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La noche de los tanques

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
miércoles, 23 de febrero de 2011, 07:53 h (CET)
Todavía no hacía cinco años que Franco había muerto en la cama atormentado por los suyos, que fueron los únicos que no le dejaron morir en paz, rodeado de tubos y expeliendo aquellas heces en forma de melena que cada día aparecían en los partes médicos, tampoco faltó en la muerte del dictador la sangre, la sangre que durante casi cuarenta años había hecho derramar, todavía justo poco antes de su muerte no le tembló la mano acechada por el Parkinson para firmar condenas de muerte, esa había sido la consigna de toda su vida, la muerte de la que se sentía novio desde sus tiempos de legionario a las ordenes de Millán Astray. Todavía no habían pasado cinco años de su muerte, España tenía una nueva Constitución democrática en la que la izquierda había dejado una sábana en cada colada, una Constitución firmada por los partidos democráticos con el miedo a los militares, aquella milicia al mando de la cual estaban los generales que habían luchado al lado de Franco en su levantamiento en armas contra el legítimo poder democrático de la Republica a la que traicionaron.

El ruido de los sables se percibía en las salas de bandera de la mayoría de los acuertelamientos en los que se seguía rindiendo pleitesía y honores al viejo general de la voz atiplada. Había miedo, y mucho, en la clase política, nadie se atrevía a meter en vereda a los milicos y estos campaban a sus anchas a lo largo y ancho del país, un país en el que ETA mataba a más de cien personas al año, un país donde la crisis económica campaba a sus anchas y un país en el que las viejas instituciones franquistas seguían al frente de la judicatura, la milicia y en algunos casos también en la clase política donde muchos franquistas se habían reciclado para seguir en el machito del poder.

Y llegó lo que muchos demócratas temíamos, una tarde un loco con el acharolado tricornio de las calaveras que cantó García Lorca se plantó con sus mesnadas en el Congreso de los Diputados y secuestró a los representantes que el pueblo había elegido. Hace treinta años yo compaginaba el periodismo con una consultoría de empresas, aquella tarde me encontraba en mi despacho resolviendo algunos asuntos, tenía la radio puesta para escuchar la votación para elegir a Calvo Sotelo como nuevo Presidente del Gobierno de España, la verdad es que la monotonía del si y el no de los diputados hacía aburrida la tarde. Eran poco más de las 18,20 horas y de repente se escuchó un alboroto en las ondas, aquel grito de “Quieto todo el mundo” me llevó a pensar que el dial había saltado de emisora y estaba escuchando un serial latinoamericano basado en Valle Inclán, pero no, los del tricornio habían invadido el Congreso y el grito tabernario y cuartelero de “se sienten, coño” me hizo aterrizar en la realidad. Un golpe de estado estaba en marcha en Madrid.

Pronto comencé a llamar por teléfono a diversos colegas, en alguna emisora ya me contestaron con monosílabos y entendí perfectamente que los militares habían llegado a ella, pronto salí de dudas al escuchar una voz aguardentosa, imperativa y militar, por supuesto, leyendo un bando de guerra idéntico al que lanzó Franco al comenzar su alzamiento contra la República. Milans del Bosch, Capitán General de Valencia, se había sumado al golpe y de un plumazo había dejado a los valencianos sin ningún derecho democrático. Los tanques comenzaban a atravesar Valencia y a tomar posiciones estratégicas y ante el toque de queda anunciado tan sólo me quedaba ir a casa, fue una ardua tarea recorrer el camino del despacho a casa, las calles estaban llenas de coches con sus conductores mostrando un rictus de preocupación, el atasco de tráfico a la altura de la Gran Vía era monumental y lo más impactante fue el silencio que cortaba el ambiente, nadie se atrevía a tocar el claxon.

Llegué a casa después de un largo rodeo por la ronda exterior del nuevo cauce del Turia, mi mujer ya estaba allí, mis hijos de cinco años el mayor y meses la niña afortunadamente no sabían lo que estaba ocurriendo aunque al mayor le extrañaba ver a su padre en casa a hora tan temprana. Los teléfonos no daban línea y en las emisoras valencianas se emitían marchas militares mientras los tanques ya estaban posicionados en puntos estratégicos de la ciudad. El miedo se apoderó de mi, pero también la rabia al ver que todo lo que muchos habíamos intentado construir se podía ir al traste en manos de los militares, recordé a mi padre muerto cuando yo era un niño por el trato recibido en las prisiones de Franco y en algún momento pensé en dormir aquella noche en casa de algún familiar llevando el pasaporte en el bolsillo. La noche fue larga, movíamos el dial de la radio en busca de noticias y la esperanza nos llegó cuando vimos que el único sitio en que el Ejército estaba en la calle era en los alrededores del Congreso en Madrid y en las calles de Valencia. Finalmente, ya de madrugada, la intervención televisada del Rey tranquilizó un poco los ánimos. Mi mujer y yo decidimos que al día siguiente nuestros hijos acudirían al colegio y a la guardería y nosotros al trabajo como si todo aquello hubiera sido una pesadilla nocturna.

Días después valencianos de toda clase e ideología salimos a las calles de Valencia para en una gran manifestación mostrar nuestra repulsa ante los hechos ocurridos, pero todavía aquel mismo día los cachorros del fascismo siguieron hostigando a algunos de los manifestantes y es que en España el refrán de que muerto el perro se acabo la rabia no se había cumplido, el perro del fascismo había dejado una amplia camada que no estaba dispuesta a que la democracia se instalara entre nosotros. Los guardias civiles asaltantes habían salido vilmente escapando de su ignominia por las ventanas del Congreso, algunos mandos militares entre los asaltantes siguieron en el Ejercito ya que las penas impuestas en el posterior Consejo de Guerra no les expulsaron del mismo y la trama civil y periodística , que la hubo, nunca fue desarticulada. Treinta años después todavía no sabemos a ciencia cierta todo lo que pasó aquella noche, una noche que pudo ser de cuchillos largos y en la que en Valencia a las 20,30 horas el propietario del diario Las Provincias- el único que Franco no cerró después de la guerra- y Maria Consuelo Reyna, su subdirectora, se presentaron en el edificio de Capitanía para ofrecerse a Milans del Bosch mientras el fascismo valenciano comenzaba a elaborar listas de periodistas que debían ser eliminados.

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