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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Los Goya o “al mal tiempo buena cara”

Miguel Massanet
Miguel Massanet
viernes, 18 de febrero de 2011, 07:51 h (CET)
No dudo de que toda esta parafernalia que se viene montando con estos premios Goya no tiene otra finalidad que intentar darle un aire hollywoodense a nuestro maltrecho cine y, de paso, hacer propaganda de este cine español que no consigue atraer a los ciudadanos y que tiene que subsistir gracias a las inyecciones de capital que le viene proporcionando el Gobierno de la nación. No es que los artistas españoles sean todos unos aficionados sin más preparación que llevar arrastrando sus posaderas por los tablados o haber vivido a la sombra de otras celebridades que los han apoyado, no, no, aunque también es posible que los haya; no es que todo el cine español sea una basura, aunque también lo hay en cantidad; pero si parece que ha sido incapaz de salirse de este enquistamiento endémico al que lo ha sometido su dependencia de las subvenciones del Gobierno que, por lo visto, las supedita, no sólo en cuanto a qué actores deben ser aupados sobre los otros, sino en cuanto a aquellos temas en los que se deberán centrar si es que quieren que las ubres del Tesoro del Estado sean generosos con ellos. Esto, probablemente, nos lo podrían explicar mejor los productores y directores, que también nos podrían aclarar lo del famoso cupo de películas españolas o, en Catalunya, la obligación de hacer copias en catalán de las películas extranjeras, una imposición que atenta contra la libertad de comercio.

Y es que esta fiesta de los Goya la podríamos definir como la expresión elevada a la enésima potencia del clientelismo, la endogamia y el nepotismo, representados por el desembarco de un numeroso grupo de ministras acompañadas por el ministro, el señor Sebastián, con lo que la paridad, de la que tanto presumen los socialistas, parece que no se tuvo en cuenta. No cabe duda de que se trataba de escoltar a la señora González Sinde, para arroparla en una situación que no se le presentaba muy propicia, empezando por la sonora recepción en la calle, a cargo de un numeroso grupo de detractores de la ministra y de sus leyes, que le prodigaron una “encendida” recepción que se reprodujo para ciertos actores non gratos, en la que se dijeron palabras muy fuertes para los delicados oídos de quienes recibieron el chaparrón ( y no se trata de la lluvia que amenizó la velada). Ocurre es que, estos progres de la farándula, han llegado a autosugestionarse de que, de verdad, son los representantes de la cultura y, en su endiosamiento, se han creído que fuera de ellos, de sus obras y sus películas y de sus opiniones políticas; no existe saber, no hay conocimientos, no hay gente ilustrada capaz de razonar y pensar. Sin embargo, parece que no le dan importancia a que la recaudación del cine español, durante el pasado 2010, haya disminuido en un 34%.

Si fuera uno de ellos, pensaría que era necesario ponerse en serio a calibrar las causas de tal disminución y a sopesar que es lo se habría hecho mal para que, el cine español, recibiera ayudas próximas a los 90 millones de euros y, no obstante no se consiguiera recaudar más de 62 millones. Aquí no hay mano negra que haya intervenido para boicotear las películas españolas; no hay censura que las haya recortado, como se quejaban los productores en tiempos de Franco; aquí no se puede decir que no haya libertad para tratar de cualquier tema y, sin embargo, la gente cada vez va menos al cine. ¿Es que a la gente no le gusta la cultura?, o ¿es que la gente no sale de casa por la noche?, o ¿es que no hay suficientes cines o teatros? Nada de esto, al contrario ya están sobrando muchos de ellos y otros han tenido que cerrar sus puertas por falta de espectadores. ¿Qué es, pues, lo que impide a nuestros cineastas competir con el material norteamericano?, ¿qué hace que los estadios de fútbol estén abarrotados y los teatros y cines no? A mí se me ocurren algunas explicaciones bastante sencillas: ¡ la gente está hasta las narices de películas de medio pelo; está fatigada de que le vendan como buenas películas cintas referentes a la guerra civil, basadas en guiones confeccionados a la medida de la llamada Memoria Histórica, en las que la realidad de lo ocurrido queda supeditada a la visión parcial desde un solo lado de los dos bando que intervinieron en ella; carentes de rigor histórico y adobadas por interpretaciones de actores que forman parte de este grupo de los que todavía no han asimilado que ya pasaron más de 70 años del final de aquella confrontación y que, los que perdieron la guerra, la perdieron por culpa de sus dirigentes, por las peleas intestinas entre los presuntos defensores de la II República, que fueron los que entregaron España, en bandeja, al general Franco.

