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Los rojos ganan

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 4 de febrero de 2011, 23:00 h (CET)
El rojo banco de Santander está que le sangran las manos con las reformas llevadas a cabo por el rojo PSOE y los rojos sindicatos CCOO y UGT: los rojos ganan. Nada, absolutamente, tienen que ver en ello las ideologías, porque ninguno de ellos las tienen. El único elemento común entre tan extraños camaradas de andadura, es la pasta en crudo: los miles de millones que reciben en concepto de estipendios esos sindicatos que no representan ni a un 5% de la masa laboral, los miles de millones con que se forran los políticos y empresas afines al PSOE (casos de corrupción manifiesta y descubierta aparte), y los miles de millones de presente y de futuro con que el banco de Santander se forra el hígado con estos acuerdos y en este predio de “haga usted lo que quiera con sus clientes” cuya patente le ha concedido el Gobierno. Ganan los rojos, ya digo, no hay más que ver los emblemas y colores distintivos de todos ellos, hermanados en el colorado.

Quienes leyeron Sangre Azul (El Club) ya saben de qué va todo esto, y cómo se lo montaron los rojos estos fecha a fecha para llegar adonde estamos. Aquí no tiene nada que ver el credo, ni la fe, ni ninguna de esas mandangas etéreas: se trata de poder, de dinero, de ser el amo de la manada, de que los esclavos contribuyentes sean cada día más obedientes e incondicionales a quienes les saquean, vaciándoles de cualquier contenido. La democracia, para ello, es el sistema ideal, porque al igualar a los ciudadanos la calidad media desciende porque son muchos más los que rebuznan y se someten al látigo que quienes piensan y se rebelan, muchos más los que comen paja que los que vigilan su dieta. No hay credos, no; ni fe, ni ideología, ni nada. Bueno, nada sí que hay: mucha nada.

La naturaleza humana es la del depredador, por eso funciona lo bien que lo hace el capitalismo, que es el sistema que ni pintiparado que le permite al hombre depredar al hombre. En el orden de las ideas podrían funcionar bien otros sistemas más ecuánimes y convenientes, pero no en el mundo de la realidad. A todos los que tienen algún poder o quieren alcanzar ese poder, les conviene que sean así las cosas, y, aunque formalmente protesten, lo hacen de cara a los votantes y con la boca pequeña, porque aspiran a lo mismo, y saben que estas medidas truculentas impuestas les están facilitando el camino y llenando la futura bolsa. Por eso no hacen sino gestos inútiles de postín, apuntan maneras, pero aplauden por lo bajini, se recrean y gozan, evitando las movilizaciones, la oposición en crudo o las mociones de censura. Está todo muy mal, pero se conforman con que dimitan, con que se vayan, y les dejen el campo arado. No hay penas para nadie, ni siquiera persecuciones legales, sino sólo espacios de poder, que es decir de dinero.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, allá por cuando se fueron formando las estructuras masonas del New World Order actual, la andadura ha sido larga pero muy fructífera. El sistema demostró fehacientemente que la libertad es un fiasco, con el movimiento hippy; y que la rebeldía política es un callejón sin salida, con el Mayo Francés y la Primavera de Praga. Entre todos aquellos rebeldes no había nada más allá de las diatribas de cafetín o de las posturas naturalistas para practicar el Ananga Ranga por la cara. Después de aquello, todo es ya inútil, todo mentira: los rojos ganan. Paso a paso, día a día, de la mano de los rojos –Quinta Columna del NWO- la rebeldía entró en vía muerta, porque esos rojos, sociatas, descarrilaron el tren del progreso ciudadano a propia intención, infiltrándose con su nada entre los creyentes. La IS, en realidad, también nació después de esa II Guerra Mundial, al tiempo que la CE, la ONU, el FMI, el BM, etc. Quien analiza la naturaleza de sus miembros, entiende la Historia reciente, cada suceso, incluso que a medida que se destapan casos como el de Túnez o Egipto, expulsen a los partidos dirigentes de esos países de la Organización, porque se les ve el plumero a todos.

En Sangre Azul (El Club), describo con los sucesos que fueron cabeceras de noticieros cómo se fueron degradando las cosas día a día y cómo se fue recluyendo a la ciudadanía en un redil de intereses en el que ella no es sino el ganado, la carne contribuyente, la nada. Sin ir más lejos, aunque ayer muchos se rasgaban las vestiduras porque teníamos mileuristas entre la población trabajadora, hoy esa misma población se conforma con tener un trabajo de la mitad de eso por mes, y aún no les importa que se hayan liquidado las pensiones, que se haya alargado la vida laboral hasta lo descabellado o que sus sindicatos formen parte de ese atraco que ya nadie podrá compensar en el futuro. A nadie le importa, como no les importa que si ayer le cobraban intereses al banco por tener una cuenta, hoy el banco les cobre un capitalazo a ellos por tener abierta una cuenta, porque ya se ha completado el ciclo en el que el banco se ha hecho imprescindible y todo movimiento económico pasa necesariamente a través de ellos. Ya lo dije en Sangre Azul (El Club). Los rojos ganan. Y, mientras los rojos regalan a la ciudadanía las drogas que la estupidizan –concursos, televisión basura, literatura basura, cine basura, videojuegos, botellones, grandes hermanos, operaciones triunfo, programas rosas, sonsonetes, descerebrados, frikis, putas, etc.-, van cerrando el lazo en el gañote de la población con más y más leyes coercitivas y con pérdidas permanentes de derechos, porque ya no habrá ninguna revolución que lo remedie. Imposible sería lograr eso sin cierta alternancia en el poder, de modo que los rojos aprieten la soga mientras los azules remedian cada tanto el caos durante un tiempo para que el cuerpo social no se asfixie. Los rojos ganan, y aplauden, y se gozan. Los azules, también. Y, sin embargo, ni la Justicia ni la Libertad tienen colores; son tan trasparentes, tan etéreas, que nadie los ve. O a lo mejor es así porque la población tiene los ojos puestos en la tele o en las videoconsolas, o quizás sea que están deslumbrados por los vivos colores con que se adornan y travisten quienes los engañan.

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