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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

¿Hacia un totalitarismo visible?

Clemente Ferrer (Madrid)
Redacción
viernes, 4 de febrero de 2011, 15:28 h (CET)
La recta tolerancia es aquella que ambiciona la verdad y el bien de todos los mortales. Una visión relativista de la tolerancia, para poder vivir en una tranquila convivencia democrática, afirma que el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental de las formas políticas democráticas y que, cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza, no son personas fiables desde el punto de vista democrático al no admitir que la verdad sea decretada por la mayoría o que sea mudable según los diversos equilibrios políticos.

Es cierto que en la historia ha habido casos en los que se han cometido crímenes en nombre de la “verdad”. Pero crímenes, no menos graves, y radicales negaciones de la libertad, se han cometido y se siguen cometiendo en nombre del “relativismo ético”.
La libertad es un bien tan preciado que no puede ser simplemente tolerado sino que debe ser reconocido. Tener una creencia es un acto libre, de ahí que el derecho a la libertad religiosa no puede ni obligar ni impedir ninguna manifestación pública o privada de la fe que se profesa.

El derecho a la libertad religiosa expresa la trascendencia de la persona sobre la sociedad y el Estado que, excede sus límites, si la autoridad competente pretendiera dirigir o impedir los actos religiosos. Respetar, por lo tanto, la libertad religiosa es una exigencia estricta de la dignidad humana y un derecho fundamental de la persona.

La tolerancia rectamente aplicada es necesaria para el bien común, pero no puede convertirse en el ideal del progreso civil. La meta final no puede ser tolerar el mal, sino vencer con el bien el mal.

El Papa Juan Pablo II, que el próximo 1 de mayo será beatificado, afirmaba que “si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas para fines de poder. Una democracia sin principios se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia”.

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