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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

A vueltas con el 23-F

Mario López
Mario López
jueves, 24 de febrero de 2011, 08:03 h (CET)
El 29 de enero de 1981 Adolfo Suárez presentó su dimisión como presidente del Gobierno. Su mensaje al país concluyó con la declaración de un deseo que a más de uno le debió poner la mosca detrás de la oreja: "Yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la Historia de España".

Todo el mundo está de acuerdo en que sus desavenencias con el rey y con muchos miembros de su propio partido llevaron a Adolfo Suárez a abandonar el cargo por voluntad propia, pero las últimas palabras que dirigió al país dejan entrever algo más, algo que el golpe del 23 de febrero parece aclarar definitivamente.

Está claro que Adolfo Suárez temía un golpe militar contra la Constitución y contra él mismo, y optó por desmontarlo quitándose del medio. Había una conspiración contra Suárez en la que ya estaban involucrados algunos militares; posiblemente la mayoría de las capitanías generales, pues ese es un dato que el propio Armada maneja el 23-F cuando invita a otros generales del Estado Mayor a participar en el golpe, tal y como dejó dicho el general José Gabeiras antes de fallecer.

Mi impresión es que al dimitir Suárez el grueso de los conspiradores abandonaron su proyecto golpista, pero no así Tejero, Milans y Armada, que siguieron en la idea de imponer un gobierno de concentración presidido por un militar, posiblemente ajenos al cambio de opinión que habían experimentado los que hasta hacía veinte días fueron sus compañeros de conjura. En otras circunstancias, esa frase lapidaria de Suárez estaría tan presente en la memoria, en las hemerotecas y en los titulares de los periódicos como el famoso "¡todo el mundo al suelo!" de Tejero.

Es evidente que los militares eligieron el 23 de febrero para dar el golpe porque había una sesión plenaria en el Parlamento y la presidencia de Gobierno estaba vacante. Si Adolfo Suárez sabía del golpe, no puede existir la menor duda de que el rey también. Durante la tarde-noche del 23 de febrero el Estado Mayor hizo un trabajo exhaustivo de "información" a todas las capitanías generales que, muy probablemente, no tenían la certeza de si el rey secundaría el golpe y no sabían muy bien qué partido tomar.

A esta realidad se ajusta la tardanza del rey en su comparecencia pública por televisión, que se produce a la 1:00 de la madrugada del 24, cuando el general Gabeiras había destituido de sus mandos a Milans y Armada a las 8:00 de la tarde del 23, con conocimiento del Jefe del Estado.

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