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Etiquetas:   Artículo opinión  

La Sagrada Familia

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 3 de febrero de 2011, 07:49 h (CET)
Si la realidad política, económica y social se analiza desde una distancia suficiente como para obtener una completa y desapasionada perspectiva del conjunto, debemos admitir que las diferencias entre los partidos políticos y las mafias son más bien escasas, siendo la mayor, acaso, que los partidos cuentan con una absoluta impunidad legal y una exención completa de responsabilidad civil y penal que, en algunos casos, las familias mafiosas no tienen. En este sentido, si las mafiosas son familias a secas, los partidos políticos son la Sagrada Familia.

Debido a su ocasional persecución, las mafias suelen vivir en cierta clandestinidad en cuanto a la filiación de sus miembros se refiere, por más que todos los interesados policiales y a menudo mandamases de los Estados en que operan, sepan qué, cómo y de qué manera hacen lo que hacen, e incluso coyunturalmente se beneficien éstos de su actividad, ya sea mediante la compra de voluntades, el lavado o la obtención de dineros negros (o rojos en sangre, según), o mediante pactos que dinamizan la sociedad por la justificación que se obtiene para adquirir los ingentes recursos necesarios para combatirlas, precisamente porque existen. Las mafias son familias, frecuentemente intocables, que tienen sus filias y sus fobias, y recurren lo mismo al judaísta beso afectivo que al pistoletazo en la nuca… y, lío, lío, que yo no he sido.

La Sagrada Familia –tal vez por su origen divino (hallaron el negocio en gordo... y sin correr riesgo alguno)- no sólo no tiene que esconderse u ocultar nombres más allá de sus devociones de logia negra, sino que actúa a cara descubierta. Aman tanto la patria que la miman hasta la extenuación, porque es el negocio más rentable que tienen, ya que de ella obtienen todos sus innumerables beneficios, y por eso manipulan su pasado, controlan su presente y, por ello, como diría Orwell, se hacen dueños de su futuro. No envían matones a los adversarios o enemigos ni ametrallan los restaurantes en los que éstos almuerzan pasta... de la gorda, pero tienen, como los otros, un razonable control sobre el aparato judicial, y con él lo mismo exoneran a un corrupto o un terrorista aplicándole la eximente completa o medidas de gracia (vamos, para partirse la caja) por razones de Estado, que le envían a los espías, a la poli, a un inspector de Hacienda o simplemente le meten en cualesquiera de todas esas listas negras que no existen, y le fríen igualito, no siendo de ahí en más sino un cadáver andante. Que les pregunten a algunos.

La Sagrada Familia tiene un capo de tutti capi de voz profunda y verbo reposado, quien con una sola palabra es capaz de dirimir qué capitán asciende a ministro o qué adversario debe ser liquidado mediante la lapidación informativa de los recursos del Estado. Controlan su territorio con leyes, a diferencia de las otras familias, las cuales favorecen sólo a aquéllos con quienes hacen negocios, a la vez que se blindan a sí mismos con una impunidad tal que pueden descuartizar el Estado, ordeñar con extorsiones a la ciudadanía y hasta imponerles por el artículo 33, incluso, que no fumen, que no lean lo que no les conviene o que se saquen mocos en los semáforos, por citar lo más tonto, o a decretar el Estado de Alarma, si les da la gana, sacando en este caso a los mismos ejércitos a la calle para meter el canguelo en el cuerpo de los más bravos. Nada es lo bastante inmoral para ellos, ni jamás se hartan de querer más y más. Los enormes recursos que obtienen de la extorsión económica de la sociedad en pleno, son sus beneficios, importándoles un ardite si los paganinis tienen o no para sufragar la protección impuesta (nunca mejor dicho), porque cuando van sus recaudadores, ya sean municipales, regionales o nacionales, éstos deben abonar cuota o sí o sí, so pena de sufrir las consecuencias, que no son nada, pero nada agradables. Luego, con esos ingentes dineros, hacen lo que les conviene al capo de tutti capi y a la Sagrada Familia, armándose fortunones de tal magnitud que basta con ver cómo han multiplicado sus haberes por arte de birlibirloque quienes se han metido en la harina politiquera o han estado bien pegaditos en sus márgenes un tiempito, ya sean éstos individuos o empresas afines a la Sangrada Familia.

En la Sagrada Familia no se admiten disensiones, porque hay un pacto de sangre, y quien se mueve... zapatos de cemento y al fondo del río. Quien critica al padrino, tiene un accidente asegurado. La ley del silencio impera, y los trapos sucios se lavan en el secreto de la logia. Todos a una, y, aunque el padrino ponga como clac (ministro) a quien ni siquiera es capaz de que se le junten las manos, todos dicen amén, incluso alabando su excelsa decisión con verbos cósmicos de disparatado peloteo en congresos baturros, y aunque el capitán impuesto luego haga lo que le cuadre a su útero o imponga como alto cargo a quien le salga de los cojones (Pajín dixit). La Sagrada Familia, funciona así, y punto. A nadie rinden cuentas, a nadie obedecen sino a al capo de tutti capi: son impunes.

Tal vez los partidos políticos tuvieran en algún momento del remoto pasado algún tipo de utilidad –que ignoro-, pero dudo mucho y poco y nada que lo tengan ahora. Las derechas o izquierdas son anacronismos aberrantes y todos sirven a sus propios intereses (hasta tienen sus sindicatos... de eso), y toda la enjundia de su política se centra en alcanzar el poder para que sus capitanes administren el tinglado del que se nutren las multinacionales con las que chanchullan, se enriquezcan las empresas de los coleguis, se concedan beneficios y subvenciones onerosas a personas y entidades, y se recaude en gordo según las necesidades o la angurria de los mamíferos que conforman la Sagrada Familia. Con absoluta y total impunidad deciden el quién, el cómo y el cuánto de la población, sabiéndose dueños y señores de una manada de contribuyentes solidarios que sostendrá lujosamente todos sus desvaríos y parrandas. Y si quieren más porque les da la gana, suben los impuestos, ponen cánones, arbitran truculentas leyes para multar a la peña, y a otra cosa.

Pasados los días de gloria, cuando en la Sagrada Familia conviene una alternancia para que el negocio continúe sin levantar las sospechas de los extorsionados y la sangre no llegue al río con la otra Sagrada Familia con la que se reparten el queque, se ceden los trastos del poder con mucha elegancia, el puro, el anillo, la voz ronca y el verbo reposado, y padrino y capos salientes se retiran a sus doradas mansiones fortificadas con unos salarios de superlujo de por vida, con coches, guardaespaldas, secretarias jamonas y todo eso, y se dedican a cultivar rosas primorosas en sus paraísos particulares. Eso, claro, si es que no se van por ahí para cobrar un pastazo por dar conferencias a los futuros capos de otros lares, si es que no son contratados por multinacionales que aprovechen sus informaciones privilegiadas o si es que no son nombrados sabios honorables de comités internacionales.

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