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Cayó Mubarak y, ¿ahora qué?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 17 de febrero de 2011, 09:18 h (CET)
Egipto, como Túnez, han emprendido, presuntamente, una camino hacia la democracia lo cual, al menos aparentemente, se puede aplaudir; no obstante, no queda claro cuáles de los posibles gobernantes, de ambos países, van a ser capaces de poner en orden la gobernación de esta nueva clase dominante; ni, tan siquiera, si los revoltosos se van a perpetuar en el poder o van a ser apartados de él por los habilidosos políticos que se esconden detrás de la pantalla de una nueva democracia. Empecemos por lo que sería la pieza fundamental sobre la que construir el edificio de este nuevo tipo de Estado. Este que viene pidiendo la ciudadanía, un estado laico levantado sobre las cenizas del régimen dictatorial. En Egipto ha sido el Ejército el que se ha hecho con el poder, según se dice por un periodo provisional, ¿cómo y cuánto de provisional?, ¿quién dirigirá el país en el interregno entre la caída del antiguo régimen hasta la celebración de unas futuras elecciones? Han sido 18 días de paralización de una parte del país, y lo primero que se deberá valorar son los daños económicos que, esta situación, han provocado a las finanzas públicas y privadas del país. Por de pronto, no es aventurado suponer que, en un país donde una gran parte de su PIB procede del turismo (un 11%), una situación de inestabilidad política, unas algaradas en las calles, por muy pacíficas que se las quiera pintar y un cambio de régimen, no son precisamente los aditamentos ideales para que, una persona en busca de diversión, paz y tranquilidad se decida a emprender un viaje de turismo a aquel país. Las agencias de turismo ya han visto como se iban cancelando las reservas, tanto para Túnez como para Egipto y, es muy probable que esta tendencia se amplíe a otras naciones presuntamente susceptibles de contagiarse ( Argelia, Jordania, Libia e incluso Marruecos) si, como parece que va a ocurrir, la semilla revolucionaria se va extendiendo de una a otra de ellas.

Nos preguntamos: ¿de todas estas facciones que se han sumado al levantamiento en contra de Mubarak, quiénes están preparados para asumir las tareas de gobierno?, ¿acaso este premio Nóbel, el señor El Baradei, que lleva treinta años exiliado y, por consiguiente, ajeno a los problemas reales de tipo económico, financiero, social y religioso, por los que ha venido atravesando Egipto; será quien tome las riendas de la política nacional? Un intelectual, seguramente un hombre de buena voluntad pero, señores, para dirigir una nación como Egipto, con 80 millones de habitantes, no bastan estas cualidades. ¿Es posible que estos jóvenes causantes del cambio a través de sus mensajes por Internet se presenten a las elecciones? Es probable y es probable que consigan los votos para entrar en un Parlamento, pero ¿qué experiencia tienen en cuestiones políticas, sociales, administrativas, internacionales etc. para ocupar puestos importantes en la dirección del país? Un país es un tejido complejo de intereses, de relaciones, de políticas exteriores, de alianzas, de componendas, de factores económicos y financieros y de demandas sociales que se entrecruzan formando un tejido que, al menos en teoría, debería generar una sinergia positiva y beneficiosa para su ciudadanía. No obstante si alguno de estos factores no encaja en el sistema, si se producen enfrentamientos o si los gobernantes no siguen las líneas maestras a las que se comprometieron; es muy posible que el retorno a la situación de principio sea mucho más traumático y que el caos y el desorden acaben con aquellas esperanzas que se generaron en aquellos que de buena fe creyeron en el cambio.

Antes de comentar el papel de una de las posibles facciones que se mantienen en la retaguardia, que ya ha afirmado que no quieren estar en el gobierno y que, no obstante estar ilegalizada, fluctúa en una especie de tierra de nadie, en la que se ha venido manteniendo a pesar de su enfrentamiento con la dictadura; prefiero que demos un recorrido por las reacciones de los dos bloques de países que, sin duda, se verán directamente afectados por el cambio experimentado por Egipto y Túnez. Aparte de Europa que, como siempre, ha desempeñado un triste papel en estos acontecimientos, demostrando su falta de agilidad diplomática, derivada del peso de una estructura falta de cohesión y de criterio unificado; podemos ver a unos EE.UU. de América desbordados por los acontecimiento, con declaraciones contradictorias de sus gobernantes, como ha sido el caso de Obama, pidiendo rápidas reformas y, por otra parte, miembros de su mismo equipo, como la señora Clinton y el enviado especial a Egipto, Frank Wisner, que sostenían que el señor Mubarak era imprescindible para la transición democrática del país; un asunto que exasperó al Presidente e hizo que ordenara al vicepresidente Bilden que endureciera la línea. En todo caso el fracaso de la CIA en la previsión de los sucesos en Túnez y Egipto ha sido escandaloso.

Sin embargo, si queremos hacer caso del aforismo “quid prodest” o, si quieren, del refrán, “en río revuelto ganancia de pescadores”; encontramos en el mundo musulmán naciones que ya se están frotando las manos, pensando en la reedición de un nuevo panarabismo que devuelva la ilusión a los musulmanes en un Movimiento Islámico que establezca un control musulmán en todo Oriente Medio, incluido Israel. Y aquí, señores, sería donde entraría una pieza imprescindible para poner la primera piedra de esta idea: los “Hermanos musulmanes”, los precursores del llamado “Estado Islámico” y que nunca han renunciado a sus preceptos fundamentalistas. Vean como el señor Ahmanideyad, de Irán, está entusiasmado hablando del “despertar islámico” y arengando a las masas con su antiamericanismo habitual con esta frase lapidaria: “Esto configurará un nuevo Oriente Próximo, en el que no tendrán cabida ni EE.UU. ni Israel”. Naciones, como Israel, no ven con tan buenos ojos el cambio, pese a que el Ejército egipcio les ha garantizado que se cumplirán los acuerdos del tratado de paz de 1.979. No obstante, este mismo Ejército egipcio, no ha tardado en traicionar a Mubarak cuando ha creído que era lo que más le favorecía. Existe el hecho preocupante de que naciones como Jordania ya flaquean y pudieran dejar, a Israel, solo ante Irán.

La llama del descontento ya está afectando con fuerza a Argelia, Yemen y hemos sabido de un muchacho marroquí que se ha inmolado a lo bonzo, clamando contra la dictadura de Mohamed VI. Gaza está atenta; Hammas se vanagloria de la victoria del pueblo egipcio y Arabia saudita está temblando sólo de pensar que pueda perder un firme aliado frente a Irán. La incógnita está en si, la parte laica o aconfesional de la revolución, los sectores juveniles menos influenciados por la religión y la influencia de Occidente; van a ser suficientes para consolidar al nuevo gobierno, supuestamente democrático, que salga de las urnas (los Hermanos musulmanes han dicho que no estarían en él). Si va a estar suficientemente reforzado para imponer una verdadera democracia en un país en el que el 80% son musulmanes y se rigen por las leyes del Corán. La sombra alargada de los Hermanos musulmanes, perfectamente organizados; apoyados por los regímenes islamistas de Oriente Próximo, con el aval de Turkia (que ya se ha manifestado en apoyo de la rebelión); manejando consignas contra Israel y apoyados en el fundamentalismo religioso islámico y en la guerra santa contra los infieles, van a consentir que se secularice Egipto, que se destruyan los principios de subordinación de las mujeres a sus maridos, de la prohibición de que la mujer participe en política; en la libertad para que las mujeres asuman las funciones de los hombres o la posibilidad del divorcio o la supresión de la ablación. Una incógnita difícil de desvelar.

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