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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

En los corruptos no cabe ningún honor

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 10 de febrero de 2011, 08:18 h (CET)
Me he tomado la licencia de jugar con la célebre frase de Tácito para sintetizar la realidad política de España y la desesperación que supone ésta para los ciudadanos que no pertenecemos a la orden fanática e irracional de ningún partido. Algo que no es nuevo para nosotros, quienes tenemos alguna edad, pues casi acto a acto y escándalo a escándalo hemos vivido ya lo mismo por allá cuando Felipe González y los suyos estaban en el poder. La corrupción, en todas sus manifestaciones, nos asola desde la mañana a la noche, y no hay un solo día en el que no nos levantemos con un nuevo escándalo, un nuevo atropello o un latrocinio que es exhibido a la luz pública para mayor ignominia de todos. Así es imposible progresar, porque nuestros pies están hundidos en un pantano de corrupción; pero ningún político hace nada por remediarlo: los unos practican el latrocinio, y los otros sólo esperan pacientemente que les caiga el poder en las manos como una fruta madura, porque en democracia sólo se elige entre lo malo y lo peor.

Aquel sinvivir de la anterior etapa socialista, ésa que dice el nefando Felipe González que se le ha perdonado, es en todo igual a ésta de Zapatero. Lo malo no son los personajes, por lo que se ve, sino el partido y/o sus propósitos, o quién sabe si el sistema democrático que concede la impunidad de atropellos durante un lapso de tiempo fijo. Entonces como ahora todo estaba enfangado por la corrupción, y, mientras medio país languidecía en las riberas del hambre y las islas del desempleo producida por una crisis galopante tan artificial como mal manejada, la corrupción salvaje galopaba desbocada por juzgados y fiscalías, por empresas y asuntos oficiales, por políticos y vivos que arramplaban con todo lo que podían como en un saqueo impune de hordas bárbaras, y todo, todo, estaba en manos de quienes usaban el Estado y las Administraciones para cuanto se les apetecía, por inmoral que fuera. Si se llegó entonces al poder después de dinamitar a la entonces UCD y articularse un revival, afortunadamente fallido, de la Dictadura de Primo de Rivera con aquel 23F jamás aclarado y en el que estuvieron involucrados nombres que todos conocemos pero que por intereses de Estado han quedado sepultados en el silencio pactado, se desenvolvió en una sucesión de corruptelas tal que incluso se legisló ad hoc para perpetrar los saqueos de nuestras mejores empresas en beneficio espurio de ciertas fortunas, e incluso se liquidó, entre cohecho y corrupción, con todo vestigio del tejido industrial de España. Lo mismo que hoy, en que se arribó, tras socavar los pies del PP con un 11M jamás aclarado y sospechosamente manipulado, y en que se legisla con el hígado, se persigue disidentes, se adoctrina en lo abyecto y el tejido social está carcomido y agusanado por una corrupción que chorrea desde juzgados a asuntos de Estado con terroristas, desde Comunidades Autónomas a Cuerpos de Seguridad, y en los que incluso se está expulsando a los españoles titulados de España para que la población sea reemplazada por sumisos inmigrantes venidos o traídos a mansalva desde los cuatro puntos cardinales del planeta, en algo parecido a una renovación sanguínea del tejido social, ya que el industrial es irrelevante y de él no se puede chupar ya nada. Nada más terrible, nada más igual. Y todavía hay quien defiende esto. Como para no creérselo o como para poner en serias dudas la estabilidad psíquica de quien lo hace, si es que no su rectitud moral.

Los mismos siniestros personajes, cuyas infectas sombras de tiniebla dictatorial manejaron la mentira como herramienta política y ocultaron con verborrea propagandística y truculencia mentirosa la Guerra Sucia, hoy –España necesita un Gobierno que no les mienta, dijeron los mismos- dejan una insoportable hedentina a traición en los pasillos parlamentarios y en los tétricos despachos de los Ministerios correspondientes. Hay voces ahora que quieren terminar de destapar aquellas cloacas del pasado en que las aguas residuales de un honor perdido se estancaron, amenazando con poner a la luz y ante los taquígrafos lo que todos sabemos pero que cobardemente callamos, mientras por otros rincones el mismo fantasma acecha con escribir páginas semejantes, aunque parezcan de sentido contrario. Tanto les da un extremo que el otro, si es que pueden sacar partido (nunca mejor dicho).

La crisis y el estado de crispada desesperación de entonces, son los mismos de hoy, con parecidos inútiles comandando las acciones, con una horda de corruptos saqueando el Estado en connivencia con otros cacos, con ingentes cantidades de sufrimiento inundando millones de hogares españoles y con una infecta clase política concediéndose a sí mismos fortunas inmorales y derechos que ofenden a la ofensa mientras esclavizan a la sociedad más humilde y nos roban incluso la paz y el sueño. Cada día una nueva oleada del inmundo hedor de una nueva corruptela nos asalta, cada día nuevas mentiras desde lo más alto se dispersan como verdades y cada día nos hundimos un poco más en este estanque de inmundicias en que ha venido a convertirse España de la mano de estos corruptos.

Y en Túnez y en Egipto quieren democracia: Que los dioses les asistan, porque si lo consiguieran, van a hartarse de ella. Y seguro que lo consiguen, porque sin duda están siendo pilotados a control remoto por quienes ya tienen preparadas sus zarpas para el latrocinio venidero. Lo mismito que aquí hicieron éstos maúlas con nosotros. Lo mismito. En vano es esperar ninguna honorabilidad de personajes semejantes, porque la corrupción llena de tal modo sus almas que en ellas no cabe ningún vestigio de honor.

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