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Los injustificados remilgos del PP
Mario López
Los dirigentes del PP se encuentran a la misma distancia de ver a su partido convertido en el hegemónico del país que de afrontar el mayor reto judicial de la historia de nuestra joven democracia. Es una situación extraña, paradójica, agridulce. La expectativa de verse dueños del Gobierno de la nación, de la gran mayoría de comunidades y ayuntamientos, les debería llevar a la euforia, pero la amenaza de acabar con un buen número de sus altos cargos en la cárcel, les perturba el ánimo. Así que entre la euforia y la perturbación, los líderes del PP van pasando las hojas del calendario, realizando declaraciones públicas que en ocasiones pueden parecer desconcertantes. Pues no deberían sentirse tan atribulados.
El propio Niceto Alcalá Zamora afirmó, allá por los años treinta del pasado siglo, que en este país ir a la cárcel no es ningún desdoro; y lo decía con conocimiento de causa. Los españoles siempre hemos sido muy liberales con la hospitalidad del penal. Pocos son los que en esta tierra han medrado sin conocer la placidez del presidio. Si de antaño tenemos ejemplos memorables, de hogaño no nos podemos quejar. Banqueros, ministros, empresarios, toreros, guardia civiles, generales, han escrito las páginas más sabrosas de sus biografías entre los muros de una celda. Modesta y recoleta, eso sí, como conviene al talento litarario.
¿Qué tienen de común Miguel de Cervantes y Mario Conde?: la cárcel; el éxito literario, también; pero principalmente la cárcel. Así que le doy la razon al presidente de la diputación provincial de Castellón Carlos Fabra. No tiene sentido que la dirección del PP haya mostrado tantos remilgos para anunciar la candidatura de Francisco Camps a la presidencia de la Generalitat de Valencia. Es el líder carismático más apoyado en la historia de las democracias occidentales, tal y como el propio Camps ha acertado humildemente a proclamar, y si da con sus huesos en la cárcel, aún habrá de ser más querido y apoyado. En este país todavía apreciamos el romanticismo. Qué coño.
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