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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Vamos, venga, va

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 14 de febrero de 2011, 08:38 h (CET)
Dicen los psiquiatras que un complejo existe cuando se entierra un trauma y se procura vivir como si nada hubiera pasado, y que sólo puede empezar a superarse éste cuando el paciente puede hablar sin dolor de él en público, cuando se perdona a sí mismo. El trauma, cuando se le entierra carne adentro, es como una pústula o un tumor que silenciosamente crece sin que le veamos y que abulta la carne, supurando hacia dentro y mostrando hacia afuera la giba de su fealdad, acaso convirtiéndose en algo tan doloroso que terminará por condicionar nuestra salud o nuestra misma vida; la única manera de librarnos de ese dolor, llegados a este extremo, es mediante métodos quirúrgicos... o mediante psicoterapia. España, a todas luces, tiene un profundo trauma enterrado en sus carnes desde la Guerra Civil, tal vez desde antes, que no quiere extirpar para siempre y que no puede enfrentar en público, del que no se quiere perdonar. Ni siquiera se estudia la Guerra Civil en las escuelas, dándose un salto sobre ella que algo tiene de profunda cobardía y un algo también de mantenimiento artificial del rencor que nos divide. No nos perdonamos, y, sin perdón, no hay inocencia. Somos, pues, culpables de padecer un complejo que nos enfrenta y divide, haciéndonos siervos del rencor.

Tal vez sea ya la hora de desterrar nuestros pánicos y de enfrentarnos a ese trauma que, por no superarlo adecuadamente en su hora, cíclicamente nos empuja a matarnos entre nosotros cada tanto tiempo, cuando no a ser utilizado torcidamente por algunos de los españoles más enfermos, tildando a éstos o a aquéllos de fascistas o de rojos. Y no es eso. Casi nadie de quienes vivieron aquello viven todavía, de modo que no tenemos por qué tenerlo miedo y, mucho menos, no tenemos por qué transmitírselo a las nuevas generaciones, buena parte de las cuales no tienen ni idea de quién fue Franco, Largo Caballero, Azaña o el general Mola. Vamos, venga, va: hablemos... y curémonos.

Tal vez, si pudiéramos hacerlo como en una terapia grupal que pusiera en a la luz del presente nuestros miedos del pasado, veríamos que todos esos fantasmas se disolverían en la nada, porque se alimentan del resentimiento y la oscuridad del secreto en que lo hemos enterrado, alimentándose de nuestra sangre y de nuestro presente. A los fantasmas no se los puede matar sino de inanición. Quizás, entonces, si hiciéramos esa terapia, comprenderíamos que ni siquiera hay fantasmas, como no hay ya derechas ni izquierdas, como no hay ya nada de aquel ayer, sino una serie de sucesos idealizados que, en realidad, no se corresponden con nada de lo que en verdad sucedió o con lo que creemos que fueron. La idealización a menudo es un cristal mal tallado que deforma lo que miramos, mostrándonos como bueno o malo en puridad lo ni fue tan bueno ni tan malo. Algunas conciencias, por dolor o por rencor, se han anclado contranatural en un tiempo ya vencido, y eso les impide avanzar con paso libre y abrazar a quienes no son, en verdad, sus enemigos, que es su dolor el que los sataniza, que es su dolor el que los afea y deforma, que es su dolor el que, para vivir y tener razón de ser, busca afanosamente a quien odiar para seguir siendo dolor.

Tal vez sea necesario que, como en esas terapias grupales, cada cual ponga sobre el tapete sus pánicos y sus odios, que grite, que libere sus pasiones y que llore su desconsuelo, enfrentándose desnudo a su propio espejo. Al hacerlo no sólo cada cual, sino todos, también tendría la oportunidad de escuchar en otros el relato de una historia con la que se identificará, y comprenderá que su dolor no es el dolor sino que es un dolor compartido, que tratar de instalar en nuestro hoy lo sucedido en aquellos años de locura colectiva es imposible, que ellos no tenían calculadoras, que ellos no habitaban una sociedad con nuestros problemas, que todo era diferente –los olores, los credos, los modos, el lenguaje, la manera de pensar, la forma de querer y de odiar, la geografía y los rigores de la supervivencia- que ellos vivieron lo que les tocó y que están impidiéndonos vivir lo que nos toca ahora a nosotros. Tal vez, entonces, después de desfogar libres nuestro rencor y de enfrentarnos a una realidad que nos ha hecho sufrir a todos, pudiéramos liberar también a esos fantasmas y dejarlos partir para siempre a la luz, o al más allá, o al olvido, y sentirnos liberados de deudas que nunca, jamás, podríamos satisfacer, a no ser creando otros traumas atroces que conducirían al mismo o a mayor sufrimiento a las nuevas generaciones, reteniéndonos a todos como prisioneros del dolor. Sólo el dolor ganaría, mientras que perderíamos todos los demás.

Unos mataron y murieron por sus ideas, y los otros también; unos fueron forzados a matar o a morir, y los otros también; unos tuvieron en sus filas hombres de gran honor, y los otros también; unos tuvieron auténticos criminales entre los suyos y los protegieron, y los otros también; y los unos perdieron inocentes entre sus miembros, y los otros también. Sólo el dolor triunfó: sólo el dolor. Tal vez al enfrentarnos a esto todos comprenderíamos que durante tres años se repartió muerte y dolor sin que nada ni nadie pudiera escapar de él, que todos perdimos, que todos lloramos, que todos odiamos, que la amarga mano del odio acarició todos los corazones, que la negra pezuña del dolor escarbó en todos los patios, que todos sentimos el calor húmedo de la sangre, que el hedor de la pólvora inundó todos los olfatos y que el acero de la muerte cercenó todas las familias. El dolor nos hizo sus esclavos a todos, nos amamantó con leche amarga del rencor y nos educó en el resentimiento.

Tal vez, si con fiera honestidad enfrentáramos a esos fantasmas, tendríamos que encararlos y ver que no eran tan bellos como imaginábamos, como relataron los poetas o como los idealizaron nuestros sueños; que fueron hombres mortales que no supieron convivir con sus semejantes, seguramente porque unos pocos habían inyectado dosis letales de rencor en todos, inficionándolos y arrastrándolos al odio, la crueldad y la muerte, y que, en cualquier caso, es algo que no debe seguir anclándonos a un tiempo que no es nuestro, que no nos pertenece y que, de ellos, sólo debemos aprender una sola cosa: que ése no es el camino.

Si lo hiciéramos, si fuéramos capaces de enfrentarnos dialécticamente cara a cara con nuestros pánicos y nuestros odios no sólo nos sentiríamos liberados de una pesada carga que no es nuestra, sino que también liberaríamos de ella a quienes debemos querer y no lo hacemos, porque les estamos legando una carga multiplicada, un porvenir que tiene infecto hedentina a odio y sepultura. Vamos, venga, va: hablemos y curémonos de una vez y para siempre. Demos una lección práctica a nuestros hijos, tal vez a nuestros nietos, de que sabemos vivir lo que nos corresponde como nos corresponde, de que sabemos encajar nuestro pasado y, sin traicionarlo, abrazar a quienes conforman con nosotros nuestro presente e ir con ellos hacia el futuro. Vamos, venga, va.

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