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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group  

Juicio al relanzamiento de Obama

E.J. Dionne
E. J. Dionne
viernes, 11 de febrero de 2011, 08:08 h (CET)
WASHINGTON - ¿Es el Presidente Obama un amigo del sector privado o un crítico del sector privado? La respuesta: Sí.

Una lectura atenta del discurso de Obama esta semana ante la Cámara de Comercio de los Estados Unidos permite llegar a la conclusión que más le guste concluir de su opinión real. Y eso dice bastante de la presente fase de su presidencia.

Obama ahora tiene tres objetivos solapados. Está tratando de volver a plasmar el embrujo de 2008 cuando era más predicador de esperanza e inspiración que representante de una ideología concreta. Quiere frustrar las iniciativas Republicanas encaminadas a centrar el debate nacional en torno a una elección entre la administración intervencionista o la administración limitada. Está tratando de volver a seducir al votante independiente, pero de una forma que consolide en lugar de enajenar a su electorado del centro-izquierda.

Dicho de otro modo, quiere ser un Demócrata eficaz para los Demócratas y un postpartidista para los postpartidistas. Será esto siendo el presidente que conduce a la nación en lugar del primer ministro que tramita las legislaciones de su formación a través de un Congreso reacio y caprichoso.

Y ¿por qué no? El control Republicano de la Cámara puso fin a una fase parlamentaria de gobierno unificado de dos años. Ahora, Obama precisa de los Republicanos para tramitar una legislación o necesita elegir el enfrentamiento adecuado con ellos. Su encuentro con los líderes Republicanos de la Cámara el viernes fue la salva de apertura de lo que va a ser un melodrama denso y absorbente.

Sus colaboradores tienen otra manera de ver todo esto: Obama se siente él mismo otra vez, el tipo que logró dirigirse a todo el mundo menos a los derechistas más convencidos que pensaban que era "un musulmán" radical durante la campaña de 2008, y que lo siguen pensando.

Una cosa más: Obama parece genuinamente feliz en su labor.

A juzgar por las reacciones al discurso de Obama en la Cámara el lunes, hay un matiz de Rorschach en su retórica actual. La gente que le escucha o escucha lo que quiere escuchar, o bien lo que es propenso a escuchar, antes incluso de que él abra la boca.

El discurso hizo fácil la respuesta. Incluía muchas palabras de elogio al sector privado, al capitalismo, la promesa "de convertir a América en el mejor lugar de la tierra donde hacer negocios" y una promesa de "anular... los regímenes desfasados e innecesarios".

Pero también estuvo lleno de retos y, se diría, críticas implícitas.

Obama habló del "creciente abismo de oportunidades y riqueza" del país, advertía que "los riesgos del exceso de regulación también son equiparables a los peligros de que haya muy poca", y decía al colectivo empresarial que si el gobierno ayuda a las empresas, el beneficio económico "no se puede traducir solamente en mayores beneficios y primas para los que están arriba". Deben "repartirse entre los trabajadores estadounidenses, que necesitan saber que la apertura de mercados y la ampliación de la actividad comercial va a elevar su estándar de vida en la misma medida que sus objetivos".

Y hubo una dosis elevada de nacionalismo económico - o, como prefiere Obama, patriotismo: "Preguntaos lo que podéis hacer para contratar más trabajadores estadounidenses, lo que podéis hacer para apoyar a la economía estadounidense e invertir en esta nación". No dijo "o habrá consecuencias", cosa que habría gustado a los de la izquierda. Pero sí se colocó en posición idónea de cara al debate económico más duro que se le avecina.

No es probable que convenza a la clá de la Cámara de Comercio, que interrumpió el grueso del discurso para aplaudir tan sólo en dos ocasiones. Y hay quien se pregunta el motivo de que no hablara a un grupo empresarial más amistoso en lugar de congraciarse con la cámara, que dedicó millones a asestar "la paliza" que sufrió el presidente en noviembre. Premiar a los enemigos hace que tus amigos se pregunten por los beneficios de la lealtad.

Pero aun así los lugartenientes del presidente están complacidos con la forma en que se desarrollan las cosas. Están satisfechos de estar haciendo una defensa consistente de una mezcla de medidas públicas y prudencia fiscal encaminada a promover el crecimiento económico. Se sienten aliviados de que una Casa Blanca famosa por el comportamiento alambicado de un tema a otro en sus dos primeros años ahora manifieste mayor disciplina al mantenerse fiel a su eslogan de "ganar el futuro". Y están convencidos de que el Obama de 2011, al igual que el Obama de 2008, está haciendo una defensa progresista general que no obstante es difícil encasillar en función de las convenciones ideológicas del pasado. Tal como ellos lo ven, no está ni capitulando ni jugando a tres bandas, sino simplemente intentando ser Obama.

Se podría decir que el presidente que ayudó a salvar a la industria automovilística estadounidense ha prescindido de la política de corte Pontiac en favor de la estética Chevy Volt más fresca. El nuevo producto no ha sido aún puesto a prueba por las turbulencias del mercado, pero su lanzamiento va a ser tema de estudio en las facultades de empresariales.

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