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¿Sabrá Obama entender la administración pública?

E. J. Dionne
E. J. Dionne
martes, 1 de febrero de 2011, 08:10 h (CET)
WASHINGTON - Un cínico podría tener motivos para considerar el llamamiento a la reorganización amplia de la administración federal como el último recurso de un político que no quiere quemar sus naves ideológicas.

Por ejemplo, el Presidente Obama se podría haber valido del discurso del Estado de la Nación de la semana pasada para proponer la prohibición de esos cargadores de munición extra que hicieron tan letal la reciente tragedia de Tucson. Pero hacer esto habría despertado la ira de la Asociación Nacional del Rifle. Así que, tristemente, renunció a ello.

Los asesores del presidente se lanzaron a decir que abordará la cuestión de las armas dentro de poco, explicando que Obama no quería que un tema delicado desviara la atención de su gancho de "ganar el futuro".

Dando entonces a Obama el beneficio de la duda en la cuestión de las armas de momento, ¿qué conclusión se puede sacar de su promesa de construir una "administración pública del siglo XXI abierta y competente" y "movida por conocimientos nuevos e ideas nuevas"?

En la práctica, este nuevo acento llega con retraso. La respuesta del escepticismo puro sería un error, en parte porque los presidentes de izquierdas tienen mayor interés en mejorar los resultados de la administración que los conservadores. En este momento, el principal objetivo de la derecha estadounidense es reducir el tamaño de la administración de forma radical, lo que daría a los conservadores la posibilidad de demostrar que el gobierno no sabe hacer nada de forma competente.

Por otra parte, los progresistas - demostró el discurso de Obama -- tienen grandes esperanzas puestas en el gobierno. Sólo quedarán satisfechas si se logran resultados excepcionales. Y la ciudadanía no verá esto como una esperanza realista a menos que los políticos de izquierdas se empleen a fondo para hacer más eficaz, más eficiente y más responsable la administración pública.

Pero esto no se puede traducir en reorganizar las agencias independientes del gobierno simplemente, cambiando tal agencia de un sitio a otro, o fusionando dos departamentos. A Max Stier, secretario y director ejecutivo del colectivo independiente Partnership for Public Service, le gusta citar la observación de la Comisión del 11 de Septiembre que dice que "la calidad de las personas" que ocupan los puestos de la administración pública es "más importante que la calidad de los esquemas".

"Washington es un municipio al que le gusta centrarse en los esquemas", decía él durante una entrevista, porque al alterar el diagrama "parece que se está haciendo algo concreto cuando, en realidad, se están evitando los problemas".

Por encima de todo, Obama tiene que apoyarse en las iniciativas para corregir las secciones de la administración que ya ha emprendido. Estas reparaciones son más importantes para el éxito que cualquier plan de reorganización masiva.

La paradoja reside en que el gobierno ya ha adoptado medidas significativas para mejorar la forma en que interviene, la forma en que despliega tecnologías de información y la forma en que contrata gente. Simplemente no ha hecho mucho hincapié en ello.

La reforma del proceso de contratación de funcionarios es especialmente importante porque la jubilación de los empleados públicos de la generación de los 60 va a exigir que la administración incorpore talentos nuevos. Jeff Zients, que llegó a la Oficina de Gestión y Presupuestos tras hacerse un nombre en el sector privado, ha convertido la reducción y la modernización del proceso de la administración en un objetivo central. Si Obama no logra más que granjearse el respeto de los funcionarios públicos y atraer a una nueva generación de jóvenes estadounidenses de talento a sus filas, habrá logrado una revolución en la administración.

Jack Lew, director de la Oficina de Gestión, insiste en que la administración es consciente de que los detalles importan. "Si no seguimos progresando en la contratación, los recursos humanos y las tecnologías de información, no será por falta de esfuerzos", decía en el curso de una entrevista. Añadía que la administración no tiene ninguna intención de precipitarse con una reorganización masiva y perjudicial de las instancias públicas. "El objetivo de este proyecto es hacer esto de una manera rigurosa".

Son buenas noticias. Es probable que la administración comience concentrándose en la forma en que las agencias independientes de la administración pueden trabajar juntas para impulsar su programa de competitividad económica. Dedicar el tiempo a examinar la forma en que funcionan las demás regiones de la administración en tándem -- o no funcionan.

Promulgar legislaciones sin debate, rebajar drásticamente los impuestos o el gasto público a lo grande, anunciar grandes ambiciones: todo esto recibe mucha más atención de los medios y de los políticos que el trabajo difícil, sucio y durísimo de implantar los programas, contratar a la gente para llevarlos a cabo, y gestionar (y sí, inspirar) una de las bolsas laborales más grandes del mundo.

El ex vicepresidente Al Gore definía el objetivo central de este proyecto de "reinvención pública" de su Clintonismo con gran sencillez. "No queremos deshacernos del gobierno", decía. "Queremos que funcione mejor y que cueste menos. Queremos que importe". Y éste es un objetivo que sigue importando.

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