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Quejas

Ana Rodríguez
Ana Rodríguez
viernes, 11 de febrero de 2011, 08:29 h (CET)
Quejarse es un vicio común, no cabe duda, incluso hay quien lo practica de forma adictiva y un tanto obscena. La queja es un enunciado limítrofe entre la pataleta, la rebelión, el reproche y el lamento, que al emitirse da la impresión de soltar lastre. Pero las quejas pueden convertirse, peligrosamente, en el lastre del que nos queríamos liberar en sí mismo, en tanto que al mirar constantemente esa piedra que nos molesta, nos olvidamos de otear el horizonte y de apañárnoslas para avanzar.

No, esto no es un artículo de autoayuda. O sí, a saber, pero acabará siéndolo de rebote. Mi interés por las quejas surge de la confluencia de reflexiones al respecto que he encontrado últimamente en periódicos, películas y conversaciones telefónicas.

Empecemos por el principio. En la entrevista que publicó El País con los máximos nominados de esta edición de los Goya, Álex de la Iglesia –antes de enfangarse con asuntos de leyes y ministras- apuntaba que el cine español vive una situación análoga a la de la sociedad y que por ello “debemos no lamentarnos y no esperar que nos ayuden más que a otros”, a lo que Rodrigo Cortés añadía que “la única oportunidad pasa por no llorar (…) En el mismo instante en que dejamos de quejarnos empieza la oportunidad de cambiar las cosas.” Comulgaba con la idea la directora de También la lluvia, Icíar Bollaín, que apelaba al problema de la idea de crisis endémica en el cine español que nunca se disipa. Por lo menos en lo de no quejarse, estaban todos de acuerdo, o lo estaban antes de la ley Sinde…

El día previo a leer esta entrevista vi el documental Tom Zé, sobre el músico brasileño que a sus setenta y un años rebosa energía, proyectos e ideas, y es capaz de seguir siendo fiel a sus contradicciones. Durante un taller musical, en el que despliega toda su locura y ternura, da un consejo a sus alumnos: “no os quejéis”, y a continuación rememora la época que pasó en el ostracismo musical, cuando nadie quería producir sus discos y sus propios colegas no le cogían el teléfono. Declara que tampoco entonces se quejó, porque dice aceptar las reglas del mercado y por ende las reglas del juego, en vez de enconarse contra la estupidez ajena por no valorar su trabajo.

Después de tan elevados ejemplos, el de Tom Zé y el de la flor y nata del cine español, mantuve una conversación telefónica con una buena amiga que se dedica al medio audiovisual, y pasamos una hora quejándonos creo que absolutamente de todo: de las oportunidades, de la escasez, de la injusticia (o las injusticias, en plural, que abulta más y es más trágico), de la estupidez ajena (por supuestísimo), de la edad, de asuntos acerca de la maternidad, del precio de los pisos, del poco tiempo, de la excesiva velocidad, del precario mundo laboral, del frío, de los madrugones… Si no nos quejamos del color de los chicles, fue porque no se nos ocurrió.

Hoy recuerdo una línea de una entrevista que Cahiers du Cinéma España hizo a Quentin Tarantino, en la que el realizador decía, aproximadamente, que “la determinación te lleva a encontrar soluciones”.

Creo que en todo historial de quejas existe ese punto de giro. Las quejas comienzan como respuesta a una realidad que no nos satisface, y a veces son una válvula de regulación de presión, que si no la abriéramos, explotaría. Luego, si somos poco listos -o muy quejicas-, las quejas se reproducen entre sí y crían nuevas quejas, que van enquistando esa misma realidad que queremos combatir, porque nuestro discurso, en realidad, la alimenta, reforzando su invariabilidad. Hay quien se queda atrapado en ese estadio, alimentándose de sus enunciados de malestar y construye, sutilmente, un discurso por el cual la realidad le impide moverse o actuar en cualquier dirección, pues todo está decidido de antemano y no hay absolutamente nada que uno pueda hacer por cambiar lo que otros han decidido.

Los que se libran de caer en esa “tela de araña” o los que han logrado despegarse de ella, están listos para superar el cansancio de oírse –oírnos- a sí mismos y su retahíla trillada, para convertir las quejas en críticas, en argumentos, en ideas. Dejar de mirarse los pies para mirarse a los ojos y hallar, asistidos por la determinación tarantiniana, caminos hacia la acción. Públicos o privados, satisfactorios o paliativos, pero senderos, al fin y al cabo, que marcan la diferencia entre el soliloquio verbal y el mundo real y que, con un poco de suerte, nos permiten aproximarnos a nuestros objetivos.

Lamentarse menos parece, en definitiva, siempre una buena idea. No hay que aguantar las propias quejas ni, aún mejor, las de los otros. Algo extremadamente deseable para el universo del cine español, cuya constante crisis oficializada y lánguidamente alimentada peligra con convertirse en una de esas enfermedades crónicas que dañan lentamente órganos y tejidos de forma profunda y a veces irreversible. Me temo que aún estamos a tiempo, creadores y público, de hacer que sea solo un sarpullido, un poco largo y enojoso, eso sí, pero de evitar la cronificación de la queja en un lamento determinista y paralizante.

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