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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Lo que Dios ha unido ¿Por qué lo tiene que separar el hombre?

Clemente Ferrer (Madrid)
Redacción
viernes, 18 de febrero de 2011, 15:57 h (CET)
Los padres se ayudan mutuamente en la vida conyugal y en la procreación y educación de los hijos. De esta forma la familia se fortalece. Por esta razón los enemigos de la ley natural pretender demoler el matrimonio y la familia.

El matrimonio es de derecho natural. En algunos lugares la institución matrimonial está oscurecida por la epidemia del divorcio, el llamado “amor libre” o las uniones de personas del mismo sexo. También en la sociedad en que vivimos el amor matrimonial queda profanado por el egoísmo, el hedonismo y los usos contra la generación; los anticonceptivos y los abortivos.

El contrato matrimonial es una unión conyugal entre un hombre determinado y una mujer concreta. El verdadero amor conyugal se manifiesta en la donación total del marido a la mujer y de la mujer al marido; los dos son una sola carne. Esta donación lleva directamente a la procreación y educación de la prole.

El bien de los hijos exige de los padres una total fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad. El matrimonio es para siempre; el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte.

El matrimonio es pieza clave para la recta ordenación de la sociedad civil cuya célula viva y fundamental es la familia. La unión conyugal hunde sus raíces en el complemento natural que existe entre el hombre y la mujer, y se alimenta mediante la voluntad personal de los esposos de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son; una donación desinteresada.

Los gobiernos de todo el mundo deben recordar la verdadera naturaleza del matrimonio y de la familia, protegerla y ayudarla.

“Tú para mi, y yo para ti susurrabais los dos, es el amor la esencia de la vida, no hay vida sin amor”, escribió la gran poetisa gallega Rosalía de Castro. Por otra parte el novelista francés, Honorato de Balzac, afirmó; “Es tan absurdo que un hombre no pueda amar siempre a la misma mujer, como suponer que un buen violinista no pueda tocar siempre el mismo instrumento”.

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