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Etiquetas:   The Washington Post Writer   -   Sección:   Opinión

La no opción de ocuparse de chorradas

Ruth Marcus desde Washington
Ruth Marcus
lunes, 21 de febrero de 2011, 11:38 h (CET)
Pocas veces la dilatación de una decisión es una estrategia libre de consecuencias. Es cierto en el caso de la situación de la seguridad social -- en la misma medida en que a la administración Obama y, con más razón, a sus aliados de la izquierda, les gustaría creer lo contrario.

Su mensaje "¿a qué viene tanta prisa?" es algo así: El programa de jubilaciones no está contribuyendo realmente al déficit a corto plazo. En la práctica, sus cuentas están lo bastante saneadas como para seguir ofreciendo todas las prestaciones prometidas durante más de dos décadas, hasta el año 2037. Incluso para entonces, sin hacer absolutamente nada, la seguridad social podrá pagar alrededor del 75% de las prestaciones prometidas. Entonces, ¿a qué tanta prisa?

A esto.
En el último ejercicio, por primera vez en su historia, la seguridad social desembolsó más en pensiones de lo que ingresó a través de las retenciones en la nómina. La recesión provoca este déficit: los adultos maduros que perdieron su puesto de trabajo eligieron jubilarse de manera anticipada, al tiempo que las retenciones bajaron a causa del elevado paro y los salarios más bajos. En términos generales, es cierto - aunque menos que antes - que la seguridad social no causa déficit a corto plazo. De hecho, hasta el año pasado, el superávit del fondo de la seguridad social enmascaraba el verdadero alcance del déficit actual. Pero la experiencia del ejercicio 2010 es una profecía de lo que viene -- dentro de poco. A partir del ejercicio 2015, la seguridad social va a elevar el déficit cada año, no a eclipsarlo.

Aún así no es el verdadero problema, ni el argumento más firme en contra de seguir aplazando decisiones. El motivo es que hacer los cambios ahora va a facilitar la protección de las mismas personas por las que dicen preocuparse los de la brigada del "la seguridad social no es un problema". Los responsables de la seguridad social expresan esta idea cada año en su informe anual de cuentas: "Si se adoptan medidas cuanto antes, se van a facilitar más opciones y habrá más tiempo para dosificar los cambios de forma que los afectados dispongan del tiempo adecuado para prepararse".

El reto no es enorme, pero es significativo. Como explica el útil informe de Charles Blahous y Robert Greenstein encargado por la Iniciativa de Análisis Fiscal Pew, cuando el dinero del fondo se agote, la diferencia entre la recaudación de la seguridad social y las pensiones supondrá el 1,3% del producto interior bruto -- alrededor de la quinta parte del déficit proyectado por entonces. Sí, Medicare y Medicaid plantean un desafío mayor, pero el déficit de la seguridad social supone un margen significativo del déficit. A diferencia de los programas sanitarios cuya solvencia depende en última instancia de la incierta empresa de frenar el crecimiento del gasto, las soluciones potenciales para la seguridad social son evidentes y fiables en la misma medida. Si se eleva la retención, tendrá la certeza de que va a entrar más recaudación. Si baja las pensiones, tendrá la certeza de que el coste bajará.

Los hay entre las filas de los que quieren sentarse a esperar que dicen que puede que las cosas no acaben tan mal como esperan los expertos. El crecimiento económico podría ser más firme. La inmigración más elevada podría disparar la recaudación de las retenciones de las nóminas de los que se afilian. No apueste por ello. Sí, la proyección a largo plazo es reconocidamente inexacta. Pero el análisis de los responsables demuestra que hay una probabilidad del 80% de que el sistema se arruine entre 2032 y 2045. La probabilidad de que no se registre déficit es extremada y progresivamente reducida.

La factura del aplazamiento es mensurable. De hecho, la Oficina Presupuestaria del Congreso lo mide. "A cada año que pasa", concluye, "hacen falta cambios más sustanciales para crear equilibrio entre la recaudación y las pensiones durante los próximos 75 años".

Coja el ejemplo de subir el tipo de la retención dos puntos porcentuales. Si la subida empieza en 2012 y es aplicada progresivamente a 20 años, el dinero del fondo no se agota hasta 2083. Pero aplazarlo una década dificulta significativamente lograr idéntico resultado: la retención fiscal tendría que subir 2,6 puntos porcentuales en lugar de dos.

Lo mismo sucede en el caso de las bajadas de las pensiones. Imagine que se reducen en un 15% las pensiones de los que se jubilan a partir de 2017. Eso conserva solvente el fondo hasta el ejercicio 2076. Para lograr el mismo resultado empezando una década más tarde, hay que rebajar las pensiones un tercio más -- un 20% en lugar del 15%.

Abordar ahora la situación de la seguridad social exige menos en forma de subidas de la retención o bajadas de las pensiones. Ello daría más tiempo a los futuros jubilados para ahorrar y hacer planes. Reduciría la carga sobre los trabajadores jóvenes que deben aportar el coste de mantener el programa. El comité de aplazamiento tendría que aceptar estas conclusiones, no aplazarlas.

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