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Ángeles y diablos

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 11 de febrero de 2011, 08:17 h (CET)
Las modas son cosa del marketing, y, en cuanto una novela tiene cierto éxito, una legión de imitadores de quien triunfó con el argumento se lanza a una desesperada carrera por apurar el filón de beneficios que se ha detectado, siendo a menudo las propias editoriales o productoras cinematográficas las que ordenan ipso facto al escritorcillo de moda la elaboración de una novelilla que estruje el tema, o director taquillero la filmación de una película con mucho aleteo, ya tengan esas alas mucha pluma o sean de murciélago. Cualquier cosa vale, todo es aprovechable, porque el lector o el espectador es permeable al asunto y está dispuesto a soltar el dinerillo para lucir cola de pavo ante los amigos dándose viso de que está a la última.

Los hay, claro, que sienten genuina fascinación sobre el tema, y éstos son los que siempre salen defraudados porque el tratamiento que le han dado a una cuestión de fondo tan fascinante es deplorable, y porque poco hay más allá de un título atractivo o una carátula prometedora. Lo mismo, vaya, que les pasó a quienes se sumergieron en ese estanque de letras burdas y pelis pésimas sobre el manido don Leonardo Da Vinci a quien le han inventado de todo. Y se decepcionan por ingenuos, como es natural, porque en ese tipo de novelas o de pelis, todo se trata en esencia de la pasta en crudo, de hurgar con cierto morbo en los pánicos o fes de los paganinis y meterles la mano en el bolsillo como si tal cosa.

Los argumentos de estas obras, a fuer de simples y prodigiosamente exentas de cualquier ápice de arte o calidad, dispersan por desvaríos propios de quienes se fuman lo que sea o le pegan a la absenta a base de bien. Decir mediocridad es, tal vez, halagarles, porque reducir a irrisiones materias tan profundas no deja de ser una osadía propia de ignorantes con todas sus letras, por más que rellenen el solemne vacío de su analfabetismo con absurdas masas de datos sin sentido obtenidas por los pelos de Internet, y marcas de lo que sea que cualquiera puede encontrar en la tienda de la esquina.

El invento, cómo no, es norteamericano, y sonroja comprobar que incluso en la narrativa de los escritores patrios también se recurre a la mendicante sintaxis de aquellos autores, los cuales parecen escribir para lisiados mentales o para gentes para quienes la O puede ir rellena o no, o ser light o con azúcar. Más allá de que el sólo hecho que estas obras literarias pasen por filtros y más filtros de correctores profesionales que realizan el editing que la impericia de los autores no puede llevar a cabo, lo que se vende encuadernado, no importa quien lo haya escrito, no parece sino obra del mismo descerebrado. Imposturas, absurdos, tópicos, acciones de película B y transiciones sin clase ni estilo, y paja a mansalva, se suceden machaconamente en las páginas de papel de mucho grosor y letra gorda para que rellene en falsete, entonteciendo los sentidos del mejor dispuesto y produciendo náuseas en quien, con cierta formación aunque sea muy elemental, ha tenido la audacia de echarse la obra a los ojos, quién sabe si para dar gusto a quien se la ha regalado porque le desprecia y, con veinte eurillos o así, lo ha dejado arreglado con el ladrillo de moda por el día de su onomástica. Su gotita de acción peliculeira, su miagica de imitación best-sellera según los cánones americanoides, unos muertecitos acá y allá, un suspense sostenido por asas de plastilina, y ya está: ya tenemos un superventas que se puede reducir en poco menos de media página, porque todo lo demás de paja burrera.

Del cine, ya sabemos que si la peli es española, basta con muchas palabrotas y sexo del basto, con que griten todos ordinariamente a la vez y no se crean los papeles que interpretan ni los mismos actores, todo sobreactuado o con voces atipladas, y que el argumento trate a Dios como un tarado y a los ángeles o demonios como coleguis. Un asco, en fin. Pero es que no es mejor si la peli es americana, por mucha industria que tengan, porque a ellos lo que les va es el héroe macarra, el mazas metrosexual, el que se abrocha muchas cosas, mata mucho, explosiona lo que sea, hace chispas con cualquier cosa y el que siempre, siempre, está huyendo de alguien o tiene razón para descuartizar a quien sea, eternamente pertrechado con toda una colección de armas a cuál más mortífera, con las cuales lo mismo se carga a Dios en un tú a tú, que a a Satán le canta las cuarenta. Una película en fin, con atisbos de cierta coherencia hasta su mitad, aproximadamente, pero que, a partir de ahí se les empieza a ir la olla y se les va lejos, muy lejos, a las Chimbambas como poco, no recuperándola sino hasta que inician el rodaje de la siguiente peli. De lo que se trata, al final, es de que quien quiera que sea el protagonista, se enfrente a salvar a la humanidad y lo consiga en última instancia, que les mola un huevo, o de que el prota sea el superviviente último de la especie, muy acorde con sus ancestrales manías persecutorio-apocalípticas.

La literatura, sin embargo, es otra cosa. A lo mejor no es best-seller, pero es otra cosa. No tiene nada que ver con la ordinariez, ni con la precipitación, ni siquiera con que les guste o no a los lectores, porque trata asuntos serios de una forma rigurosa y exquisita a los que siempre se acerca con una reverencia y una humildad muy prudentes, con la cantidad exacta de argumento y ornamento, y, donde la historia no es sino un recurso para adentrarse en profundidad y con erudición en un tema de interés social o en un asunto que realmente merece la pena y hace mejor al lector, enriqueciéndolo. Lo otro, es perder el tiempo. Aquéllos son los autores; éstos, los escritores. Aquéllos son los ángeles, porque contribuyen a un mejoramiento del individuo y la sociedad; éstos, los diablos, porque están haciendo el juego al Mal, degradando o insultando incluso lo más profundo de nuestras creencias por un puñado de monedas. Ángeles y diablos, ya se sabe.

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