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Etiquetas:   Análisis internacional  

San’a no sana

Isaac Bigio
Isaac Bigio
viernes, 4 de febrero de 2011, 23:00 h (CET)
San’a, la capital de Yemen, se ha convertido en uno de los focos de las protestas del mundo musulmán. Esto se debe, en parte, a la enfermiza disparidad que hay entre ésta y muchas de las demás capitales de la península árabe.

Las grandes ciudades de las petro-monarquías del Golfo Pérsico vienen compitiendo entre ellas para ver quiénes ponen en pie los rascacielos más ostentosos. Uno de los Bin Laden destruyó las torres gemelas de Nueva York, pero su familia viene edificando en La Meca el segundo rascacielos en altura del mundo aunque el de mayor en área construida.

El edificio más alto que haya erigido la humanidad es uno que recientemente se inauguró en Dubái, (capital de los Emiratos Árabes Unidos): el Burj Khalifa (cuyo nombre contiene el del Emir). Este tiene 160 pisos y 828 metros de altura (casi el doble del mayor rascacielos de EEUU).

En la última década esta ciudad ha concentrado el 20% de las grúas del mundo y se ha inundado de rascacielos. Hay 170 que superan los 100 metros de altura y 550 más en construcción. Islas artificiales con forma de hojas o edificios que se mueven para recibir el sol son algunas de sus excentricidades. Encima, hubo planes para hacer la torre Nakhal, la primera edificación en superar una altura de un kilometro.

Al Riad, Kuwait y Doha también tienen sus propios rascacielos ultra-modernos. Esta última fue la sede de las olimpiadas asiáticas 2,006 y lo será del mundial de fútbol 2,022.

El boom de la construcción ha hecho que varias de estas petro-familias reales empiecen a construir torres similares en las antiguas potencias que les colonizaron. Una de ellas es la de London Bridge, la cual, aún sin terminar, ya es la más alta de Inglaterra (la misma que está generando un proceso de regeneraciones que afecta el futuro del adyacente barrio latino de Londres).

En cambio, si una va a San’a, la capital de la nación con más habitantes nativos de dicha península, encontrará cuan agonizante es dicha contradicción.

Esta ciudad es una de las habitadas más antiguas que hay. Considerada patrimonio de la humanidad por la UNESCO contiene a una de las primeras mezquitas. Sin embargo, allí no se ve nada de la riqueza, del desarrollo, de los turistas o de la mano de obra inmigrante que abundan en las demás capitales de su región.

San’a está llena de edificios, pero todos muy antiguos y ninguno que tenga decenas de pisos. Frente a las arterias y autos ultramodernos de las urbes de los demás países de su región, las calles de San’a son estrechas, añejas y rodeadas de altas paredes, las cuales son un laberinto útil para que los locales se escondan o embosquen a sus invasores.

Todos los yemenitas se precian de llevar en sus cintas una mini-espada curva, como símbolo de prestigio y alerta. En vez de las mega-tiendas de lujo que hay en todas las demás capitales de la península, San’a está llena de mercados.

Sus puestos se parecen a muchos de los de los de los pueblos de los Andes, incluyendo el hecho de que allí se vende mucho una hoja que se masca para dar energía.

San’a, a 2,200 metros sobre el nivel del mar, es la capital árabe más alta. A diferencia de las capitales más elevadas del mundo (La Paz, Quito y Bogotá) San’a es muy tribal y tiene pocos predios modernos.

Más del 60% de los yemenitas están desocupados, mientras que su ingreso promedio es decenas de veces inferior al de sus ricos vecinos. Ello genera que el Yemen tenga dos guerras internas, insurgencias armadas pro-socialistas, pro-Irán y pro-Bin Laden (cuya familia proviene del Yemen) y que también pueda hacer que este país siga la senda anti-dictatorial de Túnez.

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