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Anticredo

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 25 de febrero de 2011, 09:40 h (CET)
No creo en dios padre democracia, ni en dios hijo estado de derecho ni en dios espíritu santo de libertad. No creo que el estado de derecho padeciera en tiempos del 81, fuera crucificado, muerto y sepultado, que descendiera a los infiernos de una potencial dictadura, resucitara unas horas después por virtud de mensajes coronales, subiera a los cielos de la verdad y esté sentado a la derecha de dios democracia. No creo, ni mínimamente, que desde allí vaya a sentar las bases de una convivencia pacífica que día a día mejore la condición social de los españoles, juzgando a los malos para apartarlos de los buenos, ni nada de eso. No creo, ya digo, en dios espíritu santo de la libertad oficial, ni en las iglesias de los partidos, en la comunión de los políticos con el pueblo contribuyente, ni en el perdón de los trinques de éstos, ni en la resurrección de los expresidentes, ni en la vida eterna del sistema. Amén.

Y no creo, porque esto no es una democracia, sino una dictablanda a plazo fijo; porque en nuestro país es perfectamente posible, y pasa cada día, que un ciudadano puede ser condenado sin pruebas, sólo por indicios (dubi-duá), y en que a menudo recae sobre el acusado la carga de la prueba (dubi-dubi-duá); y porque desde el mismo poder, además de controlar con yugo de hierro a la Justicia y sus servidores, no dejan de promulgarse leyes discriminatorias y liberticidas.

Y no creo, porque la pésima farsa del asalto al Congreso en el 81 fue un mal guión urdido por quienes se beneficiaron de ella (igual que con el 11M), ya fuera algún partido o ya los americanos (o ambos), y porque todo lo demás fue mieditis teatrera inyectada en las venas sociales por pésimos actores caracterizados en plan túnel del terror o así. Y no creo, porque desde aquel nefando día nada ha mejorado, sino que los más patéticos iluminados han institucionalizado la corrupción, ahora con los horizontes despejados de peligros intervencionistas, no hay más que considerar la cantidad de trinques, escándalos, hurtos, atropellos, manguncias, truculencias y el perpetuo usar el Estado como un cortijo particular por las iglesias de algunos partidos que debieran estar rotos, entretanto ni un culpable ha sido condenado por ello, a no ser esos extras seducidos por ideales que terminaron por ser de plastilina. Y no creo, porque aquí se perdona a los criminales mientras que las víctimas siguen muertas y bien muertas, sin que nadie compense ni de lejos el sufrimiento que padecieron las víctimas y sus allegados.

Y no creo en absoluto que los políticos tengan preocupación alguna por los contribuyentes, fuera de que sean y sigan siendo eso: contribuyentes, paganinis, pringaos, sostenes de sus vicios y vida de lujos y excesos. Y, por ello, no creo que merezcan perdón alguno quienes se han enriquecido y dotado con los haberes que no son suyos y de los derechos que de ninguna manera les corresponden (a no ser, claro, como los dictadores que son), extornando a la sociedad todos sus males, que es la que paga con sufrimiento, el fruto de su esfuerzo y sus indecibles penurias la vida de relajo y de nuevos ricos de los fieles de esas iglesias, quienes se han lanzado a una loca carrera hacia al expolio que en nada se diferencia, pongo por caso, de lo que otros socialistas confesos, como los expresidentes de Túnez, Egipto o Libia, hicieron en sus respectivos países. Y no creo en absoluto que en democracia se promocione o promueva la calidad, lo virtuoso o lo excelso, subyugándolo en beneficio de la hipocresía políticamente correcta, lo necio y lo grosero, si es que no perverso, que son los pérfidos referentes que la trinidad muestra en ésta nuestra sociedad diseñada para el consumo.

Nada de lo que es hoy legal y trascendente, a pesar de vivir bajo el imperio de dios democracia, lo he votado. Desde las autonomías a la Ley de Igualdad, con todos los desastres legislativos intermedios incluidos, nada absolutamente ha sido sometido al sufragio ciudadano, bajo el artificio de que al haber elegido representantes políticos éstos tienen carta blanca (esto es, dictadura) para hacer lo que les salga de los cojones, tal y como acertadamente aseveró la señá Pajín.

Si a la deontocracia se le diera la oportunidad de existir, la democracia sería el recuerdo de un atroz pesadilla en la mente ciudadana. Amén.

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