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Etiquetas:   Artículo opinión  

Sumar, restar: dividir

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 18 de febrero de 2011, 08:05 h (CET)
La aritmética política es de lo más particular cuando es ejercida por perversos que se dirigen a una secta, porque aunque sume o reste, resulta que siempre divide. Suma argumentos para según qué, que enmascaran la resta de derechos, y su resultado es la división social. Sin embargo, esa suma de argumentos, válidos para una maniobra, no es aplicable a otro asunto, de modo que la ley de tan particular aritmética política es una variable que depende del estado del hígado.

Me explico. Se dice que algunas personas no tienen por qué respirar el humo de otros porque les enferma, y, aunque sean una minoría, se generan leyes y se perpetran daños contra los consumidores de productos debidamente autorizados, y supongo que garantizados como salubres por las mismas autoridades sanitarias que promulgan esa retorcida ley, sin importar los daños a la economía que perpetra; pero es que no se aplica ese particular principio, cogido por los pelos de muy mala manera, para que un empleado enfermo de gripe, que es muy contagiosa, se tenga que quedar forzosamente en casa para evitar contagios a los demás, sino que, o va a trabajar, o se queda en el desempleo para mayor gloria de los sindicatos y sus orientadores. Es decir, que se legisla para que unos pocos resentidos contra los fumadores no respiren el humo que exhalan otros, pero sí que pueden respirar los bacilos que expelen los demás. Una gloria que puede extenderse, taz a taz, a la infinitud de leyes coercitivas que se han promulgado en los últimos años.

La aritmética política es así de caprichosa. Una aritmética política que sabe mejor que nadie sumar pruebas para cargarse políticamente al corrupto adversario (que devuelva lo birlado es lo de menos), entretanto resta importancia a los hurtos masivos de los suyos, resultando de tan patética operación una nueva división de la sociedad. Y otro tanto podríamos decir con el manejo de los medios y opinadores, que suman y arraciman argumentos de márquetin dialéctico para socavar artificiosamente la credibilidad del adversario, tildándole de extrema derecha por sus manifestaciones o actos, a la vez que resta importancia, a través de esos mismos medios y opinadores, a los idénticos o más clamorosos actos de sus propios políticos, para quienes perpetrar esas mismas barbaridades de que acusan a los demás, es ni más ni menos que lo necesario, lo que hay que hacer, lo que toca, si es que no lo patriótico.

Y así con todo. Con todo, todo, todo. La manipulación de la aritmética política es posible sólo porque va dirigida a un grupo de sectarios bien adoctrinados, para quienes el criterio propio o la misma vara de medir es sencillamente algo que no pertenece a su dimensión. Están dispuestos a tragar con lo que sea, creyéndose y defendiendo a pies juntillas cualquier operación de aritmética política de los suyos. Sólo por este talibán sectarismo es posible que los mal llamados de izquierdas consientan las políticas de derechas de sus dirigentes, que perpetren atentados tales como intentar marginar políticamente a los adversarios con pactos antidemocráticos, que consientan la corrupción galopante en sus filas o que los suyos manipulen los datos económicos o del desempleo –aún estando algunos de ellos en esa tesitura de no tener trabajo-, y se rasguen las vestiduras porque los de derechas sean de derechas y obren y piensen como tales, que en realidad es como obran los otros. En fin, que suman para restar, dividiendo a la sociedad. Ya se sabe que en esas aguas revueltas es donde mejor pescan los pillos.

Y, lo más curioso del caso, es que no es nada nuevo. En este orden de repugnante sectarismo que nos concierne, si alguno discrepamos de las opiniones de los de las izquierdas, lo es porque somos de extrema derecha, y si lo hacemos de los de derechas, lo es porque somos de extrema izquierda; es decir, que nos restan de los unos, nos suman a los otros, cuando en realidad nos están dividiendo hasta el descuartizamiento. Son así de simpáticos, porque para ellos nada hay más temible que la independencia de criterio, que el que alguien tenga una sola vara de medir y que la crítica intelectual no mediatizada o preconcebida. Nada nuevo, ya digo, porque esto viene pasando desde que España es, y de eso ha hace un poco de tiempo; poco importa que el opinante tenga una obra detrás o un bagaje que sin lugar a dudas deja a la luz sobre su independencia y su capacidad para llamarle al pan, pan y al vino, vino, sin importarle de quién es el pan o el vino, porque la etiqueta lo puede todo: para los unos es y será de extrema izquierda, y para los otros, de extrema derecha.

Pero, en fin, así está la cosa: los dioses, ya lo dije en “Los días de Gilgamesh”, siempre suman restando. A lo mejor por eso estamos divididos.

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