Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil
15º ANIVERSARIO
Fundado en noviembre de 2003
Opinión
Etiquetas:   Artículo opinión  

La noche más larga

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 22 de febrero de 2011, 07:57 h (CET)
La noche había corrido una siniestra manta de pánico sobre la ciudad. Un miedo antiguo, remoto, atávico, había encerrado a las familias en los hogares, congregándolos no en torno a las mesas tendidas y a los reparadores guisos, sino a las radios y las televisiones. Una noche tétrica, como la sombra atroz de un inmenso pájaro negro de mal huero sobrevolaba el incipiente sueño, y un ronco eco de silencio había asaltado las calles dejándolas desiertas, deshumanizadas, dando la impresión de que la realidad y las pesadillas se confundían en un escenario onírico de inmensas naves que derrotaban al pairo hacia un incierto futuro, arrastradas por las eléctricas noticas que con monocorde tono escapaban fantasmales desde los receptores.

Sólo en un punto de la ciudad latía no se sabía si la vida o la antesala del horror y la muerte. Dentro, en el Parlamento, algunos golpistas habían secuestrado la incipiente democracia, y fuera, detrás de un cordón de policías que nos juraban a los escasos ciudadanos congregados –todos jóvenes- que no estaban seguros de estar rodeando a los golpistas o de estar rodeados por éstos y por los que, a bordo de sus carros de combate, ya se dirigían hacia el corazón de Madrid, estábamos los de siempre, unos cuantos muchachos, apenas un millar, que, desafiando al pánico, nos habíamos plantado allá… para lo que fuera necesario, para defender lo que era nuestro, para proteger nuestras conquistas contra una Dictadura que parecía resistirse con inusitado fervor a morir. Nadie más había en ninguna otra parte, a no ser una caravana de automóviles cargados de partidarios del anterior Régimen que, con las banderas recogidas en su interior y portando armas cortas de fuego, en el entorno del entonces Museo del Ejército esperaban con inquietud el pronunciamiento de triunfo del golpe para dar comienzo a su tétrica tarea de ajustes de cuentas.

“No vayas: ¡por tu hija!”, me dijo aquella noche mi joven esposa, cuando llegué a casa apresuradamente para cambiarme los zapatos por las zapatillas deportivas, después de enterarme de la toma del Parlamento por un destacamento de la Guardia Civil. “Por mi hija lo hago”, le repliqué a mi esposa, rehén del miedo. Aquellas zapatillas, algo viejas ya pero aún en buen estado, como mi ánimo, sabían mucho más de carreras ante los grises, de libertad y de esperanza que la mayoría de los discursos que en aquella incipiente democracia del 81 se habían vertido tan sectaria como falsamente. Sabían tanto, pero tanto, como las de todos aquellos jóvenes que nos congregamos en el entorno del Parlamento para proteger nuestro futuro colectivo de lo que creíamos una agresión intolerable, dispuestos a impedir con nuestras propias vidas que el tiempo discurriera hacia el pasado. Nos sabíamos solos respecto de la mayoría ciudadana, pero nos sabíamos acompañados por todos los que merecían la pena, que éramos los mismos que concurrimos siempre a las manifestaciones durante el Régimen, ya fueran las de Bravo Murillo, ya las de la Universidad o ya las de donde fuera. Siempre, siempre éramos los mismos, y, por identidad de fines, entre muchos hombres solos había nacido un grupo común identificado no por la política, sino por nuestro deseo de libertad, haciéndonos amigos del alma.

