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La revolución de la política exterior de América

E. J. Dionne
E. J. Dionne
viernes, 4 de febrero de 2011, 07:51 h (CET)
WASHINGTON - El levantamiento democrático de Egipto ha puesto de relieve la transformación gradual y poco denotada de la política estadounidense. A lo largo de la última década, las diferencias ideológicas en torno al papel de la democracia y los derechos humanos en la política exterior norteamericana se ha ido poniendo patas arriba.

En el ínterin, el Presidente Obama ha devuelto el realismo en política exterior a la Casa Blanca, dando un matiz de izquierdas a lo que venía siendo tradicionalmente una postura conservadora. Este realismo ligeramente progresista explica que Obama y su equipo se hayan mostrado tan cautos en sus intercambios con el Presidente egipcio Hosni Mubarak.

El cambio más dramático se da entre los conservadores. En el pasado, la postura por defecto de gran parte de la derecha estadounidense era apoyar al hombre fuerte extranjero receptivo con Estados Unidos, con la teoría de que el que le sucediera iba a ser peor para su propia población y catastrófico para los intereses norteamericanos.

Esta opinión fue especialmente convincente durante la Guerra Fría mientras los conservadores criticaron duramente al ex Presidente Jimmy Carter por alentar la caída del dictador nicaragüense Anastasio Somoza Debayle, cuya administración fue reemplazada por el movimiento sandinista de izquierdas de Daniel Ortega. Carter también fue criticado con virulencia por socavar la posición del sha de Irán durante la revuelta que culminó en la llegada de una administración islámica que todavía gobierna de forma dictatorial en Teherán.

La expresión mejor acogida de esta crítica conservadora llegaba de la difunta Jeane Kirkpatrick en una columna de 1979 en la revista Commentary, "Dictaduras y dobles raseros". El ensayo le valió la atención de Ronald Reagan, que más tarde la nombraría embajadora ante las Naciones Unidas.

Kirkpatrick criticaba a Carter por estar tan atemorizado ante "las fuerzas de la democracia" que en los dos casos fue inducido a "contribuir activamente a deponer a un antiguo amigo y aliado e instaurar una administración hostil a los intereses y políticas estadounidenses en el mundo".

Añadía que "ninguna idea tiene mayor influencia en la mente de los estadounidenses formados que el convencimiento de que es posible democratizar administraciones, en cualquier momento, en cualquier lugar, bajo cualquier circunstancia".

Pero a estas alturas, muchos entre el movimiento neoconservador del que Kirkpatrick fue integrante orgullosa se acercan bastante a la opinión que criticaba Kirkpatrick -- que "es posible democratizar administraciones, que en cualquier momento, en cualquier lugar, bajo cualquier circunstancia" - y vienen instando a Obama a distanciar a Estados Unidos del régimen de Mubarak.

Robert Kagan, una de las principales voces neoconservadoras en el exterior, se ha colocado a la vanguardia de los que defienden que Estados Unidos tendría que estar más preparado para una revolución democrática en Egipto, y se cuenta entre los especialistas convocados a la Casa Blanca esta semana para celebrar un debate relativo a los próximos pasos a seguir en el tema de Egipto.

Durante una entrevista en la radio pública el miércoles, Kagan ofrecía la opinión clásica de los defensores de los derechos humanos: que Estados Unidos debe evitar la repetición de su lealtad excesivamente longeva al shah, que tuvo el efecto de "alienar durante décadas al pueblo iranio". Kagan también advirtió de "la búsqueda ilusoria de la estabilidad".

Esto reviste una enorme ironía en el caso de aquellos izquierdistas que se opusieron con pasión a la cruzada neoconservadora por imponer la democracia a través de la fuerza pero comparten sin embargo la opinión de que la política exterior norteamericana debería moverse más en función de valores democráticos.

Y observe que los conservadores que adoptan la vieja opinión realista -- el Congresista Thaddeus McCotter, R-Mich., por ejemplo, afirmaba públicamente que "las manifestaciones egipcias son la repetición de la revolución radical de Irán de 1979" e invitaba a Estados Unidos a "respaldar a su aliado Egipto para conservar una administración imperfecta capaz de reformas" -- ahora parecen aislados.

La división resultante en las filas conservadoras ha sido provechosa para Obama y se ha ganado el apoyo de los líderes legislativos Republicanos a sus intercambios cautos con Mubarak.

Por si hubo dudas alguna vez, está ya claro que Obama tiene más de realista que de cruzado de los derechos humanos, incluso si ha intentado la cuadratura de este círculo los últimos días invocando repetidamente valores y derechos "universales".

La existencia de un bando conservador pro-democracia ha puesto más fácil a Obama distanciarse de Mubarak, puesto que ello reviste menor riesgo de represalias conservadoras si las cosas en Egipto salen mal que lo que sucedería si la derecha adoptara la opinión de McCotter. Al mismo tiempo, muchos Republicanos aún albergan discretamente tendencias realistas y simpatizan por eso con el enfoque estudiado de Obama.

A fin de cuentas, Obama será juzgado en función de los resultados. Si el levantamiento egipcio conduce con el tiempo a un régimen subdemocrático hostil a Israel y a Estados Unidos, el Presidente pagará el precio. Esto explica su cautela. Pero por ahora tiene cancha para maniobrar, gracias en parte a los mismos neoconservadores a cuyas políticas en Irak se opuso tan firmemente.

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