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Etiquetas:   Egipto   -   Sección:   Internacional

Pobreza y corrupción: factores determinantes de las protestas en Egipto

Johari Gautier Carmona
Redacción
viernes, 4 de febrero de 2011, 16:23 h (CET)
Las recientes protestas en Egipto han dirigido las miradas hacia los factores causantes de un estallido social histórico. La reciente revolución tunecina y la consecuente huida del presidente Ben Ali han despertado las ansias de libertad y justicia del pueblo egipcio entero. Sin embargo, éstos no son los únicos determinantes.

La corrupción que carcome el Estado entero, desde sus estratos más bajos hasta los lugares más inesperados, impide el crecimiento de un país rico en recursos naturales. La extrema pobreza de ciertas clases y el analfabetismo de un 30% de la población son otros elementos que provocan un creciente descontento en el segundo país más poblado de África.



Turistas desde el barco.


A lo largo del río
El Nilo. Ese río mítico, testigo de la mayor civilización de todos los tiempos. El Egipto de los Faraones. Sinónimo de fertilidad y de máximas riquezas. Unión entre el mar mediterráneo y el país del oro (Nubia). Es también es el testigo de una pobreza extrema y de tiempos crispantes. En Asuán, la ciudad más sureña de Egipto, los niños abordan las falukas (unas embarcaciones turísticas parecidas a las golondrinas de Barcelona) para llamar la atención de unos viajeros en busca de exotismo, cantar unas músicas occidentales con una innegable habilidad ––“La macarena”, “Guajira Guantanamera”o “La Cucaracha” ––, y llevarse de esta manera unos caramelitos o unas libras egipcias. Así pasan sus días enteros, sobre el agua, sentados como funambulistas sobre una plancha de madera que flota milagrosamente, remando con sus brazos flacos y yendo de faluka en faluka para ganarse el pan del día.

La imagen es desgarradora, pero no extraña. La ciudad de Asuán también evidencia ese estado precario con viviendas derruidas y calles inacabadas. Parece que un ciclón hubiera arrasado toda la ciudad pocas semanas antes, sin dejar otra alternativa a sus habitantes que trabajar con más ahínco en sus oficios habituales. Los niños de poco más de cinco o seis años venden collares y gorritos por las calles del centro, sin la presencia de sus padres y se pegan a los turistas en las terrazas del centro como si ellos fueran los salvadores. Con ese panorama, el sabor de la cachimba se amarga. Los carteles que claman “Te queremos” al líder incontestado, Hosni Mubarak, pierden su significado. Pero, ¿acaso tuvieron sentido alguna vez?




Balsas al borde del cruero.

En el puerto de la ciudad de Edfu, unas balsas abordan nuestro crucero. Esta vez, los comerciantes son de una edad más avanzada pero la desesperación en sus ojos sigue siendo la misma. Se organizan en grupos de cuatro o cinco embarcaciones para acercarnos y el ataque ––parecido al de unos piratas del Caribe––, es letal. En pocos segundos, nos avasallan tirándonos artículos con una desconcertante puntería. Alfombras, djellabas y otras prendas caen sobre la borda para obligarnos a comprarlas. Desde el río, los gritos de los comerciantes se suceden, se avivan, nos zarandean hasta que, finalmente, acabamos arrojando un billete a los asaltantes en una bolsa de plástico a cambio de cualquiera cosa. La experiencia de un regateo a distancia en el río más grande del mundo nos sorprende. A estas formas de comercio no estamos acostumbrados. La supervivencia grita con más fuerza.

Un panorama insostenible
Con un 30% de su población menor de 14 años, Egipto es un país eminentemente joven. Una nación con mucho futuro y poco presente. Una mina de energía. “El gobierno dice que el paro está en un 10%, pero todos sabemos que es mentira. Los organismos internacionales lo reconocen. Debe haber más de 20% de paro actualmente”, explica Islam, un guía turístico de 31 años incrédulo y cansado por tantos anuncios propagandísticos. Según él, la mayoría de los datos difundidos han sido maquillados por el gobierno egipcio para tapar la hecatombe social. “Oficialmente, el analfabetismo está en 10% pero eso es mentira también. ¡Más de 30% de la población es analfabeta!”.

Las condiciones laborales no suavizan el trago. Pese al miedo que le genera las manifestaciones de El Cairo, Rafa, un guía egipcio de 47 años y padre de dos hijos, las entiende y las respalda. “Esto va ir a más. ¡Es inevitable!”, exclama. “La gente lo está pasando mal. Algunos trabajan sin sueldo en cafeterías del centro de El Cairo y sólo viven de las propinas que reciben”. Los salarios no son todavía objeto de una reglamentación y permanecen a un nivel irrisorio, sin ajustarse a las alzas de precios de los productos básicos. “No se puede vivir con 700 libras egipcias [100 euros] por mes”, sostiene Rafa indignado. Ahora, el descontento no sólo es de uno: es de todos y se manifiesta vivamente en las calles de El Cairo, como un grito incontenible.

Las estadísticas publicadas por UNICEF corroboran algunas de estas declaraciones. Con una tasa total de alfabetización del 72% para los adultos, la situación de Egipto contrasta netamente con la de España (del 97%). De la misma forma, aunque Egipto se coloca en un lugar favorable dentro de los países árabes, su ingreso nacional bruto de 1800 dólares per cápita se distancia mucho del español (31960 per cápita). Son cifras altisonantes y alarmantes. Cifras que no significan nada si no se indaga en el daño ocasionado por la corrupción, siempre más difícil de cuantificar.




Policía egipcia.

La corrupción omnipresente
Está en todas partes. En la calle, las comisarías, en los comercios e instituciones del Estado, nos asegura Ahmet, un joven comerciante de El Cairo. “La corrupción asfixia a todo el país”, añade y lo comprobamos al visitar los lugares emblemáticos, los museos y las tumbas de los faraones. Aunque esté prohibido acceder a muchos monumentos por cuestiones de conservación, con unas cuantas libras egipcias o unos euritos entregados discretamente, uno puede llegar a adonde quiere, incluso a costa del patrimonio histórico del país. Las reglas no existen para el que paga. Todo es un manto de humo que invita a la informalidad. Todo tiene su precio y Nati, una turista española de Navarra, que se ha visto obligada a sobornar un empleado egipcio para comprar un simple billete de avión de regreso a su casa y así escapar de la hecatombe del aeropuerto de El Cairo, nos lo confirma: “El empleado me dijo: si queréis billetes, dadme quinientos euros. ¡Aquí, sólo sobrevives con dinero! Es muy triste”.

Egipto es un país rico en recursos que, además de los ingresos del Canal de Suez y de la ayuda millonaria prestada por Estados Unidos, produce gas y petróleo, vende electricidad a sus vecinos y atrae a más de 15 millones de turistas anuales. Sin embargo: “El gobierno se lleva gran parte de los ingresos”, clama con rabia Ahmet, el joven comerciante. Luego nos explica que los militares y la policía son los más beneficiados por el régimen. “Reciben los sueldos más altos, tienen privilegios que otros trabajadores o funcionarios no disponen”. Por eso, se muestran tan leales a Hosni Mubarak. Y por eso también siguen a su lado después de todas las protestas de un pueblo desquiciado.
El futuro pasa por otro régimen, eso defiende Islam, un guía que nunca ha conocido otro presidente que el actual. “Cualquier cosa es mejor que Mubarak”, repite con insistencia. Y en sus ojos brilla el sueño de un cambio justo para la inmensa mayoría.

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