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Etiquetas:   Cadaver exquisito   -   Sección:  

En busca de la masculinidad perdida

Beatriz García
Beatriz García
@LFCorfu
martes, 22 de febrero de 2011, 08:09 h (CET)
Hace unas semanas un amigo me anunció que había perdido su masculinidad. Solté una carcajada: “¿Es que alguna vez la has tenido, querido?” Pero como viera que mi amigo me miraba preocupado y lo decía en serio, también me preocupé. ¿Me estaba confesando que había salido del armario? No, nada más lejos... Era algo mucho más profundo, angustiante, como la Madonna de Munch si ella fuese un tipo de pelo en pecho mirando en todas direcciones. “Richie, querido - le contesté -, yo te ayudaré a encontrar tu masculinidad”. Que el lector no piense en maldades, lo único que hice, que hago en el momento en que escribo, es preguntarme qué entendemos realmente por masculinidad y feminidad, pues uno no puedo ponerse a buscar si no sabe el qué ¿Van ligados estos dos conceptos a nuestra cualidad de hombre y mujer biológicos? Y, sobre todo, si una idea contiene también su opuesto, ¿podría, mi querido Richie, tener su masculinidad dormida, acurrucadita en algún recóndito lugar de su imperioso cuerpo? De cualquier forma, prefiero escarbar en los libros…

Es comprensible que un hombre se abrume por la pérdida de su masculinidad, ya que desde tiempos pretéritos nos han enseñado a no disociar el sexo de una persona de su género – etiqueta que aún sigue pareciendo indispensable para nombrarnos a nosotros y al otro y que va mucho allá del miembros y miembras de la señora Aido/a -. Nacemos con falo o nacemos castrad@s, que diría el hombre que creía que nuestros pezones favorecen a Tabacalera, el dulce misógino Sigmund Freud; pero nuestra masculinidad o nuestra feminidad es un constructo social, un conjunto vacío como los que hacíamos en la guardería, al que vamos asociando valores que se graban a fuego en nuestra identidad sexual. Así, desde antaño, el ‘homo Richie’, peludo y espermático, ha sido definido como un ser agresivo – él, el cazador -, ambicioso, competitivo, activo, dedicado por entero a su trabajo, mucho más sexual y eminentemente insensible y protector; mientras que la ‘homa Susana’ – ¿otra vez, ex ministra? – ha sido artificialmente ‘agasajada’ con cualidades como la sensibilidad, la fragilidad, la capacidad asistencial y un reloj biológico que siempre debe marcar las en punto, aunque haya muchas mujeres que sigan el huso horario de Burkina-Faso o de Pernambuco, o bien no lo sigan, y aún hoy, en nuestro fuero social más atávico, se las vea como ‘desnaturalizadas’; “la mala mujer” y “el afeminado”.

Si bien en Occidente, tan patriarcal y falocéntrico, sentencias paladinas como las de Simone de Beauvoir – “la mujer no nace sino que se hace” – han sido empleadas para vender eau de cologne; en Oriente, feminidad –yin- y masculinidad –yang- se entienden como una dualidad complementaria. ¿Algo dual y complementario al mismo tiempo? Efectivamente, queridos. ¿Acaso la contradicción no está en la base de nuestra forma de entender el mundo? Y es encantadora, misteriosa y letal, si no logramos entender que los opuestos complementarios, como las nociones de masculinidad y feminidad, anidad en nosotros. El pensamiento sufí, por ejemplo, también peca en confundir sexo e identidad. Y dice el sabio Rumi: “Para el intelecto, el cielo es el hombre y la tierra la mujer. Todo lo que uno derriba la otra lo nutre”. Pues bien, qué quieren que les diga… Margaret Thatcher era mujer – hasta que el carbono 14 diga lo contrario –, y la Monja Alférez también, y Catalina La Grande, Juana de Arco o la Bella Otero, quien expuso su sexualidad como herramienta de trabajo y se comportó fría y calculadora con sus amantes en una actitud muy masculina, cuando masculino es “activo”, “ambicioso”, “fuerte”... Mientras que en las tierras del cordon bleu, un romántico Jacques Brel llora a moco tendido su Ne me quitte pas ¿Quién retrata mejor la pasión y la vileza, el trasfondo de los sentimientos humanos, que William Shakespeare? ¿Quién canta al amor mejor que un Pablo Neruda? ¿Es acaso cualquier mujer más ñoña que Campoamor?

Nuestro nuevo Tao se llama Teoría Queer y nos libera de los corsés sociales, nos regala un lienzo en blanco en el que pintar nuestra propia identidad sexual. Un día puedo ser mujer con todos mis atributos masculinos activos y al minuto siguiente dejar aflorar mi feminidad. Igual que tú, amigo Richie, que lloras con ‘Los Puentes de Madison’, juegas al Póker y prefieres que te conquistes a conquistar. ¿No es esto Tao en estado puro? Déjate en casa el código de barras y aplícate el yin y el yang.

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