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Contra las teorías conspirativas: democracia
Mario López
Vivimos una época en la que la conspiración, cierta o fabulada, se cuela en infinidad de debates políticos e histográficos sin la menor resistencia. Existe una corriente de opinión, que no distingue entre ideologías, que sostiene que detrás de las revoluciones de Libia, Túnez y Egipto está la mano de occidente, de las grandes corporaciones y lobbies financieros interesados en derribar regímenes incómodos para sus intereses y sustituirlos por gobiernos debidamente adiestrados. A mí me parece aberrante. No discuto que las grandes potencias estén preocupadas por estos acontecimientos y que, con toda seguridad, buscarán influir en la solución de los conflictos que les sea más favorable; pero lo que yo creo que es trascendental en todo lo que está pasando en Oriente Próximo es la lucha de los pueblos por su liberación, la sublevación pacífica (todo lo pacífica que las circunstancias lo permiten) contra unas tiranías que les están manteniendo en plena Edad Media. Espero y deseo que triunfen y consigan instaurar unos regímenes democráticos sin servilismos a occidente.
Por otra parte, con el 30 aniversario del 23-F, estamos viendo crecer la especie de los que dicen que el tejerazo fue una operación destinada a menguar la democracia y legitimar al rey; que, en definitiva, el golpe triunfó. Valiente disparate. Los que vivimos de cerca aquello, sabemos que si de verdad hubiera triunfado el golpe, muchos de nosotros habríamos sido pasados por las armas al día siguiente. ¿No es desesperante que ese discurso fascista haya calado tan profundamente en mucha gente de izquierdas? Es verdad que mucha culpa de esto la tienen los padres de la Transición que, con una obstinación difícil de entender (especialmente para la juventud), se niegan a abrir la mínima posibilidad de debatir una transición que, si en su día pudo haber sido ejemplar, hoy muchos pensamos que habría que actualizarla, sobre todo, por reconocer el derecho a las generaciones que no participaron en ella a formar parte de la construcción de nuestro sistema democrático. Pocos dudan de que el debate sobre la forma de gobierno era un tema tabú en 1978, pero hoy no tiene por qué serlo. La Constitución fue redactada y aprobada en unas circunstancias muy singulares y, sin duda, de la mejor manera que en aquel tiempo se pudo hacer. Pero hoy, a treinta años vista, y desde la perspectiva de un gran número de españoles (muchos de los cuales entonces ni siquiera habían nacido) es perfectible. No es que sea mala, pero es perfectible. Abrir un debate sobre la forma de gobierno, la relación de las diferentes nacionalidades con el Estado, y un buen número de los artículos que conforman la Constitución (economía y hacienda, derechos de los ciudadanos, etc.) podría suponer una buena inyección de democracia para nuestro país y un maravilloso antídoto contra especies conspirativas cuya procedencia es profundamente antidemocrática y falaz, y sus efectos extraordinariamente nocivos.
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