Transcurrieron las horas de aquella noche entre la exaltación del ánimo de quienes allí estábamos y un tiempo que parecía haberse hecho tan denso que parecía imposible que pudiera deslizarse por la esfera de ningún reloj. La clepsidra de la Historia parecía haberse detenido en una esquina del pánico, chorreando temores animalescos. Rumores contradictorios traían entre la escasa parroquia oleadas de magna tristeza o de luminosa esperanza: “Han asesinado a tal…”, “Felipe González es el Elefante Blanco…”, etc. “Llega la Brunete”, dijo alguien, avisándonos para tomar precauciones; hubo alerta, pero a pie firme esperamos y, por suerte o por destino, la Brunete no llegó. Poco a poco, a medida que la manecilla del reloj se abría paso con inusitado esfuerzo en el magna de aquella noche, con las primeras horas del día se comenzó a disipar espantado el espíritu de la tragedia, como el ectoplasma fantasmal de una pesadilla. Al amanecer, las milicias civiles de apoyo al golpe se habían replegado ya a la umbría de sus hogares, los guardias civiles que habían asaltado el Parlamento comenzaron a entregarse y, lentamente, sabiendo a salvo nuestra libertad colectiva, quienes allí estuvimos comenzamos a regresar directamente a nuestros puestos de trabajo, orlados con las ojeras proporcionadas por una emocionante noche en vela y con el corazón repartiéndose entre la exultación de haber vencido y la insalvable sospecha de haber sido estafados.

No fui -fuimos- a la enorme manifestación de apoyo a la democracia que se celebró el día siguiente en Atocha, porque estábamos lo bastante cansados, pero no lo suficiente como para preguntarnos, ¿dónde estuvieron escondidos todos éstos anoche, en qué cómoda seguridad o huyendo de qué pánicos?...

Los espectadores de la Historia suelen ser quienes la escriben, sin saber o sin importarles siquiera qué pasó en realidad. No importa, porque lo que a la Historia le interesa es que los hechos se adapten al contenido político de quienes la comandan y gobiernan. Oficialmente ganamos, es cierto; pero no sé en verdad si ganamos o si aquella chapuza indigna de profesionales fue una farsa urdida con actores de segunda fila para interpretar una ceremonia de la confusión de la que quienes la urdieron salieron triunfadores.

Hoy, treinta años después de aquellos hechos, lo tengo mucho más claro que entonces. Nada de lo que se ha dicho sobre aquel 23F es verdad en puridad, todo han sido medias verdades como lo han sido con del 11M, en ambos casos trágicas funciones teatrales interpretadas por pésimos actores, que fueron los únicos condenados. Se manipuló la verdad, escenificando un sainete para desmembrar lo que tal vez de otro modo no se podía, a la vez que se allanó el camino a las engañosas victorias electorales siguientes.

Aprendí entonces a ver la Historia no como un suceso puntual, sino como el hilo de una urdimbre más compleja. Ni entonces creía en los políticos, ni creo hoy, sino en sus mañas arteras para conseguir lo que desean, como voceros que son de poderes que sestean en las tinieblas. Viví –vivimos- como protagonista aquellos hechos, y lo que dicen que pasó en la noche más larga no tiene mucho que ver con lo que sucedió. Por eso hoy sigo siendo independiente, por eso conservo aquellas viejas zapatillas deportivas que tanto saben de libertad y de riesgos, y por eso sé que mi hija puede seguir durmiendo tranquila, a pesar de los riesgos que pueda correr mi vida –nuestras vidas-. O precisamente por los riesgos. Unos pocos, un grupo de independientes enamorados por la libertad, si fuera necesario nuevamente, tenemos concertada una cita. No hay noche, por larga que sea, que algunos no estemos dispuestos a vivirla en vela mientras los demás duermen.

Noticias relacionadas

La burra al trigo y la perdiz dando vueltas

Andalucía se merece abrir las ventanas y respirar aire fresco, renovado y fértil

¿Marranea Ciudadanos al PP? ¿Corteja al PSOE buscando ventaja electoral?

Rivera parece temer el San Benito de ser considerado de derechas y es posible que, su apuesta por el PSOE, acabe por conseguir para su partido, Ciudadanos, el calificativo de chalaneador político, de tendencia izquierdista, con quienes apoyan el independentismo catalán

Maestras por el mundo

Laura ha tenido la mala suerte de encontrarse una situación peor que hace un siglo, no respeto a la mujer

¿La sombra del crash bursátil planea sobre Wall Street?

Génesis de la actual burbuja

¿Qué sucede en Europa? La reacción inesperada hacia la derecha

¿Hablamos de extrema derecha o simplemente de derechas a las que, los perdedores de la izquierda y los incapaces del centro, intentan demonizar?
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris