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Etiquetas:   Artículo opinión  

Una olla a punto de estallar

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 2 de febrero de 2011, 07:57 h (CET)
El divorcio de la clase política española con la ciudadanía es tan radical (o los políticos son tan irresponsables), que son incapaces de ver que la olla social está a punto de reventar en sus narices. Tal vez algunos delirantes del PSOE crean que tal estallido les favorecerá a contramano, como en aquel 31 que jamás volverá (el pasado nunca lo hace), pero a la vista de los sucesos que se están dando en medio mundo, en algo parecido a un contagioso efecto dominó, debieran entender que lo que los pueblos están pidiendo en las algaradas que convulsionan los países en que se verifican, es un cambio de paradigma, una sociedad nueva fundamentada en otros valores, y que la clase política sea no sólo desvestida de todas y cada una de sus prebendas, sino exiliada, en el mejor de los casos, y enjuiciada y encarcelada, en la mayoría de ellos. Esto, precisamente, es lo que ya se está hirviendo en España, y de sobra sabemos por experiencia que si la olla estalla no va a ser algo pacífico o solucionable con una policía antidisturbios, por brutal que ésta sea.

El autismo, el delirio trasnochado, la conducta de dictadorzuelos bananeros y las mentiras continuadas del PSOE, por una parte; el desmedido afán de poder por el poder del PP, desentendiéndose de las penurias y anhelos de la ciudadanía, por otro; el arribista oportunismo de los incalificables nacionalistas para sacar tajada del río revuelto, por otra más; y el abuso de posición y la corrupción moral y política de la inmensa mayoría de sus señorías, han ido añadiendo calor y presión a la olla social, multiplicando las leyes absurdas, incoherentes y coercitivas, haciendo que corran las clases más humildes con el sufrimiento de esta crisis inventada por los poderosos para rebajar los derechos de los trabajadores y aumentar sus beneficios, y dedicándose en cuerpo y alma a utilizar el Estado como si fuera un cortijo personal en el que pueden hacer “lo que les sale de los cojones” (Pajín dixit). Un proceder tan loco como contrario a los intereses de los gobernados, que han dispuesto un escenario que ni pintiparado para que se verifique en cualquier momento ya un estallido social que puede ser que incendie España y asole Europa, acabando con su sueño de unidad y dando finiquito al euro. Esto es lo que ha conseguido la clase política española, su ansia desmedida de poder y el aferrarse a él, aún cuando la ciudadanía grita a pleno pulmón que se vayan, que queremos elecciones ya, que no sirven, que no es esto lo que queremos, que el poder es nuestro y no suyo, que fuera… que al exilio.

El hartazgo es ya completamente insoportable para los ciudadanos. Nadie en su sano juicio admite ni en público ni en privado ninguna legitimidad a esta clase de inmorales políticos que ignoran el padecimiento ciudadano y que conchaba para obtener ventajas pecuniarias a espaldas de la realidad ciudadana, al tiempo que con su poder siniestro está multiplicando las Administraciones, alimentado a sus camaradas con contratos nada claros o con subvenciones simplemente intolerables, y viviendo como maharajás mientras el hambre en crudo llega a los páramos de España. Media juventud no tiene posibilidades de trabajar, los titulados superiores tienen que huir de España a buscarse la vida en otros rincones del planeta, buena parte de las familias de este país (hasta 10 millones) están en el límite de la pobreza, la Iglesia a la que tanto se ataca está acallando en sus comedores solidarios atiborrados de miseria el hambre de buena parte de la población, se multiplican los impuestos, se promulgan más y más absurdas leyes coercitivas, se potencian las truculentas políticas de multas para aumentar sin tasa las recaudaciones, se elevan los impuestos, descienden los ingresos, el progreso muere y comienza la andadura del regreso a la miseria, se castiga a los ancianos, se priva de lo imprescindible para sobrevivir a quienes sólo tienen la indigencia más solemne, el frío y el hambre por horizonte, se expropian las casas que los poderes empujaron mentirosamente a comprar a precio de oro mientras los expropiados se quedan en la calle y con la deuda (en el único país del mundo en que esto sucede), se imponen subidas de precio de los productos y energías más básicos inasumibles por la población y, entretanto, la clase política se da a la gran vida, cobran estupendos sueldos, se los suben cuanto les place, se conceden a sí mismos jubilaciones de superlujo, se gastan lo nuestro en viajes, modas, banquetes, subvenciones a amiguetes, taxis, teléfonos, contratos de ventaja, fiestas, congresos, duplicación de Administraciones, televisiones por doquier y un sin fin de ventajas de nuevos ricos que consideran a la población su esclava. ¿Cómo, por el amor del Cielo, es que no pueden ver que sus días están contados?... ¿Tan tontos o pusilánimes nos imaginan?...

Deberían verlo, no obstante, porque la presión de la olla social es excesiva y ya rebufa por las junturas y el metal chirría. Puede que individualmente, cuando en una encuesta se le pregunte a éste o aquél qué piensa sobre la situación, dé una respuesta medida y mesurada, optando entre lo que hay, ya sea por devoción o por hastío; pero es que las revueltas, los estallidos sociales, no se dan individualmente, sino que cuando algunos gritan y levantan la estaca, es la masa la que escucha y la que se alza (y mucho más enardecida si hay sangre), y, entonces, el descalabro es imparable porque la masa no piensa, sino que se venga, y a la masa no se la frena sino con matanzas, y éstas están fuera de toda posibilidad porque, si las hubiere, las habría hasta el final. Debieran verlo, deberían saberlo, deberían escarmentar en otros vecinos que ya están en esa tesitura, y poner sus barbas a remojar, porque el hartazgo tiene a la ciudadanía en ebullición desde hace ya demasiado tiempo, y la olla del cambio sigue cerrada a cal y canto.

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