Resulta patético que pretendan presentar un panorama de la posguerra en el que todo fuera tristeza, todo represión y todo privación de las libertades. Esto existió para aquellos que se empeñaron en mantener la guerra desde la clandestinidad; los que no supieron reconocer su derrota y aquellos que estaban empeñados en dar una imagen ante el mundo que pudiera perjudicar al nuevo régimen. La mayoría de la clase media, una gran parte de los obreros y muchos de los dirigentes que fueron los padres de estos señores socialistas que ahora nos gobiernan desde un enfoque de izquierdas; no pensaban lo mismo porque, si es cierto que se padecieron situaciones muy duras, que faltaban muchas cosas precisas y que escaseaban combustibles y alimentos, también es evidente, al contrario de cómo lo pintan películas como la que ha sido tan premiada, “Pa negre” (por cierto que hubo sus más y menos acerca de una pretendida compra de votos en los premios del cine catalán); mucha gente lo daba por bien pagado al sentirse libre de lo que fue la República del frente popular, con sus atentados, asesinatos, patrullas de criminales de los sindicatos extremistas (CNT y FAI) o el terror de las famosas “Checas”, un invento del padrecito Stalin que nos trajeron los comunistas a España para torturar y matar a los curas, los cristianos, los de derechas o los mismos adictos a la República que no estaban de acuerdo con el cariz que tomaban las cosas.¿Por qué no han hecho películas denunciándolo? Yo viví aquella época y les puedo asegurar que mi familia no era rica, simplemente de la clase media, y puedo afirmarles que pasé una infancia y una juventud sin ningún trauma, alegre y lleno de vida, sin que la escasez o las privaciones fueran obstáculo para mi desarrollo físico e intelectual.

Si el cine no estuviera subvencionado, si hubiera libertad de mercado, los productores escogerían sus películas en función de su rentabilidad y, si los directores tuvieran que luchar con la competencia es muy posible que, en España, se comenzaran a ver películas interesantes y competitivas. Por el contrario si, como ocurre en la actualidad, es el gobierno de turno quien tiene en su mano el abrir o cerrar la espita de las subvenciones, y sólo las abre para que se hagan películas que le sirvan de propaganda; que sirvan para alterar la historia y se haga una lectura sesgada, sectaria y partidista de lo que en ellas se explica, no conduce a otra cosa que al hastío del público, saturado de tanta repetición como ha sucedido con tanto cameo y pornografía, que ya no atrae a un público “culto” que no sabe ver, en tales filmes, mérito alguno ni interés. Nada que no se encuentre en cualquier TV que emita los famosos programas basura, donde se suelen refocilar los que, en lugar de cerebro pensante, tienen un hueco en el que conservar los más bajos instintos, el morbo y la libido. Cuando escucho a la ministra Linde decir frases como “debemos proteger la cultura y el cine español” suenan tanto a tópico que al escuchar al director, Alex de la Iglesia, nos pareció que, por primera vez, respirábamos aire limpio. Sus frases: “sin público esto no tiene sentido, no podemos olvidarlo jamás” o “si queremos que nos respeten hay que respetar primero”, alguien debiera profundizar en ellas antes de pretender imponer por ley sus propio criterio. O eso es lo que opino yo.

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