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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Internacional

Ver Egipto en el espejo

Kathleen Parker
Kathleen Parker
sábado, 5 de febrero de 2011, 23:28 h (CET)
NUEVA YORK - La agitación de Egipto ha sido una lección de fragilidad de un derecho que con mucha frecuencia damos por sentado: el de expresión.

También ha sido un recordatorio a los que se burlan de "los medios tradicionales" como si fueran el enemigo, traidores o cosas peores, de que muchos miembros de esa criticada tribu son también muy valientes.

La lista de periodistas que han sido atacados, golpeados, acusados o detenidos en Egipto desde que comenzaran las revueltas consumiría el espacio de esta columna. Incluiría los ataques a Anderson Cooper, de CNN, así como a los periodistas y fotógrafos de Fox News, The Washington Post y The New York Times, entre numerosas publicaciones más y medios de difusión de todo el mundo.

Los ataques han estado bien organizados y son estratégicos, lo que insinúa la existencia de algo más que un estallido orgánico de la ciudadanía de a pie. El Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ), fundado en 1981 para proteger la libertad de prensa y a los periodistas, ha sumado su voz a los que afirman que los ataques fueron orquestados por el gobierno de Hosni Mubarak.

Mohamed Abdel Dayem, el coordinador del programa del Comité para Oriente Próximo y el Norte de África, informaba el miércoles que "el gobierno egipcio está empleando la estrategia de eliminar los testigos de sus acciones. El gobierno ha recurrido a la censura integral, a la intimidación y hoy a una serie de ataques deliberados contra periodistas perpetrados por turbas progubernamentales. La situación es alarmante, no sólo porque nuestros colegas están sufriendo agresiones sino porque cuando se impide informar a la prensa, perdemos una fuente independiente de información crucial".

La indignación a tenor de que los periodistas sean blanco ha sido expresada adecuadamente por diversos jefes de estado, incluyendo al Presidente Obama.

Los ataques a la prensa no son nada nuevo. Cinco han perdido la vida ya en lo que va de año, incluyendo uno el viernes en El Cairo. Desde 1992, 850 han caído en acto de servicio. De éstos, más de 500 fueron asesinados con impunidad, según el Comité. Otros 145 periodistas están encarcelados por todo el mundo bajo el cargo de informar.

Lo que salta a la vista de la mayoría como nuevo son estos ataques en tiempo real contra personas que conocemos. Ver a Katie Couric siendo hostigada y empujada por una multitud de varones enardecidos en El Cairo fue especialmente desagradable. ¿Nuestra Katie? No se lleve a error. Katie la despabilada es también Katie la valiente.

Para los periodistas, no hay chute de adrenalina como estar allí. Hay algo en la composición de aquellos que se matriculan en periodismo que les hace querer formar parte de la acción pero también de algo valioso. El sesgo que tantos reconocen en los medios es, entre otras cosas, un sesgo en favor de los oprimidos, ya se trate de una madre soltera o de un pueblo oprimido. Que los matones del gobierno quieran acallar a los periodistas enviados a Egipto es comprensible. La cámara enfoca a masas indefensas deseosas de expulsar a su faraón del trono.

Esto viene a significar que aquellos periodistas que pisan el terreno lo hacen de buen grado. Apostaría a que todo periodista encerrado en un cubículo en este momento querría estar allí, incluso si también está silenciosamente agradecido por estar seguro. No es sólo estar donde está la acción sino también dar testimonio de la historia y de la lucha humana eterna por ser libres.

Es muy poco frecuente ver de primera mano nuestros derechos (y responsabilidades) constitucionales puestos de manifiesto de manera tan cruda o tener el valor de que nuestras convicciones sean puestas a prueba, aunque sólo sea indirectamente. El pueblo egipcio es valiente también, pero es su lucha. Otra lección: Las democracias han de surgir de las pasiones encendidas de sus propios electorados. Puede que la libertad la dé Dios al nacer pero, al igual que la vida, tiene un periodo de gestación y normalmente nace con dolores. Después viene el crecimiento a través del ejercicio consciente de la voluntad humana y las instituciones aún por concebir.

Fundamental para este proceso, como entendieron los artífices de nuestra nación, es la libertad de reunión y de expresión. Cada día toleramos a comediantes, tertulianos y expresos junto a fanáticos, payasos y bobos de teta por el bien mayor de una sociedad libre en la que a nadie le aplasten la cabeza por decir lo que piensa de los que están por encima de él.

No son tan afortunados los cientos o miles de egipcios que han sufrido palos (o la muerte) al pretender buscar su propia vía a la libertad. En la crónica desde El Cairo, el columnista del Nueva York Times Nicholas D. Kristof habla de un carpintero llamado Mahmud que había necesitado atención médica siete veces en 24 horas. Su brazo estaba en cabestrillo, tenía una pierna escayolada y llevaba la cabeza vendada. Volvía a por más.

Kristof se quedaba "de una pieza" cuando Mahmud le dijo: "Voy a luchar mientras pueda".

Todos deberíamos quedarnos así -- no sólo a causa de los Mahmud sino también por los Kristof.

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