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La salud y la enfermedad

Francisco Rodríguez
Francisco Rodríguez
miércoles, 9 de febrero de 2011, 08:25 h (CET)
Cuando estamos sanos pensamos menos en la salud que cuando estamos enfermos. Creemos que lo normal es estar sanos, por lo que cuando nos sentimos enfermos tratamos de restablecer la salud rápidamente y buscamos los remedios adecuados. Pero mientras nos curamos o no andamos dándole vueltas a las posibles causas de nuestro mal. Nos preguntamos si habrá sido nuestra imprudencia, lo que hemos comido o bebido, el posible contagio o la herencia que nos ha dejado alguno de nuestros progenitores que también padecía de lo mismo.

Aparte de ello, cuando estamos enfermos quizás nos demos cuenta que la salud es una situación de equilibrio bastante frágil. Lo verdaderamente chocante es que todas las partes de nuestro cuerpo funcionen de forma eficiente, dada la poca atención que le prestamos, pero cuando algo se estropea, ponemos de inmediato todo nuestro interés en repararlo.

Claro que a veces las cosas no tienen fácil arreglo y es necesario acudir a medidas drásticas y dolorosas, especialmente cuando nuestra enfermedad atraviesa el umbral de una crisis que puede llevarnos a superarla o a quedarnos en situación de invalidez más o menos acentuada. También a morirnos, ya que no estamos diseñados para durar eternamente dentro de un cuerpo irremisiblemente caduco.

De la misma forma, las personas que formamos un país, cuando las cosas marchan bien, creemos que es normal nuestro estado de bienestar, que todo está asegurado, progresamos y avanzamos hacia un futuro mejor, pero la salud de un país también depende de un frágil equilibrio, que exige el eficiente funcionamiento de todas sus instituciones.

Si los que dirigen estas instituciones se dedican a ponderar nuestra buena salud y a convencernos de que estamos en buenas manos, de que llevamos una marcha imparable hacia una vida cada vez más cómoda y hedonista y nos lo creemos, nos daremos cuenta, tarde y mal, que estamos realmente enfermos, que nuestra enfermedad es grave y llegamos a la crisis, al momento en que o reaccionamos o nos quedamos inútiles, incluso podemos morirnos, pues nuestro cuerpo social es cada vez más viejo y no hay gente nueva suficiente para regenerarnos.

Cuando se dice de una persona que padece un fallo multiorgánico, podemos esperar lo peor. Lo mismo podemos decir de este ente colectivo que llamamos España, cuando comprobamos el mal funcionamiento de su economía, de su sistema financiero, de su gobierno, de su parlamento, de sus tribunales, de sus partidos, de sus sindicatos ¿seguimos? Lo más grave es, que los mismos que causaron los males sean los que se ofrezcan a sanarnos.

Pensemos que la familia, célula básica de la sociedad, ha sido atacada en sus notas esenciales: la estabilidad, la procreación, la educación. No olvidemos que han tratado y siguen tratando de manipularlos, en una vasta operación de ingeniería social, en la que lo bueno o lo malo no tiene más apoyatura que la opinión cambiante de las mayorías parlamentarias, en la que hasta ser hombre o mujer ha dejado de ser una realidad incuestionable para ser un simple producto cultural, en la que gobernar no es preocuparse del bien común y garantizar la libertad de los ciudadanos, sino el medio para gozar del poder a nuestra costa.

La crisis que padecemos al dejado al descubierto nuestra enfermedad. ¿Seremos capaces de reaccionar y salir de ella, o nos espera un largo periodo de penurias y el futuro de una sociedad envejecida e irrecuperable?

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