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Etiquetas:   Cadaver exquisito   -   Sección:  

Amor de venta en farmacias

Beatriz García
Beatriz García
@LFCorfu
martes, 15 de febrero de 2011, 08:20 h (CET)
Ahora sé lo que quiso decir Cortázar cuando escribió en Rayuela “El amor, esa palabra…”. Se estaba preguntando lo mismo que yo, lo mismo que todos: ¿Qué es el amor? ¿Cómo sabe uno cuando está enamorado? ¿Tenemos una idea demasiado romántica de lo que es el amor?

Volviendo a Rayuela, que para mí es y será la novela ‘total’ por cómo cada uno de los personajes se convierte en arquetipo de un momento vital del lector, el amor de Horacio Oliveira por La Maga es lo que podríamos llamar un ‘amor ideal’, puesto que no es amor a la mujer llamada Lucia sino a lo que significa, a ese dibujo mental de la musa que creamos en nuestra cabeza cuando nos enamoramos de alguien, y también son nuestras carencias. Dijo Quim Monzó hace unos años, cuando le preguntaron sobre esta cuestión, que el amor era un enamorarse de nuestro reflejo en el otro, que es un espejo distorsionado que nos muestra aquello que nos gustaría ver y no aquello que es. Así también tenemos a la Nadja de Breton, que es la mujer soñada, inspirada. En muchos casos este ideal acaba destruyendo al enamorado, y a este trastorno la ciencia lo ha acuñado, muy literariamente, como el síndrome de madame Bovary; la eterna insatisfecha, la coja afectiva que busca sin encontrar ese amor ideal hasta la autodestrucción. Y esto creo nos sucede más a las mujeres aunque, según algunos estudios, son más los hombres que se suicidan por amor.
De adolescente yo era una de esas niñas orondas y pedantes que suele utilizar cada dos por tres expresiones como “valga el eufemismo o eufemísticamente hablando…”. Recuerdo que una vez levanté la mano en clase y le dije a mi profesor de Filosofía: “Pablo, ¿no crees que el amor siempre lleva, irremediablemente, al sufrimiento y al suicidio?”. Y él soltó una carcajada y me llamó ¡barroca! Qué mal me sentí y cuánta razón tenía. Pues el amor ‘fou’ del que hablan los franceses es algo soportable únicamente cuando dura una hora y media y se titula ‘Los amantes del círculo polar’ o ‘El último tango en París’. Aunque ocurrir, ocurre; de hecho, se dice que el propio Gala se inspiró en la historia de una mujer catalana para escribir ‘La Pasión Turca’ – no se abrumen, que no soy yo, aunque imaginarse al pie de un acantilado con los genitales del amante en la mano pueda ser un tanto estimulante…

Está entonces el amor ideal, el amor fou y el… -una pausa para suspirar- amor romántico. La antropóloga Helene Fisher define este tipo de amor como ‘enamoramiento’ y suele ocurrir cuando sentimos que la persona amada, soñada, puede satisfacernos, colmarnos a todos los niveles, incluido el existencial. Es un amor unívoco - no puedes estar enamorado de dos personas a la vez -, dice ella, y cuando los siente ni se te pasa por la cabeza compartir a tu objeto de amor con los demás, porque también es amor de apego, exclusivo y excluyente. Dice Fisher que el enamoramiento es aditivo, es decir, que hay verdaderos yonkis sentimentales. Quizás, por ello, la mejor clínica de desintoxicación se llame “vida en pareja”, que es, como la isla de Lost o la Montaña Análoga de Daumal, un universo aparte, con un Jacob omnipotente llamado ‘suegra’ y un humo negro al que nos referimos, a veces, como “monotonía sexual” o “pelos en el baño”.

Los científicos dan al enamoramiento 18 meses de vida. Pero, ¿qué ocurre luego? Les descubro el ‘abracadabra’ del amor para toda la vida: Tienen 71 y 75 años y aún pasean cogidos de la mano como cuando eran novios; se llaman Roberta y Andrés, aunque también podrían llamarse oxitocina y vasopresina, que son la dos sustancias que, según la antropóloga, nos ayudan a sobrevivir a aniversarios, conflictos de nido vacío, bodas de oro y de plata, sin que a una le den ganas de rociar mata-ratas en la sopa de pescado de los lunes ni linimento en esos ‘gallumbos’ viejos que llevas viendo durante veinte años tirados en el sofá los domingos por la tarde – Dios, ¿hay vida ahí dentro?…-.

En fin, para el próximo san Valentín propongo renombrar la fiesta como el Día de la Constancia, o bien que empiecen a vender los bombones y las flores en farmacias – Nerudas con receta y Beckers para el dolor de garganta-. Porque el amor, amigos, esa palabra…

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