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Etiquetas:   La linterna de diógenes   -   Sección:   Opinión

Egipto en la encrucijada

Luis del Palacio
Luis del Palacio
jueves, 3 de febrero de 2011, 07:36 h (CET)
Los países de Occidente, con EEUU a la cabeza (por aquello de “detentar”, que no “ostentar” la hegemonía mundial) no tendrían derecho a sorprenderse ante lo que está sucediendo en este momento en Egipto. La actitud de apoyar a tiranos a cambio de obtener un trato de favor en zonas estratégicas o particularmente conflictivas –como es el caso- o de propiciar determinados intereses comerciales, hace mucho tiempo que demostró ser desastrosa. La opresión ejercida desde el Poder sobre una ingente masa de población acaba casi siempre desembocando en un proceso revolucionario. Y no sería raro que estuviéramos asistiendo en estos días a uno cuyo desenlace resulta completamente imprevisible.

Existe en el mundo musulmán una tendencia a buscar un líder carismático, una especie de “mahdi político”, en el que la población cifra todas sus esperanzas de regeneración. Ocurrió en Irán, tras la caída del autócrata Mohamed Reza Pahlevi (autoproclamado “sha”, emperador) y la llegada en olor de multitudes de un anciano sanguinario, llamado Jomeini, que aplicó la “sharia” en toda su dureza, instauró el régimen de los “ayatollahs” y sumió a su país en un periodo oscuro en el que, transcurridas más de dos décadas desde su fallecimiento, todavía se encuentra. Acaba de suceder en Túnez, donde, tras la vergonzosa huida de su Presidente, Zine Al-Abidie Ben Ali, que esquilmó al país durante veintitrés años, han llamado a otro famoso fundamentalista, Rachid Ghanuchi, para que regrese de su dorado exilio y les “guíe” por una nueva y desconocida senda política.

El caso de Egipto, tan coincidente y a la vez tan distinto de los dos que he citado, sólo ha sorprendido a los que no estaban al tanto de la realidad social de un país superpoblado, en el que la ineficaz, y en muchos casos fraudulenta utilización de los recursos, se alía con una creciente hostilidad hacia las minorías no musulmanas, especialmente contra los coptos y los judíos. Durante los treinta años que lleva Hosni Mubarak en el poder, no sólo no se ha hecho nada por propiciar un acercamiento entre cristianos y musulmanes, sino que muchas de las injusticias que se cometen contra los primeros (discriminación en la aplicación de las leyes según la religión que se profese; todo tipo de trabas para abrir lugares de culto cristianos etc.) han tenido el consentimiento oficial. Esta palpable animadversión, alentada por los sectores más intregristas, alcanzó recientemente su punto más álgido con el asalto a un templo copto durante la celebración de una misa, en el que varias personas fueron asesinadas.

Mucho se ha nombrado estos días a Mohamed El Baradei, el referente que necesitaban los que proclaman la revolución (en principio, pacífica) La aparición en escena de este personaje, a diferencia de lo que ocurrió en Irán y recientemente en Túnez, no ha producido alarma en los mentideros internacionales, ya que, en principio, se trata de alguien que siempre ha mostrado una actitud moderada y conciliadora. El hecho de haber desempeñado importantes cargos diplomáticos en diversos organismos mundiales y la concesión del Premio Nobel de la Paz, parecen buenos mimbres para encabezar una revuelta pacífica contra la opresión. Y, sin embargo…

Parece que pocos analistas políticos han sabido llegar al meollo de la cuestión. Y no se pretende con este comentario jugar a ser el más listo, sino de informarse lo suficiente y sobre esta base formular una reflexión.

En primer lugar, es dudoso que El Baradei pueda afianzarse como líder de este movimiento -en cualquier caso comprensible- contra Mubarak y su gobierno; ya que existen otras fuerzas de oposición mucho más fuertes que lo que él representa; en especial aquellas de carácter más radical. No sería de extrañar que su figura actúe de catalizador en estos momentos cruciales, para dar paso a algo (o a alguien) que aún no conocemos.

