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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Fracaso estrepitoso en Egipto

David S. Broder
David S. Broder
sábado, 5 de febrero de 2011, 23:27 h (CET)
WASHINGTON - Después de haber crecido en la zona metropolitana de Chicago siendo hincha de los desafortunados Cubs y más recientemente de los desventurados Washington Nationals, me siento particularmente cualificado para comentar las luchas de la administración Obama por hallar un papel útil que desempeñar en la crisis que pone Egipto y al resto del mundo árabe patas arriba, por no hablar de las tormentas de nieve del interior y Nueva Inglaterra.

Sé que las analogías deportivas - como las anécdotas climáticas de la juventud de uno - son peligrosas y en ocasiones engañosas. Pero en este caso, son irresistibles.

El hecho que hay que aceptar es que hay muy poco que Washington pueda hacer a propósito del impacto de los sucesivos años de terrible clima invernal o el levantamiento de El Cairo que amenaza los intereses estadounidenses en Oriente Medio.

Abordemos primero lo segundo. Estados Unidos tiene una larga trayectoria en Egipto - una trayectoria demasiado larga. Se remonta al rey Faruk, un nombre que en estos tiempos no significa nada para mucha gente. Nadie posterior a mi generación podrá evocar la imagen mental del playboy emperador fumador empedernido de El Cairo. Pero él fue nuestro hombre durante un tiempo a principios de la década de los 50 y el pueblo egipcio no ha perdonado ni ha olvidado.

Mantuvimos relaciones con Egipto a causa de nuestro interés en el Canal de Suez, la arteria marítima vital por donde el suministro petrolero de gran parte del mundo se transporta desde el Golfo Pérsico. Ese interés era tan enorme que el Presidente Eisenhower desairó a dos de nuestros aliados más incondicionales, Gran Bretaña y Francia, cuando ellos decidieron tratar de arrebatar el control del canal a Egipto.

Esto nos hizo populares entre la gente de El Cairo durante un breve lapso de tiempo, pero no duró mucho. Los líderes posteriores que nos apoyaron, acabando en Hosni Mubarak, han sido cada vez más impopulares entre los suyos.

Lo que me devuelve a mi analogía.
Como hincha de los Cubs, y más recientemente como seguidor de los Nationals, estoy acostumbrado a dedicar los septiembres de cada año a leer acerca de las empresas del resto de equipos en la World Series. Ya se trate de los Red Sox defendiendo a los Yankees, o de los Giants que intentan entrar por primera vez desde que la Senadora Dianne Feinstein era la alcaldesa, aquellos que comparten mi historia han aprendido que ver a los demás equipos en momentos tan históricos no es divertido.

Sabes que algo importante está sucediendo y que inevitablemente te va a afectar. Pero no sabes a quién animar y, en última instancia, te acabas dando cuenta de que los acontecimientos van a desarrollarse y de que casi no tienes ninguna influencia sobre el resultado.

Esa es la realidad a la que se enfrenta hoy el Presidente Obama. Sus manos están atadas mientras Egipto estalla.

Al principio manifestó apoyo y simpatía hacia las fuerzas democráticas que llenan las calles y aprecio porque el ejército egipcio se abstuviera de disparar. Pero en cuanto quedó claro que Mubarak vivía sus últimas horas en el poder, antes o después, todo el mundo reparó en que la Hermandad Musulmana puede ocupar el vacío de poder resultante y el caos para erigir un régimen hostil a orillas del Canal de Suez.

¿A quién animas en una situación así?

Salto con alivio al tema del clima. Washington perdió a consecuencia de la nieve el pasado invierno una semana laboral entera, porque no teníamos recursos para hacer frente ni siquiera a unos cuantos copos. Aparte de una pesadilla nocturna recientemente, este año nos hemos salvado. Pero ver las fotografías de cientos de coches y autobuses atascados en Lake Shore Drive en Chicago la noche del martes trajo recuerdos de otras ventiscas que convirtieron en una aventura hasta cruzar Midway desde Burton-Judson para llegar a Cobb Hall a tiempo para la clase de historia en la Universidad de Chicago.

He conducido tantas veces por Lake Shore Drive, ya fuera por su salida en Sheridan Road o con destino al norte por Addison, donde todos los caminos conducen al estadio de los Cubs, que di el pésame a los conductores y los pasajeros que no podían llegar a la próxima salida a causa de todos los vehículos atascados. Lake Shore Drive, más conocida como el intercambiador de Detroit, termina en el Edgewater Beach Hotel, cuyas playas cristalinas pocas veces eran pobladas por sus ancianos residentes. Pero cortaba el tráfico que llegaba directamente de Evanston, sede de las dos instituciones más elitistas de la zona, la asociación de lucha contra el alcoholismo Woman's Christian Temperance Union y la Northwestern University, aún cuando no había ventiscas soplando. El martes ni siquiera se podía llegar al Edgewater Hotel.

No había nada que hacer al respecto. Exactamente igual que Estados Unidos en Egipto.

© 2011, The Washington Post Writers Group

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