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Más allá de la vida: La película y el programa

Ana Rodríguez
Ana Rodríguez
viernes, 4 de febrero de 2011, 16:10 h (CET)
Extrañas perversiones de la esfera televisiva han hecho coincidir la película de Clint Eastwood, Más allá de la vida (Hereafter), con el programa de televisión presentado por Jordi González que, con el mismo título, ofrece semanalmente un despliegue de las –presuntas- habilidades como médium de Anne Germain, las cuales le permiten charlar con los difuntos del público y los famosos que acuden al plató.

Como es poco probable que se trate de una casualidad, cabe pensar más bien que Tele5 ha tomado deliberadamente el nombre de la película de Eastwood para aplicar, aunque sea desde el inconsciente, cierto barniz de credibilidad a su show de fantasmagoría, porque el film, a diferencia del programa, sí hace eso de tomarse en serio el asunto de qué ocurre cuando morimos, si es que realmente ocurre algo, y la muerte no es, como sospechamos, el punto final a absolutamente todo.

Más allá de la vida (el film) plantea, no sin cierto sesgo, la velada agresividad racional que existe hacia quienes creen en la muerte como acceso a un nuevo estado, un nuevo territorio de compleja definición. Consigue poner a prueba los prejuicios que acarreamos hacia cualquier posibilidad que cuestione la idea de la muerte como final, y que abra la expectativa de un principio, pues esa puerta abierta no resulta en realidad tranquilizadora, sino incierta y terriblemente desasosegante. Si luego no hay nada, menudo disgusto, y menudos idiotas.

Tan convencida parece la película de que entre nosotros existen auténticos –y falsos- médiums, y que las llamadas ECM, experiencias cercanas a la muerte, prueban que tras lo que conocemos como vida, hay algo más, que en esa crítica a los escépticos, bordea el retrato de ellos como obtusos insensibles, miedosos ante el gran tabú que ya han ubicado en un lugar inamovible lejos de la esperanza.

No es este un asunto menor, y los relatos del túnel hacia la luz blanca, la recapitulación de la propia vida, la sensación de ingravidez, la salida del propio cuerpo para observarse a un mismo… fascinan en mayor o menor grado a cualquiera.

El cine ha dado buena cuenta de esa curiosidad que hasta a los más descreídos pica. Me vienen a la cabeza los clásicos del tema: Ghost, Poltergeist, El sexto Sentido o Lovely Bones; y en la última década, una hornada de series protagonizadas por sujetos “conectores” de ambos mundos: Entre Fantasmas, Medium, El mentalista (con matices) e incluso Tan muertos como yo o, tangencialmente, A dos metros bajo tierra.

Moda, o cierta predisposición resurgida hacia el territorio de la espiritualidad, lo cierto es que el contacto con los difuntos, o por lo menos su posibilidad, se encuentra en las ficciones contemporáneas. Y ahora, además, en la realidad de un plató de televisión, en el que una señora con aspecto maternal, bondadoso y un poco volado, crea un personaje bastante poco convincente del médium contemporáneo: el médium mediático.

La sensación de que recita –o le recitan- un guión, la extraña frialdad de todo el proceso, la visible intuición de la mujer para reconducirse en función de las respuestas del interlocutor y el olor a truco/trato/timo, convierten las dudas que la película de Eastwood plantea, en debilidades sobre las que construir espectáculo. Manejar bien la esperanza, conlleva emoción asegurada. Huele un poco a chamusquina, sin embargo, que todos los muertos sean tan buena gente, que todos sin excepción nos deseen lo mejor y nos digan lo que, precisamente, estábamos esperando oír.

Antaño los asuntos de espiritismo se imbuían de atmósferas lúgubres, puestas en escena que buscaban el trampantojo y un aire de cientifismo y oscurantismo muy singulares. Hoy, bajo los intensos focos de un plató, Anne Germain ni siquiera necesita tocar a los integrantes del público para percibir a sus muertos.

A mí, francamente, me resulta mucho más estimulante y divertida toda la vieja parafernalia fantasmagórica que esta sosería minimalista que prefiere asegurarse de que las lágrimas estén bien iluminadas. Me parece que nos hemos vuelto muy poco exigentes en lo que a espectacularidad del más allá se refiere.

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