En segundo lugar está la propia figura de El Baradei y el hecho de que su participación como cabeza visible en el plante popular contra la dictadura egipcia, haya contado con el apoyo de una organización como la Hermandad Musulmana (o Hermanos Musulmanes), cuyos verdaderos objetivos parecen no haber sido muy bien comprendidos por muchos de esos “entendidos” que vierten sus opiniones en los medios de comunicación.

En un breve y clarificador ensayo publicado por el Crown Center para los Estudios de Oriente Medio, de la Universidad de Brandeis (EEUU), el doctor Abdel Manem Said Aly (Director del Centro de Estudios Políticos y Estrategia de Al Ahram, El Cairo) comenta los puntos esenciales del ideario de los Hermanos Musulamnes, un movimiento panislámico que fue fundado en Egipto en 1928 por Hassan Al Bana, con el principal objetivo de restaurar el Califato e imponer la Sharia o Ley Islámica. Desde el momento de su fundación hasta el presente, este grupo se ha opuesto a todos los regímenes políticos habidos en Egipto. Tras un largo periodo de ostracismo, el presidente Sadat liberó a sus dirigentes de la cárcel y desde entonces han participado en la vida política, con altibajos; si bien es cierto que en 2005 obtuvieron un 20% de los escaños del Parlamento egipcio. Este éxito se debe, en parte, a haber adoptado la forma de una plataforma democrática, opuesta a la “jihad”, garante de los Derechos Humanos y con todos los atributos de lo que en Occidente se considera deseable y “políticamente correcto”.

No obstante –y continúo basándome en el ensayo del doctor Said Aly- hay puntos cruciales de su ideario que chocan frontalmente con lo que pretenden hacer creer. Su propia consigna “El Islam es la solución” nos pondrá sobre la pista de lo que a continuación voy a enumerar:

1-La Hermandad Musulmana hace pivotar su teoría del Estado sobre el Artículo II de la Constitución, según el cual “El Islam es la religión del Estado y los principios de la Sharia constituyen la fuente principal del sistema legislativo”

2-La Hermandad Musulmana aboga para que una parte del proceso legislativo se base en las “fatuas”; es decir, en una interpretación de los textos religiosos, en especial del Corán (Y es precisamente una de esas “fatuas”, difundida hace pocos meses, la que considera el legado faraónico como un ejemplo de “perverso paganismo”. Lo que nos lleva a preguntarnos cuáles fueron las verdadras causas que motivaron el asalto al Museo de ElCairo el lunes pasado y el fallido intento de expoliar el templo de Karnak a las pocas horas)

3-Los propios símbolos y consignas que manejan los Hermanos Muslmanes (“El Islam es la solución” y los dos sables cruzados entre los cuales se encuentra el Corán, con la cita de una sura que llama a luchar contra los enemigos de Dios y de la Fe) evidencia su deseo de instaurar un estado teocrático.

4-En su programa político, que consta de 128 páginas, se declara que la Sharia, y no la Constitución, debe ser la base del sistema legislativo y que ello debe ser vinculante para aquellos que hayan sido elegidos en las urnas como representantes del pueblo.

Y se afirma textualmente: “ El Parlamento debe solicitar la opinión de una comisión compuesta por las principales autoridades religiosas de la nación. Dicha comisión será nombrada directamente por los “ulama” (teólogos) y deberá ser totalmente independiente del Poder Ejecutivo”.

Estos son sólo algunos de los fundamentos del “estado democrático” que defienden los Hermanos Musulmanes, quienes también consideran deseable, entre otras cosas, la ablación del clítoris de las adolescentes.

El proceso de cambio es irreversible por dos razones esenciales: el Presidente Mubarak padece un cáncer en fase terminal y es evidente que no se presentará a las elecciones presidenciales en septiembre de este año, aunque acaba de anunciar en su discurso que permanecerá en el puesto hasta el final de su mandato. Por otro lado, su principal valedor, EEUU, le ha retirado su apoyo, con lo que cualquier intento de colocar a su hijo Gamal en la Presidencia de la República está condenado al fracaso.

Los próximos meses van a ser decisivos para ver la evolución de un proceso que sitúa a Egipto, a los países árabes y al resto del mundo en una verdadera encrucijada.

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