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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Hedor

Manuel Olmeda
Redacción
lunes, 14 de febrero de 2011, 13:04 h (CET)
Utilizamos el vocablo que abre estos renglones, acaso sus múltiples derivaciones, cuando apetecemos referirnos a algo o alguien que exhala un olor penetrante y desagradable; en ocasiones, de forma figurada, para señalar sutilmente algún asunto -por lo general referido al escenario político - que apesta (de ahí el paralelismo) a escándalo, e incluso corrupción. Los últimos tiempos se han caracterizado por un tufo permanente, tanto que puede considerarse su característica principal. El tándem Zapatero-Rubalcaba inició la segunda era socialista, tras el horrendo atentado, practicando un extenso rosario de indignidades; escarneciendo las formas democráticas con el empleo de embustes, artificios, maniobras antiestéticas e incumplimientos, para dar respuesta a ambiciones personales y conseguir dividendos espurios. Surge así un código legal, pero apestoso, de hacer política.

No suelo ver televisión y cuando lo hago sintonizo la Cinco, para ver el telediario, e Intereconomía, en los debates político-económicos nocturnos: Previa a su desaparición, me resultaban originales aquellos que, al mediodía, conducía García Campoy en Cuatro. Aplico mi libertad ciudadana, cada vez más encorsetada, para elegir programa dentro de una amplia oferta televisiva. Aprovecho la ocasión ya que el poder aún permite, realmente, satisfacer este derecho privativo de regímenes democráticos y que a este paso, en España, termina por representar una gozosa licencia otorgada de forma arbitraria. Televisión Española, esa que sufragamos con largueza, nos vende objetividad e independencia cuando, contrariamente al reclamo, es el medio propagandístico por excelencia; a imagen y semejanza de los ruinosos canales autonómicos, o viceversa.

Días atrás, al alba madrugadora, iniciaba jornada sorbiendo las primeras noticias junto al sobrio desayuno. Extrañamente era la cadena pública (TVE) quien colmaba mi curiosidad. El presentador de turno desgranaba los titulares, reiterativos con matices, formulados por toda la prensa escrita nacional, excepto un diario: La Gaceta. Ni puedo ni quiero asumir ningún papel defensor. Mi vocación de abogar causas perdidas (lucha desigual contra los elementos, a veces no meteorológicos), si ocasionalmente la tuve, hace lustros abandoné. Sí quiero, porque es mi estilo y además me lo pide el cuerpo, hacer una reflexión en voz alta. El inicuo silencio que propició televisión española, supuestamente gestada para cubrir un servicio público, puede interpretarse como una manera incruenta de desaparición física; una alternativa "humanizada" de acallar a quien nos disgusta o estorba. Se mire por donde quiera, muestra demasiadas afinidades con el método utilizado indistintamente por Hitler y Stalin.

Sé que el último punto se tasará exagerado, improcedente, incluso fruto de desvarío mental. Sospecho que algunos, presos del dogma, me tildarán de facha, fascista, etc., etc., epítetos que se han acostumbrado a lanzar (más bien arrojar) a los disidentes para, a contrari, adquirir ellos carta democrática, por otra parte tan precisados de tal etiqueta. Sólo necesita acreditar determinada identidad quien carece de ella. Sin embargo, pese a sus invectivas (supuestas o reales), vivir en democracia, más si es únicamente formal como la nuestra, no erradica ningún presupuesto totalitario. Basta con analizar el "chiringuito" montado por esta casta que padecemos (y costeamos), así como los interminables casos de corrupción y ocultamiento, sin contar prepotencias e incumplimientos protagonizados, a nivel individual, por próceres no importa sigla o responsabilidad.

Lo expuesto, amigo lector, pasa por un exiguo botón de muestra. Hay, bien lo saben, completo muestrario donde elegir; por autonomías, por partidos y por magnitud. España hiede, se ha convertido en un auténtico estercolero.

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