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Etiquetas:   Disyuntiva   -   Sección:   Opinión

Insolencias dañinas

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 25 de febrero de 2011, 23:00 h (CET)
Según se mire, algunos dirán que el descaro agresivo para dirigirse a los demás es cosa antigua, su práctica fue habitual en todas las épocas. Quizá sea así, sin embargo, la complejidad que nos abruma por todas partes; afecta también a las INTEMPERANCIAS que nos atañen, las diversas manifestaciones insolentes se han multiplicado. En el siglo II, Lucrecio avisaba “…es innegable que circulan por el aire muchos gérmenes de enfermedad y muerte…”; prevención ampliada después a los virus, parásitos, sin que dejemos de lado los efectos de las sustancias tóxicas. Qué diría Lucrecio hoy en día si se viera sobrepasado por la enorme cantidad de agentes peligrosos que provienen de otras personas. Esa especie de sadismo enfocado a las actuaciones directamente relacionadas con el daño ocasionado a las personas. ¿Acaso afrontamos también el contrapunto masoquista que tolera el incremento de comportamientos abusivos?

El calificativo de insolente suaviza la verdadera índole de las conductas que comento hoy, espero que valga como introducción para reflejar sus maldades. En eso pensé estos dias cuando en Vitoria, una pandilla de jóvenes organizados agredió con encarnizamiento a unos chavales que estaban patinando en un parque público destinado al efecto. Las víctimas de las palizas fueron atendidos en las urgencias hospitalarias con lesiones de cierta gravedad. Ni la pasión juvenil, ni los argumentos, sirven para la valoración de semejante VANDALISMO. ¿A qué obedece esa prepotente preparación y ejecución del ataque? Detenidos los culpables, con la poca edad, las mentiras o con las excusas psicológicas; no se vislumbra ninguna solución justa, ni escarmiento, ni prevención. Hoy mismo se conoce el alarde de un jóven maltratador de animales que emite las imágenes de sus fechorías y estimula a quienes empaticen con él a compartir sus desmanes. ¿Una saña tan depravada, qué orígenes tiene? ¿No se delegan en demasía las responsabilidades sobre la culpa social? ¿Se valora todo esto cuando se promueve una educación laxa? ¿Será necesaria la revisión de los límites establecidos?

La insolencia también sabe vestirse con elegancia, entonces pasa a ser una desfachatez deslumbrante. Algo así he percibido alrededor de las ostentaciones manifestadas en la ceremonia de los recientes premios Goya. Partimos del cerco establecido contra el ciudadano con impuestos, tasas sobre cintas y discos vírgenes, se vaya a grabar o no en ellos, e intentos controladores sobre los usos de Internet. Seguimos con los datos publicados sobre el poco atractivo taquillero de las películas aireadas en dicho certamen. ¿No quedamos en que las audiencias marcaban la pauta? Pues bien, con todo ello, habremos de interpretar las aportaciones ministeriales a los fastos de la ceremonia mencionada, precisamente en unos tiempos de escasez como los presentes. ¿Van paralelos subvenciones y premios? A quienes observamos dichas parafernalias nos llega el tufillo de maniobras sectarias efectuadas con descaro, con pocas explicaciones creíbles y con un alarde innecesario.

Estamos habituados a escuchar comentarios sobre la Historia. Que si hace justicia, que si enseña los errores cometidos, que si demuestra bondades o maldades. No obstante, las gruesas espaldas de la historia aguantan casi de todo; pero esconden una gran insuficiencia, apenas se recogen unos datos sueltos, unos acontecimientos, sin penetrar en los significados de mayor hondura. No llega a las responsabilidades recónditas, ni a las intimidades decisivas, ni es la protagonista de la justicia. Arrastra un conjunto de incapacidades que se prestan a los manejos insolentes que hoy nos ocupan. Se precisaría de un gran historiador artista que nos permitiera contemplar una historia completa; no es suficiente con los cuatro datos que suelen airear los intereses sectoriales. Pensemos en los grandes daños derivados de lo que podríamos denominar INSOLENCIA HISTÓRICA; por otra parte, muy difundida en los diferentes países a lo largo de los tiempos. Parece evidente el afán subyacente de una manipulación de lo acontecido, con una pequeña dosis de verdad, con silencios delatores, medias verdades o mentiras rotundas. Otra vez topamos con la frontera de los conocimientos. Lejos de adherirnos al genio del artista historiador, parece que disfrutamos en la escalada de los oportunismos, aunque estos ejerzan unas agresiones que nos entontecen.

Cada uno de nosotros afronta una serie de retos diarios ante los que nos vemos obligados a tomar decisiones, surgen disyuntivas sencillas junto a las alternativas arriesgadas, porque entrañan secuelas de importancia. En esas tesituras precisamos de una buena información, la mejor posible, es uno de los requisitos para una buena elección. Y al tiempo, la complejidad de los problemas nos impide una solución aislada; requerimos los apoyos de los demás, de carácter profesional, afectivos, o bien de otras orientaciones. Son EXIGENCIAS propias de la naturaleza de los humanos, de cada uno en particular.

Por eso mismo, entiendo como ofensiva e insultante, la tendencia contraria a todo esto, adoptada por unos gobernantes que quieren presumir de talantes democráticos. En vez del apoyo, la sugerencia o el convencimiento, al servicio del ciudadano, han optado por un intervencionismo progresivo, caracterizado por las PROHIBICIONES minuciosas. Detallan las habitaciones o senderos donde se podrá fumar, la orientación de las pantallas del televisor, donde se puede rezar, los comentarios tolerables en un local cerrado, en las aceras, en la plaza o en el campo; cada día con nuevas orientaciones y nuevas áreas afectadas. Se establecen unas vías de EXCLUSIÓN para los discordantes. Suplantan las decisiones de estricto carácter personal. Estas actitudes adquieren rasgos esperpénticos en ambientes autonómicos adictos a esas prepotencias. Como todo exceso, el buen afán regulador se escapa del sentido democrático, para alcanzar cotas insultantes.

La “esfera vacía” de Oteiza, ubicada en Bilbao frente a la ría, viene muy a propósito de los comentarios anteriores. La esfera se intuye, modelada por unos sólidos arcos de hierro, incompletos e irregulares; las ESTRUCTURAS FÉRREAS delimitan los interiores de la esfera. Por si fuera poco, el tráfico del entorno, el gentío, grandes edificios y nada menos que el Ayuntamiento, completan el cerco. El Ayuntamiento, ¿Cómo liberador o como un factor constrictivo añadido? Tanta firmeza discurre en la obra por los trazos de hierro arqueados, aquellos arcos que no completaban el círculo. Por las oquedades resultantes está comunicada la parte central de la esfera con el exterior; hay por lo tanto escapatoria y vías de posibles contactos con otras realidades foráneas. Ahora bien, ese interior se observa vacío. ¿Representa el vacío simple? Quiero pensar que no. Frente a los caparazones artificiales provocados por los desalmados que intimidan a la gente; los atributos de quienes son asediados por las trampas insolentes, deben constituir la fuerza que catapulte a cada persona a través de las oquedades abiertas hacia los horizontes mejores. Eso sí, la energía para esos impulsos nunca vendrá de fuera, ha de ser la REBELIÓN desde DENTRO la que potencie el replanteamiento. ¿Dejaremos que nos rodeen con nuevos cercos de incomprensión y abusos?

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