamentos de las administraciones públicas, central y autonómica, resultaría una tarea de gigantes el comprobar el destino final de nuestros impuestos. No obstante, lo que si es evidente es que, cada día, se dan casos concretos que demuestran la forma en la que, el Gobierno y las autonomías, distribuye el dinero que se les confió.

Y es que, España, se ha convertido, desde que lo socialistas subieron al poder, en el lugar en el que con más alegría se están dando subvenciones. Distingamos, no préstamos a empresas para que, por un determinado interés, los utilicen para mejorar su liquidez y, posteriormente, dentro de un plazo determinado, sean reintegrados al Tesoro público, para que los pueda utilizar en otros proyectos; no, no señores, son subvenciones graciosas, sin retorno, a fondo perdido y distribuidas a determinados grupos, lobbies, administraciones de ideología afín, ONG’s sospechosas, o particulares, amiguetes y conchabados a los que interese pagar sus servicios o pueden resultar útiles. El primer ejemplo lo tuvimos en los 50.000 millones con los que el Gobierno “premió” a aquel sector bancario que fue directamente responsable del inicio de la crisis española, por su relación con la burbuja inmobiliaria. Pero es que, a partir de entonces, ha sido un verdadero reguero de subvenciones que, sin ton ni son, se han ido entregando a grupos como los de la farándula, el cine nacional, determinadas empresas (como el caso del señor Chávez entregando diez millones a una empresa en la que trabaja su hija, MATZA), a países extranjeros como: La Cuba Castrista; el sur del Líbano en manos de Hezbolá; la Nicaragua sandinista; el Ecuador de Correa o la Bolivia de Evo Morales entre otros. Un ejemplo de este despilfarro lo hemos podido detectar, a través de una información aparecida en LD, en el ayuntamiento de Leganés que lleva gastados cerca de dos millones de euros que ha repartido entre sus amigos de izquierdas, algunos de los que se encuentran entre los que hemos relacionado anteriormente.

Por si fuera poco, el Gobierno de ZP, se viene gastando cantidades ingentes de millones para sacar a flote a las cajas de ahorros que, por si fuera poco, ha resultado que, a sus males endémicos, hay que añadir una morosidad que parece que es muy superior al 5’8% del que se hablaba con anterioridad; porque los últimos datos del Banco de España parece que han destapado que, la media de morosidad del sector, se cifra en un 14%, ya que su exposición al sector inmobiliario se calcula en unos 217.000 millones de euros de los que, al menos 100.000, son de cobro dudoso. Y, ¿de dónde sacará el Estado tanto dinero si tenemos en cuenta que, el desempleo, en lugar de bajar sigue subiendo y que las perspectivas de crear puesto de trabajo no parece que sean próximas, al menos es difícil que sea antes de que finalice el corriente año?. Habrá que seguir recurriendo al endeudamiento y a seguir emitiendo deuda pública. Lo curioso es que, no es sólo el Estado quien precisa dinero, sino que las comunidades también están endeudas hasta las narices y tienen que acudir al mismo procedimiento de endeudarse más para poder pagar los vencimientos que vienen cayendo. Lo peor es que, los que nos tenemos que apretar el cinturón, los que vamos a recibir los nuevos aumentos del precio de la gasolina, los que tendremos que pagar más por la electricidad y el gas y los que vemos preocupados como, cada mes, aumenta la inflación, sin que las empresas levanten cabeza; somos los de siempre, los ciudadanos de a pie que, por si fuera poco, tenemos que ver como quienes nos gobiernan no se privan de ninguno de sus lujos, continúan derrochando dinero, se corrompen, se aseguran sustanciosas pensiones y todavía, para pasar el rato, se dedican a prohibirnos todo lo que les pasa por las narices. Alea iacta est.

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