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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Y ahora, ¿dónde fumo?

Nieves Fernández
Nieves Fernández
sábado, 5 de febrero de 2011, 23:09 h (CET)
Si antes has sido una persona que en la adolescencia has recibido clases con profesor fumador, de tabaco rubio para más inri, que daba un aroma interesante a las clases de historia de España que impartía, al tiempo que el humo te transportaba a lugares exóticos.

Si te has tragado el humo en multitud de películas como Casablanca, tras la cual vendría toda una serie de actores y actrices que prestaban voz y ademanes a otros tantos personajes que te enseñaban a coger el cigarro con estilo y con gracia.

Si has visto que un cigarro ha sido un buen motivo para las relaciones afectivas y sociales en tu viejo instituto de secundaria como intercambio tabaquero, incluso cuando el encargado de la barra del bar vendía, junto a los medios bocadillos, los cigarros de uno en uno, y a menores, como un negocio más y no pasaba nada.

Si has ayudado a un coleccionista catalán a recopilar artículos de fumador para crear un museo muy particular, que antes del cambio brutal que se le ha practicado al hecho de fumar hubiera sido un lugar interesante y uno de los primeros y reconocidos Museos del Tabaco.

Si has coleccionado para ese mismo curioso amigo coleccionista anuncios a toda página y a todo color de revistas y periódicos, cuando todavía los hombres y las señoritas elegantes difundían el temido vicio, por otra parte socialmente aceptado, y se gastaban un pastón en publicitar lo que ahora es a todas luces prohibido.

Si has ido a una consulta de especialista de pulmón y corazón y te ha recibido con un cenicero lleno de colillas y otra entre sus dedos amarillos, mientras tu acompañante enfermo respiraba de manera profunda a las órdenes de ese mismo médico auscultándole.

Si has pasado por cosas como éstas y ahora estás viviendo todo lo contrario y toda esa cultura, “¿cultura?” del tabaco que antes hemos olido y tragado se ha esfumado como el mismo humo, porque la restricción ha llegado a las censoras pituitarias que nos quieren convencer, y nos convencen, de que el tabaco es muy pero que muy malo para los españoles pero muy bueno para España y para su gobierno que lo sigue vendiendo descaradamente en lugares llamados estancos, lugares que deberían llamarse como mínimo dispensarios venenosos, pues veneno como peste venden a quien se atreve a comprar algún paquetillo ilustrado con imágenes y frases alusivas al cáncer. Dispensarios oficiales e hipócritas para que los “viciosos y apestados” hagan uso y acopio de lo que no se deja utilizar en lugares públicos pero que sí se venden en locales públicos comerciales.

Entonces, te preguntarás dónde podrás fumar ahora, en qué esquina te colocarás, en qué acera habrá una señal instalada para poder inhalar la nicotina prohibida y vendida con la misma fuerza e intensidad. Buscarás un estadio, una playa, un parque, una residencia de mayores o las inmediaciones de una cárcel y seguro que finalmente ese será el mejor lugar para fumarse un cigarro sin miradas que acusen tu osadía social.

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