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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Mucho peor que un infarto

Clemente Ferrer (Madrid)
Redacción
viernes, 4 de febrero de 2011, 15:06 h (CET)
El malestar se echa encima y paraliza al dinámico ejecutivo. Es difícil volver a tomar las riendas de la propia existencia. El Síndrome de Fatiga Crónica (SFC) es una dolencia que transporta a la incapacidad total del que la padece, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Suele acontecer cuando se madruga en demasía y se recorren muchos kilómetros en coche para arribar al lugar de la faena. Ya en la oficina, sin demora, un trabajo se solapa con otro. La jornada se alarga hasta las últimas luces de la noche. La edad más temible son los 40 años, cuando el alto ejecutivo está en plena forma física.

Una vez la enfermedad ha penetrado lo duro es que, al no poder llevar a cabo ningún movimiento, los hijos se hunden ya que no puede retozar con ellos. La madre se abate por la fuerte carga que debe soportar; la atención de la casa, los hijos, el trabajo fuera del hogar y la atención de su esposo. Todo esto por no obedecer los consejos médicos.
Luego, para intentar recuperar de nuevo la salud, se acude a todos los especialistas. Un periplo de facultativo en facultativo. Unas consultas que no llevan a la solución del problema ya que es, en gran parte, irreversible.

Se agrava la dolencia y llegan nuevos padecimientos como; colon irascible, cuadro de hipertensión, síndrome de depresión rigurosa, síndrome de deshidratación, vacilación motora y pérdida de concentración.

Con la pensión legal por invalidez permanente y el salario de su esposa, el nivel de ingresos se reduce drásticamente. Existen unos dos millones de mortales afectados. Los primeros síntomas son diáfanos; agotamiento, dolor de la testa, pérdida de capacidad mental, hundimiento, zozobra, desvelo, caída del pelo, disfunción sexual y vahídos.

Ante estos síntomas es urgente acudir al especialista para que nos indique el camino a seguir para evitar el Síndrome de Fatiga Crónica ya que no podemos jugar con la propia vida, que es un don de Dios.

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