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Una dictadura a rayas
Daniel Sanabria
Decía mi compañero Manuel Malagón (de Marca.com) en su crónica de ayer que lo único que no ha cambiado en veinte años en el Atleti es la directiva. Por el banquillo han pasado docenas de entrenadores y por el campo cientos de futbolistas, mientras que en los despachos los inquilinos permanecen estáticos como muebles. Es lo que en la antigua Grecia llamaban tiranía y en la época moderna dictadura.
Pocos son los periodistas deportivos que buscan una explicación a este Atlético de Madrid huesudo y sin rasurar, con cara de enfermo permanente. Hablan de la línea defensiva, del mediocampo, de Forlán, de la escasez de plantilla, pero pocos se fijan en que estos mismos problemas estaban hace tres años con Aguirre, hace cinco con Manzano, hace siete con Ferrando y hace diez con Luis Aragonés.
En el último lustro futbolistas como Perea o Valera han portado el brazalete de capitán del Atlético de Madrid, en lo que es un ejemplo incuestionable de la incapacidad de estos dirigentes para construir un equipo de fútbol a imagen y semejanza de la historia del club, donde un tercer puesto era el menor de los males, y el brazalete de capitán pesaba ocho o nueve temporadas.
Me pregunto por qué la Familia Gil y Enrique Cerezo gozan de esa protección por parte de la prensa deportiva, cuando es evidente que un Atlético de Madrid grande y libre –perdonen el eslogan– beneficiaría a todos los gremios que rodean a este club de centenarias rayas, periodistas incluidos (más viajes por Europa, más dietas).
Todos los presidentes que han perjudicado a sus clubes han sido duramente criticados por la prensa: Lopera, Juan Soler, Ramón Calderón, Joan Gaspart, Agapito Iglesias; todos menos Miguel Ángel Gil Marín, que como vive debajo de las alcantarillas igual que las tortugas Ninja, nunca se habla de él, ni para bien ni para mal; simplemente pasa desapercibido.
Mientras, el Atlético de Madrid se desangra ante la atenta mirada de los más de cuarentamil aficionados que cada domingo llenan el Calderón, que acuden impasibles al desmoronamiento de un club que duró ochenta años de historia, los que precedieron a la apropiación ilegal del Atlético de Madrid por parte de la Familia Gil y Enrique Cerezo. Y es que dos títulos europeos no bastan para disimular la realidad de un club que lleva años ahogándose en su propio pis.
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