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Rebelión a bordo

José María Blázquez
José María Blázquez
viernes, 18 de febrero de 2011, 17:34 h (CET)
¿Se acuerdan del primer artículo que escribí en esta sección? Hacía un comentario superficial sobre la figura del traductor de títulos de películas y de su criterio a la hora de llevar a cabo su trabajo. Pues bien, hoy (coincidiendo casualmente con el vigésimo que publico en esta casa) he echado un vistazo a una tesina que trataba este tema y me he percatado, una vez más, de la cantidad de textos que no son otra cosa que una acumulación de datos que son tenidos en cuenta como trabajos de investigación. No es que el tema no sea interesante, claro que lo es, pero podía haberse abordado de una manera diferente, entrevistando a implicados, políticos, empresas,… un trabajo de campo que no imponga un punto de vista fácil y mermado. De la variedad se componen los trabajos más exquisitos y, aunque nunca llueve a gusto de todos, siempre es bueno recabar información de todos los ángulos posibles. Pues bien, eso es justo lo que no ha hecho el gobierno con la “Ley Sinde”, que ha sido aprobada esta semana. Se podría pensar que de poco ha servido el revuelo montado por Álex de la Iglesia o las manifestaciones de los internautas, pero no es así. Mostrar el desacuerdo ante una medida unilateral, puesto que sólo vela por los intereses de las empresas y de asociaciones como la SGAE, nunca cae en saco roto. La iniciativa ‘no les votes’ ha surgido precisamente para que la memoria de los españoles no olvide este hecho, como ha ocurrido en tantas otras ocasiones, de cara a las elecciones. Los recuerdos de un español, en lo referente a la política, sólo tienen una duración de 3 meses. No necesitamos ninguna tesina o prueba científica para saberlo, lo hemos demostrado decenas de veces. Esta plataforma tiene por objeto que PP, PSOE y CiU, que han propiciado que la ley saliese adelante, reciban el menor número de votos posibles. Uno de los grandes problemas de España es el bipartidismo. Sin un tercer partido fuerte (como en países como Francia o Alemania) seguiremos dirigiéndonos a la deriva, como si de un barco se tratase. Este motín que se propone no pretende construir un tercer partido fuerte, la guerra de Irak y el caso Prestige no fueron suficientes para conseguirlo en el pasado, sino rebajar el apoyo a los más grandes, dando de paso más voz a los pequeños. ¿No estaban de acuerdo líneas más arriba en que la variedad produce efectos beneficiosos? Es hora de demostrarlo.

Pero hablemos de temas concretos. ¿Es verdad que la ‘Ley Sinde’ favorece un sistema ‘sostenible’? Sí, mientras el ciudadano pague. ¿Es un sistema justo? No, en absoluto. Analicemos el porqué. Cojamos una película de cine español, por ejemplo… ‘Balada triste de trompeta’ cuyo presupuesto estimado es de 6 millones de euros (muy por encima de lo que nos tienen acostumbradas las producciones nacionales). Los gastos de distribución y el alcance de la película vienen dados fundamentalmente por el número de copias que haya de ella. Cuantas más copias, más coste. El celuloide es muy caro, los gastos de sonorización Dolby también son muy elevados y a esto debemos de añadirle la exhibición en cines donde hay que cubrir gastos de mantenimiento, personal… y no hablemos del marketing. Estas no son las únicas razones por las que una entrada de cine cuesta entre 6 y 10 euros, sino que también y aunque suene paradójico, en plena eclosión de la democratización de la tecnología digital se han añadido al proceso de distribución más intermediarios. Esa es la clave. Todas esas personas no están dispuestas a dejar de cobrar (SGAE inclusive) y meten presión al gobierno para que no desestabilice la industria arcaica actual. Decía el director de la franquicia de salas de exhibición Yelmo que internet y las salas de cine eran complementarias. Tiene razón, pero no del modo que nos lo quieren vender. El criticado Álex de la Iglesia dijo en su discurso de los Premios Goya que internet salvaría nuestro cine. Tiene buena parte de razón, porque la reestructuración del mercado audiovisual acabaría con ciertos ‘parásitos’ que aumentan los gastos y el precio final del producto. Un estreno por internet cuesta en torno a 3 euros. ¿Pero si no hay que pagar intermediarios, copias, transportes,…? Aquí nadie quiere soltar su parte del pastel, por muy injusto que sea el resultado. Si la película anteriormente citada ha conseguido alrededor de 2 millones de espectadores, ¿cuántos conseguiría si la distribución fuese realmente ‘sostenible’ a través de internet? Un visionado por internet quitando todos esos gastos no podría ser superior a 1 euro. ¿Me quieren hacer creer que no existen modelos para reducir ese euro a una cantidad simbólica mucho menor o que sea sufragada mediante publicidad? Una distribución a nivel mundial por un coste ínfimo daría posibilidad de que la gente disfrute de una película por menos, de llegar a más público, de contar historias de una manera más efectiva. Y sería rentable, sí. Imagínense esos 2 millones multiplicados por diez, por veinte o por treinta. Como también decía De la Iglesia, ‘tenemos que estar agradecidos por hacer lo que más nos gusta’, y tiene razón. Internet no significa el final de los cines, sino un modelo nuevo de negocio que puede llegar a cualquier hogar con conexión a la red. Las salas de cine, tal y como están haciendo, tienen que buscar un producto añadido que ofrecer. Pantalla grande, sonido 5.1 y palomitas para acompañar ya no es suficiente. De ahí los progresos en la estereoscopía o el desarrollo de la teoría del cine como espectáculo, como experiencia. La gente seguirá yendo a las salas, pero dejaremos de necesitar tantas copias, tantos intermediarios.

Parece que ‘economía sostenible’ quiere decir para nuestros políticos y, en especial, a todos aquellos que apoyan la ‘Ley Sinde (rechos)’ una sostenibilidad de los intermediarios, del parasitismo, del Antiguo Régimen. Desde luego, con tanta política restrictiva y proteccionista sólo va a conseguir empeorar nuestra situación. Decía un productor el otro día que ‘si esta estructura se había mantenido 50 años, ¿por qué no iba a poder aguantar otros 50?’. Eso mismo se preguntaban los monarcas absolutos tras siglos de despotismo y derroche (incluso momentos antes de la revolución francesa). La respuesta está clara, ¿hemos destacado en esos 50 años como industria? Una buena apuesta de reestructuración a tiempo para ser ‘pioneros’ de un modelo de distribución global y justo para todo el mundo podría suponer el empujón que necesitamos. En vez de eso, preferimos seguir ‘contra remolque’ como siempre hemos hecho en el pasado, esperando que otros nos marquen el camino y ritmo a seguir. Continuamos viviendo en tiempos de Lampedusa, al menos hasta que haya una revolución (esperemos que española por una vez) que haga de esa transición ‘gattopardesca’ algo real.

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