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La cultura de los enanos

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 1 de febrero de 2011, 08:21 h (CET)
Que la naturaleza humana es dual es algo que cualquier persona medianamente formada sabe, estando conformada lo mismo por una enorme capacidad para resolver problemas prácticos que por una necesidad espiritual, digamos, de sublimarse, dando así un sentido profundo a su vida. La Cultura, en este sentido, es el conjunto de conocimientos que le permite al individuo desarrollar su juicio crítico. No tenemos la menor duda de que el conocimiento tecnológico y científico nos ha permitido mejorar ostensiblemente nuestra calidad de vida, así en lo referente al trabajo como en cuanto a la supervivencia individual y colectiva se refiere; pero tampoco la tenemos de que, desde que el hombre tomó conciencia de sí mismo y de su existencia, hay porqués que trata de resolver, no sabiendo muy bien de dónde vienen esos impulsos, pero los cuales le han empujado lo mismo a desarrollar los credos, fes e ideologías que a los nada prácticos paraísos del Arte. Que un hombre sacrifique su vida intentando sobrevivir es algo que asumimos dentro de la naturaleza animal del instinto de supervivencia; pero que un hombre lo haga por un credo, una fe, una ideología o un Arte, es algo más difícil de explicar, y, sin embargo, es la tónica común de los hombres históricamente hemos considerado gigantes, genios e incluso avatares.

Así, si nos referimos a la música, cuando citamos a Brahms, Debussy, Rachmaninoff o Mozart, entre otros muchos, admitimos sin reservas que estos hombres eran criaturas tocadas por cierto don, gracias al cual no sólo se elevaron ellos sobre la naturaleza humana común, sublimándola, sino que lo hicieron con la del género; lo mismo podemos decir de la Literatura o el pensamiento, donde autores universales han sabido profundizar en la condición humana, legándonos obras de un contenido tan sublime como persuasivo, mezclando en irregulares dosis argumentos y ornamentos para lograr una perfecta aleación entre análisis y belleza, y mostrarnos a través de ellas dimensiones de nuestra condición que ni siquiera sospechábamos; pero es que si podemos afirmar esto en lo sublime del Arte en todas sus manifestaciones, si nos sentimos abrumados por la colosal perfección que se alcanzó en las aras de la Pintura, la escultura, la arquitectura o el cine, no menos se puede decir de los ámbitos de la Ciencia, no importa en qué disciplina de ella reparemos. Todo ello es la Cultura. Un predio al que tradicionalmente, por ser privativo de las criaturas más evolucionadas, los neófitos se acercaban a ella con la condición sine qua non de reverencia al maestro, la humildad propia del ignorante que deseaba dejar de serlo y la sencillez de formas y maneras con que el discípulo se disponía a recibir la instrucción que remediara su animalidad.

La humanidad, al tiempo que ha demostrado en los sangrientos renglones de la Historia que su parte animal no ha remitido para la mayoría, ha evidenciado, merced a estos gigantes, que también es capaz de lo mejor y más excelso. Sin embargo, después de ascender el género a tan elevadas cumbres y de poner la Cultura a disposición de la mayoría las luces del conocimiento, parece que esta mayoría está dispuesta a arrojarse al abismo de la mediocridad y la ignorancia. Efectivamente, a medida que se ha ido multiplicando la población y que el progreso ha ido expandiéndose gracias a estos genios, la mayoría animal ha sido capaz de arrinconar la belleza y de mecanizar la Ciencia, convirtiendo al hombre y su obra en nada más que un enano al servicio de otros enanos poderosos. Así, en la Música, por ejemplo, a medida que ha ido siendo propiedad de las multinacionales discográficas, da la impresión de que sólo es capaz de producir enanos que engendran sonsonetes como ruidos superpuestos, o canciones sin espero que precisan de una cara linda, una señora en paños menores o revolver ciertas emociones elementales con el único propósito de que sean comerciales. Lo mismo sucede en los ámbitos de la Literatura, en los que ha quedado todo reducido, merced a intereses espurios como la política o el mercantilismo de los premios literarios, a escribanos sin talento que cuentan historietas con ningún contenido y escaso continente, sin arte, desgarbadas, feas y sin sustancia que frecuentemente son diseños a medida de la nada ideológica, como si el hombre que lo escribe o al que va destinado no fuera sino un mono en dos patas sin capacidad alguna de superarse o anclado sin remedio en su nadería. Pero, si esto sucede con las artes en la cultura de la modernidad, otro tanto acaece con la Ciencia en cualquiera de sus manifestaciones, no hay más que darse una vuelta por las universidades públicas y contemplar el paisaje desolado de sus ámbitos, en todo iguales a infectos urinarios, lugar de celebración de botellones o descampados propios de grafiteros marginales o refugio de maleantes. Incluso el aspecto, higiene y disposición de los neófitos no es sino desalentador, en todo contrario a la disposición que debieran mostrar quienes pretender transmutar su animalidad por una formación que les confiera un mayor juicio. En definitiva, si quienes antecedieron a los que hoy acuden a instruirse fueron gigantes de la Ciencia, hoy quienes siguen sus pasos son simples y deformes enanos.

El aberrante sofisma de la igualdad entre los humanos ha conducido a esto: la degradación de todos y el regreso a la animalidad. La impostura política de que todos los hombres valen lo mismo, es lo que ha devaluado nuestro progreso, involucionándonos y poniéndonos en camino de regreso a la brutalidad y la ignorancia. Y no; no vale lo mismo quien se esfuerza que quien no lo hace, ni es igual un hombre honrado que un criminal, ni un iletrado que un sabio y, ni mucho menos, un gigante que un enano. Un sabio, un artista o un genio son una excepción, una rareza de la especie que nos dignifica y sublima a todos, y la política de vasos comunicantes que trata de igualar a los hombres, lo ha hecho haciendo descender la talla media, que es decir el sol de la cultura, pues que son muchos más los ignorantes que los eruditos y más numerosos y prolíficos los enanos que los gigantes. Y ya se sabe que cuando está bajo el sol de la cultura, los enanos arrojan sombras gigantescas.

Si Einstein decía que él pudo ver un poco más lejos porque estaba acaballado sobre hombros de gigantes, ¿qué podremos ver nosotros, que lo estamos sobre las jorobas de los enanos?...

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